Respuesta sobre TLV 4: Anexo sobre TTSN y refutaciones ad usum

En el anterior post veíamos que el crítico de la TLV, después de haber dicho explícitamente que en dicha teoría el valor está determinado por las condiciones medias de producción (no por las individuales), al llegar al momento en que debe mostrar su refutación, olvida lo anterior, que le traería muchos problemas, e intenta contrabandear la vieja impostura de que criticar la idea de que el tiempo de trabajo a secas determina el valor, es igual a criticar la teoría de Marx. Es decir que primero gasta varios párrafos tratando de explicar qué es el TTSN como algo distinto al TT a secas, acaba diciendo que en realidad no importa si lo entendió, y finalmente retrocede al mismo punto de los críticos más vulgares y deshonestos: hacer pasar gato por liebre, tratar de engañar al lector con la crítica a un muñeco de paja, como si después de todo el rodeo en pésimo estilo que tuvimos que leer, TT y TTSN fueran lo mismo, sin explicación de por medio.
Aquí veremos los ejemplos que postula criticando al TT mientras dice refutar al TTSN:

“Los economistas se dieron cuenta de que la TLV era falsa porque se fijaron en que dados dos productos (bienes o servicios) en los que se hubiera empleado el mismo “trabajo socialmente necesario” para producirlos, no tenían por qué tener obligatoriamente ni el mismo valor para los individuos ni tienen el mismo precio si tienen alguna diferencia no debida al “trabajo socialmente necesario” entre ellos.
Vamos a ver unos cuantos ejemplos.
A) Imaginaos a un minero, picando bajo tierra en una mina de carbón. En un momento dado, le arrea un picotazo a una roca y se encuentra dentro de ella dos diamantes con la misma forma, el mismo tamaño, peso, kilates, etc. Son iguales salvo en un detalle: uno es transparente, y el otro es “sucio”, con impurezas, en cuanto a color.
El minero va a vender los diamantes que ha conseguido con el fruto de su trabajo. Los dos diamantes han costado el mismo “trabajo-tiempo socialmente necesario” para ser extraídos: los ha extraído la misma persona, con las mismas habilidades, el mismo tiempo le ha llevado, ha utilizado la misma herramienta, etc. En teoría, según la TLV marxista, deberían valer lo mismo, ¿verdad?”

NO. No deberían valer lo mismo. Cada valor de uso vale lo que cuesta producirlo en las empresas cuya productividad domina la producción. No importa cuánto tiempo de trabajo pasado se haya invertido en cada unidad, es un hecho de la realidad que todos los valores de uso del mismo tipo valen lo mismo: mientras sean iguales, son equivalentes en cantidad de valor. No se puede ignorar alegremente una obviedad como ésta. La pregunta es qué determina el valor de todos los valores de uso de cada tipo, no de cada mercancía individual.
Pues bien, un diamante sucio, es mucho más fácil de encontrar que uno puro, y por lo tanto, los costos de producirlo son mucho menores, en promedio, para la rama. Hay que repetir que en la TLV, el trabajo no es algo que se incorpora físicamente al objeto, sino que es una relación social de producción, que se objetiviza al equipararse con otras mercancías, en el mercado. Esto quiere decir que los respectivos valores cobran carácter social sólo en ese momento, y a condición de ser validados por la demanda solvente. En tal momento, todos los valores de uso de un mismo tipo sólo pueden validar un mismo nivel de valor para toda la rama, un nivel determinado por los costos de producción que la rigen. A tal mecanismo lo hemos explicado en otros posts.

“B) Dados dos libros en los que se haya empleado el mismo trabajo socialmente necesario para producirlos (un mismo autor produce dos libros en los que ha tardado exactamente lo mismo, la habilidad para redactarlos ha sido, por tanto, la misma, tienen el mismo número de páginas, etc.) no tienen por qué ser valorados igualmente ni se les tiene por qué pedir el mismo precio por ellos si, por ejemplo, la temática de la que tratan no es la misma (uno es un libro de poesía y el otro, un manual técnico)…”

¿Y dónde está la evaluación de los costos de producción de libros en la imprenta? Una imprenta saca a la venta un tipo de libro de edición lujosa, que le ha costado un nivel x de insumos y desgaste de maquinaria (trabajo muerto), más trabajo vivo… y a la par saca el mismo libro en edición de bolsillo, con la mitad de los costos. ¿Cuál será la relación de precios? ¿Será más caro el libro de bolsillo? ¿O será más caro el que costó más? Si no sucede lo segundo, la empresa se funde… ¿porqué será eso?

“C) Este ejemplo también lo puse en otro artículo, para señalar que los marxistas tienen la manía de ver a los consumidores como entes robóticos que van a comprar lo que ellos digan y como ellos digan. Es lo que se suele llamar informalmente, la “errónea visión marxista de la naturaleza humana” o “falso objetivismo marxista”.
La gente se comporta de modos muy diferentes, lo que incluye su “comportamiento económico”.
Veamos el caso del café… Mi suegra y mi madre, por ejemplo, compran el café por el regusto que les da el olor del café.
Dados dos kilogramos tipos de café que han “costado” el mismo tiempo socialmente necesario producirlos, el A y el B… resulta que el café A “huele mejor” para la mayoría de las personas. La gente tenderá a comprar el café A. ¿Por qué? ¡¡¡Porque les gusta más!!! Incluso aunque el café B tenga mejores propiedades o mejor calidad de grano que el A. El material o producto subjetivamente más valioso se agotará antes (especialmente si le pones el mismo precio por narices que a un posible sustitutivo).
El café A desaparecerá de las estanterías mientras que el B acumulará polvo y no se venderá o se venderá menos que el A.”

¿En qué parte de la TLV se dice que los compradores no toman decisiones ni tienen gustos particulares que orientan la demanda?… Misterio… ¡Muy por el contrario! el juego de la oferta y la demanda es el medio por el cual se hace efectiva la TLV, como medio de distribución del tiempo de trabajo de la sociedad, entre las ramas. Las variaciones en la demanda, si son sostenidas en el tiempo, impulsan la producción de cada mercancía, o la deprimen. Determinan qué cantidad de valores de uso de cada tipo se producirán. Lo que no determinan por sí mismas, es el nivel de su valor.
Tenemos que acostumbrarnos a que en esta discusión, el polemista nos habla de “la TLV, tal como yo me la imagino”. La ciencia, bien gracias.
¡Por supuesto que si un bien no tiene demanda, no tiene valor! Capítulo 1 de El Capital: la condición necesaria de la existencia del valor, es que el objeto tenga valor de uso, es decir, traducido, que tenga utilidad. “Los valores de uso constituyen el contenido material de la riqueza, sea cual fuere la forma social de ésta. (…) Por último, ninguna cosa puede ser valor si no es un objeto para el uso. Si es inútil, también será inútil el trabajo contenido en ella; no se contará como trabajo y no constituirá valor alguno.” (Marx 2012)
¿Por qué es así? Porque deben ser parte de la división social del trabajo. Si es inútil el trabajo (si nadie quiere comprar sus frutos), es innecesario para la sociedad, y por lo tanto, no es parte de su metabolismo, y entonces no es valor. Por otra parte, no es necesario el concepto neoclásico de utilidad para que exista la noción de demanda (ver).

 

“D) De todos los ejemplos expuestos ya pueden salir un montón de cuestiones más que los más listos de entre vosotros podréis haber intuido. Como ya se fijó el mismo David Ricardo en su día, existen productos que han costado un determinado trabajo el producirlos (por ejemplo, el vino) y que se han valorado en una cantidad x de dinero en su momento. Pero, transcurrido algún tiempo, esos objetos incrementan su valor y su precio de manera muy considerable, muy por encima de sus costes de mantenimiento durante ese tiempo. Como le sucede al vino… y a las obras de arte. ¿Cuántos de vosotros no habréis leído o visto en las noticias que se ha encontrado un cuadro de un gran maestro de la pintura abandonado en un trastero? Aquí, un caso con un cuadro de Paul Cézanne.”

Primero, si Chemazdamundi hubiera leído a Ricardo (2001), habría notado que en las primeras páginas de su obra más importante, explica que el valor de las mercancías es un fenómeno que se vuelve regular, y por lo tanto, determinado, sólo cuando se trata, como en la absoluta mayoría de la producción capitalista, de valores de uso reproducibles. Sólo en tales condiciones puede ajustarse el precio a los costos de producción, porque cualquier variación en la demanda puede ser equiparada por una reacción igual en la oferta. Si sube la demanda, la empresa amplía la producción (normalmente tiene capacidad instalada ociosa), y si baja la demanda, obviamente, baja la producción, no sigue produciendo la misma cantidad, como un “ente robótico”. Este simple hecho tiene la virtud de refutar la determinación del precio de las mercancías por la demanda, en el espacio de menos de un párrafo. También explica, como decía Ricardo, que bienes no reproducibles no entran en la determinación de su precio por el tiempo de trabajo. Aquí no hay ninguna necesidad de “inventarse” que un Picasso contiene más trabajo que un dibujo cualquiera (como supone Ch.). Su precio no puede ajustarse a sus costos de producción, está indeterminado, y no entra en los límites de lo que explica la TLV.
Segundo, el precio del vino añejo tiene una explicación que es tan vieja como El Capital. No tiene nada que ver, tampoco, con decir que en su producción hay involucrado más trabajo que en la del vino nuevo.
Es simplemente la consecuencia de que el vino añejo se produce con una mayor composición orgánica. Todas las ramas con una composición mayor de trabajo muerto sobre trabajo vivo, venden a un precio de producción que es superior al precio directamente proporcional a sus valores. Ya me he tomado el trabajo de explicar esto aquí, ya que es una de las críticas ad usum entre la resaca de internet.

Bibliografía

Marx, Karl (2012): “El Capital”, volumen 1, Siglo veintiuno editores.
Ricardo, David (2001): “Principios de Economía Política” http://socserv.mcmaster.ca/econ/ugcm/3ll3/ricardo/Principles.pdf

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Respuesta sobre TLV 3: Sobre TTSN, errores y falsificaciones

Este post continúa una serie de respuestas a un artículo de erudición dudosa. En este caso, el tema es el tiempo de trabajo socialmente necesario, su definición, y su contrastabilidad.

Discusión

La cuestión que se plantea es porqué Marx desarrolla la noción de trabajo socialmente necesario, en lugar de conformarse con la idea ricardiana de tiempo de trabajo, a secas.

Obviamente, la teoría de Ricardo era insuficiente para explicar la determinación del valor por el trabajo. De otro modo, no habría sido necesario superarla…

Esto al crítico le parece objetable. Según su idea, una teoría debería dejarse intacta en su primer desarrollo: cualquier intento de corregirla y mejorarla es de por sí sospechoso. No importan los méritos racionales, ni la contrastabilidad que surja de la superación de la teoría. Los criterios racionales deben dejarse de lado, y en cambio debe establecerse un límite arbitrario que prohíba la continuación del esfuerzo intelectual. Algo que permita aullar que desde cierta línea “no vale” avanzar más.

Esta posición es, por supuesto, de lo más respetable, si nos guiamos por las reacciones que tuvo la gente bien de la época, ante la teoría ricardiana, y luego, ante la teoría marxiana. Pusieron en práctica este principio del tabú, mediante el abandono absoluto de la perspectiva holística de la economía política, y coincidieron en inventar una “teoría” que no tuviera nada que ver con los problemas teóricos anteriores, pero a la que pudieran llamar sin sonrojarse demasiado, “economía”: así nació la escuela austríaca, que se pierde en especulaciones sobre la satisfacción de las personas en el intercambio comercial, y que así puede prescindir de la molestia de definir las particularidades de sociedades concretas. Puede postular que se ocupa de leyes naturales, insertas en la mente humana, que trascienden las épocas y los cambios de configuración social. Puede salirse de la historia (ver y ver). No es casualidad, entonces, que nuestro crítico lleve esa actitud hasta el paroxismo, elevando la utilidad a un principio que trasciende lo humano, y que se presenta en la naturaleza en general.

Claro que, si ante estos castillos de naipes oponemos la simple verdad de que en condiciones de reproducibilidad de las mercancías, la demanda, y por lo tanto, las utilidades mentales, no pueden alterar los precios… una persona seria no puede más que reírse, y hacer notar el carácter puramente ideológico de esta “economía”.

Otro punto que hay que destacar, es cómo el criterio de “no superación” de las teorías, parece no deber aplicarse cuando se trata del corpus neoclásico, que viene siendo emparchado coloridamente desde los primeros pasos de Menger y cía., pasando por los neoclásicos de la formalización matemática, la función de producción, la circularidad de las “preferencias reveladas” de Samuelson, la síntesis neoclásica-keynesiana… De hecho, no parece que ese “criterio epistemológico” sea aplicado a ninguna teoría… salvo que se trate de la tradición clásica de la economía política. Allí no es lícito avanzar. ¿Por qué?

Fijaos bien que Marx dijo, al contrario que muchos de otros estudioso de la Economía como Ricardo, no que fuera el trabajo (a secas) lo que le daba valor a las cosas sino “el trabajo abstracto socialmente necesario”. ¿Por qué dijo eso? Para no pillarse los dedos.”

Ah, la profundidad crítica… Ciertamente, la refutación de Chemazdamundi es muy poderosa, pero de todas maneras, hay algo en el mecanismo lógico que no termina de convencer. Por eso, vamos a explicar cuál es la razón de ser del concepto de tiempo de trabajo socialmente necesario, según el propio Marx, hecho lo cual, vamos a proponer que los intentos de invalidación del concepto se dirijan a la refutación de su causa lógica… por inaudito que suene un procedimiento tan arduo, sólo practicado por la absoluta totalidad de la ciencia moderna.

TTSN

Al empezar la lectura de El Capital, si no se presta mucha atención, uno puede recibir la impresión de estar ante un desarrollo puramente lógico, una serie de deducciones irreprochables, tal vez, pero que no generan suficiente convicción, por no quedar claro cuál es el anclaje real de los conceptos que se manejan.

Sin embargo, Marx lo explica en el capítulo primero:

“La riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como un “enorme cúmulo de mercancías”, y la mercancía individual como la forma elemental de esa riqueza. Nuestra investigación, por consiguiente, se inicia con el análisis de la mercancía.” (Marx 1984, t1: 43)

“A través del cúmulo de los diversos valores de uso o cuerpos de las mercancías se pone de manifiesto un conjunto de trabajos útiles igualmente disímiles, diferenciados por su tipo, género, familia, especie, variedad: una división social del trabajo. Ésta constituye una condición para la existencia misma de la producción de mercancías, si bien la producción de mercancías no es, a la inversa, condición para la existencia misma de la división social del trabajo. En la comunidad paleoíndica el trabajo está dividido socialmente, sin que por ello sus productos se transformen en mercancías. O bien, para poner un ejemplo más cercano: en todas las fábricas el trabajo está dividido sistemáticamente, pero esa división no se halla mediada por el hecho de que los obreros intercambien sus productos individuales. Sólo los productos de trabajos privados autónomos, recíprocamente independientes, se enfrentan entre sí como mercancías” (Marx 1984, t1: 52)

Las determinaciones y leyes del capitalismo no son sino emergentes de la particular forma que ha tomado la división del trabajo en esta sociedad (ver).

Para satisfacer las necesidades de consumo, toda sociedad necesita mecanismos de producción y distribución. Pero éstas pueden tomar distintas formas, de acuerdo a cómo estén configuradas las relaciones sociales.

En las formas precapitalistas, la reproducción material estaba mayormente garantizada dentro de los confines de unidades autosuficientes, vg. explotaciones campesinas, por lo que la necesidad de producir para el intercambio, era nula o mínima. Ergo, los productos se elaboraban por su utilidad concreta, su valor de uso, y no por su valor de cambio.

En algunas sociedades, el intercambio mercantil alcanzó un desarrollo apreciable, pero no fue hasta nuestros tiempos, que la gran masa de los productos fue sistemáticamente producida con un fin distinto al de aprovechar directamente su valor de uso.

La producción actual está atomizada en innumerables unidades autónomas, pero no autosuficientes. Cada una es apenas un eslabón de la cadena de producción social, se especializa en un producto, pero depende para ello, de su articulación con el resto del sistema. Es parte del metabolismo social, pero su producción no es directamente social. La contradicción, el hiato, entre el carácter privado y a la vez social del trabajo, sólo puede resolverse a través de una mediación: el lenguaje de los valores en el mercado.

Pero el mecanismo mercantil implica que todas las mercancías de un mismo tipo valen lo mismo. Cada una es un ejemplar medio de su tipo, y no revela en su corporeidad, cuánto tiempo de trabajo ha costado producirla. Simplemente vale lo que valgan sus pares. Este valor, entonces, no es regulado por cada productor individual, sino por el nivel de productividad más generalizado en la rama: el valor social se ajusta al valor “individual” de las empresas modales. Por lo tanto, la cantidad de tiempo de trabajo que la sociedad puede reconocer como necesario para producir esa mercancía, sólo puede ser el empleado por estas empresas.

El carácter social del valor sólo puede manifestarse indirectamente, pues, y es la forma en que debe operar el mecanismo mercantil, la que determina que no sea el tiempo de trabajo individual, sino el modal, el que se reconoce como socialmente necesario, y que por lo tanto, determina el valor. Tal es la causa lógica del concepto de tiempo de trabajo socialmente necesario, nada menos que la división del trabajo propia del capitalismo. Para refutarlo, entonces, hay que entender estas cosas… aunque Chema admita abiertamente que entender no tiene ninguna importancia:

Quiero que veáis clara una cuestión: da igual que se entienda o no lo que quiso decir Karl Marx con su concepto de “trabajo abstracto socialmente necesario”. De ahí lo que dije anteriormente sobre que no es necesario haber estudiado “duendeología” para saber que los duendes no existen. No es ni el “trabajo abstracto” ni el trabajo “socialmente necesario”, ni el “trabajo humano”, ni el “trabajo divino”, ni los trabajos de Hércules lo que está tras el valor de las cosas.”

Contrastabilidad

Hemos demostrado la necesariedad del carácter socialmente necesario del tiempo de trabajo. Desde esta explicación no debería ser difícil imaginarse cómo contrastar la determinación del valor por el TTSN. Simplemente se trata de comparar el nivel de los precios de largo plazo, con los tiempos de trabajo simple de las empresas modales. Si se comparan ramas con composiciones orgánicas desiguales, se toma en cuenta que una composición orgánica alta eleva los precios proporcionalmente, y viceversa. Desde Shaikh los economistas marxistas vienen produciendo este tipo de trabajos, con resultados de más del 90% de coincidencia entre TTSN y precios. Estoy hablando de la década del 70, por eso si Chema y sus amigos aún siguen esperando, les tengo una buena noticia: están medio siglo atrasados, tienen mucho material para satisfacer esa curiosidad que los aqueja:

Como todos podéis observar, es este concepto de “trabajo abstracto socialmente necesario”, que Marx deja relativamente vago y en el aire, sin desarrollarlo exhaustivamente, lo que más quebraderos de cabeza genera tanto a sus seguidores y a sus detractores: no lo sistematizó suficientemente. ¿Por qué? Una vez más, para no pillarse los dedos dejando claro qué es, según él, lo que hay detrás del valor de las cosas. Numerosos críticos del marxismo (especialmente los economistas más “matemáticos”) señalan y no sin acierto… que qué cojones es eso del trabajo socialmente necesario… en términos numéricos, de manera cuantitativa, para poder verlo más claro. Todavía estamos esperando”

Pueden empezar por consultar a Ferràndez Nieto 2010, marxista español. También véanse Ochoa 1989, Petrovic 1987 y Shaikh 1995.

Falsificaciones

La mayoría de los críticos del marxismo dicen entenderlo y basar sus refutaciones en el estudio riguroso. Aún en esos casos, incurren en equivocaciones y falsedades., así que, cómo sorprenderse cuando alguien que se enorgullece de no saber de lo que está hablando, falsifica una y otra vez la materia en discusión. Aquí mostraremos las falsificaciones sobre TTSN.

(1) “Marx definió el valor de un producto como “el trabajo abstracto socialmente necesario” incluido en la producción de ese producto.”

Falso. El trabajo incluido en un producto no determina el valor, como vimos arriba. Tampoco existe un concepto de TTSN “incluido” en el producto. Lo único que puede determinar el valor, dado el mecanismo mercantil, es el TTSN que rige para la reproducción de una mercancía, en tiempo presente. El esfuerzo pasado no cuenta para nada como generador de valor, sino que simplemente determina los costos de cada empresa.

(2) “Porque hasta un tonto se daría cuenta de que nadie valora algo sólo por el trabajo que haya costado hacerlo (como se dio cuenta Ricardo con el caso del vino)”

Dos falsedades. A un subjetivista le cuesta entender que la teoría del valor no es simplemente una versión alternativa de la teoría subjetiva: no propone que el precio esté determinado por la valoración subjetiva, no propone reemplazar la valoración subjetiva en utilidades, por otra valoración subjetiva en términos de trabajo. En ningún escrito de Marx puede encontrarse la idea de que el precio está determinado por la estimación de cuánto trabajo cuesta producir una mercancía. Por el contrario, el valor se establece mediante mecanismos objetivos, ajenos a la voluntad y a la conciencia de los hombres.

Del mismo modo, es un embuste el atribuirle a Ricardo una noción subjetivista del valor. Para Ricardo, el problema del vino añejo más caro que el vino nuevo, consistía en que no podía explicar porqué el precio del primero era mayor al del segundo, no que el consumidor “valoraba” más al primero que al segundo.

(3) “De hecho, Marx se vio incluso obligado a decir en la Crítica del programa de Gotha que:

El trabajo no es la fuente de toda riqueza. La naturaleza es la fuente de los valores de uso (¡que son los que verdaderamente integran la riqueza material!), ni más ni menos que el trabajo, que no es más que la manifestación de una fuerza natural, de la fuerza de trabajo del hombre.”

¿Marx se vió obligado por quién? ¿Ante qué ataque demoledor? ¿Qué quieren decir las palabras de Marx? El crítico no lo dice. Pero esas palabras expresan el mismo concepto de El Capital:

“El trabajo, por tanto, no es la fuente única de los valores de uso que produce, de la riqueza material. El trabajo es el padre de ésta, como dice William Petty, y la tierra, su madre.

De la mercancía en cuanto objeto pasemos ahora al valor de la mercancía.” (p 53)

Valor de uso, valor de cambio, distinciones elementales que conoce quien haya leído aunque sea la primera página del libro… En las dos citas, Marx dice que todo producto, en tanto objeto, requiere del uso de materiales naturales. No hay más misterio aquí. El valor de uso está hecho de materiales naturales y trabajo concreto, no comparable ni cuantificable. El valor de cambio se abstrae de las particularidades propias del valor de uso. En lo que hace al valor de cambio, las citas anteriores no dicen nada.

(4) ¿Y la refutación de esa hipótesis (la falsedad del TTSN) se ha demostrado científicamente?

Sí.

Lo que la Ciencia ha ido demostrando a lo largo de años de experimentación y recomprobación es que la base del valor de las cosas (los bienes y servicios) depende de lo que nosotros creamos: de la utilidad que para nosotros como individuos tengan esos bienes y servicios.”

Después de tanto jaleo, llegamos a lo que debía ser la culminación del argumento, la refutación definitiva del TTSN… ¿y con qué nos encontramos? A la previa confesión de que no interesaba entender el concepto, ¡ahora se añade la admisión de que no se lo va a refutar tampoco! No se van a demostrar las incoherencias internas, lógicas, ni las externas, empíricas. Después de los alardes de erudición, se cierra el punto, pasando a otro tema.

Y se quiere presentar esta maniobra como una refutación. A lo que se reduce esta gambeta, es a decir que el TTSN no puede determinar el valor, porque “ya sabíamos” que al valor lo determina otra cosa. Claro, las dos explicaciones no pueden ser verdaderas al mismo tiempo, por lo tanto, si se cree que la valoración subjetiva es la explicación correcta, se puede suponer que la alternativa no lo es, y entonces no hace falta ni entenderla, ni refutarla directamente.

Es maravilloso, estoy seguro de que esta forma de hacer ciencia sería aprobada y aplaudida por los mejores epistemólogos.

(5) “Otra “cosilla” más. Mientras que la Teoría Laboral del Valor se ha utilizado para condenar el beneficio como explotación, la teoría subjetiva refuta eso aduciendo que, dado que lo que hay tras el valor de las cosas es la utilidad que nosotros le damos a éstas y no el trabajo (“socialmente necesario” o del tipo que sea), el que alguien (los “capitalistas”, según Marx) controle el trabajo (o incluso a los trabajadores) no implica por narices que controle, a su vez, el valor en la sociedad… ni que controle sistemática y totalmente a la sociedad.

porque el beneficio no le viene sólo de la “explotación “de sus trabajadores: le viene principalmente de lo que pueda venderle al comprador-consumidor. Y tiene que negociar con éste y con lo que éste considere valioso”

Ah, el corazón del asunto… el capitalismo sería la única sociedad histórica sin explotación sistemática. Pero aquí nos concentramos sólo en los errores de concepto respecto a la TLV.

En ningún lado dice Marx que los capitalistas controlen “el valor” o a la sociedad. ¿Qué significaría que “controlen el valor”? Los únicos que tienen tales ideas son los que creen que la economía está dominada por monopolios, una idea que es contraria a la de El Capital, y que fue difundida sobre todo por Lenin y luego por el tercer-mundismo y la corriente de la dependencia.

Muy por el contrario, para Marx el capitalismo es un sistema de cuya división del trabajo emergen leyes que no pueden ser controladas por los hombres: ni por los trabajadores, ni por los capitalistas. Si alguien dijera que la evolución biológica está “controlada” por los animales predadores, estaría diciendo un disparate tan grande como el de Chemazdamundi.

En una economía de precios variables… el capitalista o el que posea los medios de producción, no controla necesariamente el valor, como aseguraba Marx.”

¿En dónde aseguró eso? ¿La desvergüenza de esta gente tiene algún límite?

(6) “Los economistas se dieron cuenta de que la TLV era falsa porque se fijaron en que dados dos productos (bienes o servicios) en los que se hubiera empleado el mismo “trabajo socialmente necesario” para producirlos, no tenían por qué tener obligatoriamente ni el mismo valor para los individuos ni tienen el mismo precio si tienen alguna diferencia no debida al “trabajo socialmente necesario” entre ellos”

Cae en la bajeza de criticar a la teoría ricardiana, y hacer pasar eso como una crítica a Marx, diciendo TTSN como si fuera tiempo de trabajo a secas (ver). Críticos austríacos hacían lo mismo, pero usando a un tal Rodbertus como muñeco de paja. Son de la misma calaña.

Como hemos explicado en este y otros posts, en Marx el valor no es directamente proporcional al tiempo de trabajo incorporado. Ni siquiera en el tomo 1 es éste el supuesto, sino que es el TTSN, es decir el tiempo de trabajo que rige en la rama, el que es determinante. En el tomo 2 se amplía el concepto, incorporando la influencia que tienen las distintas composiciones orgánicas sobre el precio final, explicando de paso que el vino añejo es más caro que el nuevo, por tener una mayor composición orgánica en capital constante.

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Aquí cierro este post. Llega un momento en la vida de muchos debates, en que el polemista no puede maniobrar dentro de los términos de la discusión. Ve caer los cimientos de sus opiniones, sin poder reconstruirlos legítimamente. Al no poder avanzar ni admitir la derrota, se mueve de costado. Pasa de afirmar disparates en los que sólo cree a medias, a inventarse embustes en los que no cree en absoluto. Todo vale para algunos. Así se defiende la ideología.

BIBLIOGRAFÍA

Marx, Karl (1984): El Capital, Siglo XXI editores.

Nieto Ferràndez, Maximilià (2010): “Valores, precios de producción y precios de mercado
a partir de los datos de la economía española” http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=60115471004

Ochoa, E. (1989): “Values, proces and wage-profit curves in the US economy”, Cambridge
Journal of Economics, 13 (3).

Petrovic, P. (1987): “The deviation of production prices from labour values: some
methodology and empirical evidence”, Cambridge Journal of Economics, 11 (3).

Shaikh, A. (1995): “The empirical strength of the labor theory of value”, New School for
Social Research, Nueva York.

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Revista Propuesta Marxista

Nuevo punto de partida

 

Hemos modificado la primera versión de esta editorial a partir de comentarios críticos de varios compañeros (entre los que queremos destacar los de Ariel Petruccelli, Rolando Astarita y Ernesto Manzanares). Hemos tomado algunas criticas para mejorar nuestra perspectiva en algunos casos, y en otros, hemos persistido en mantener lo escrito. A todos, nuestro agradecimiento.

“No se puede pinchar con alfileres lo que debería destruirse a mazazos.” Karl Marx

La costumbre y la convención imprimen al primer editorial de una nueva revista la función de declaración de principios, informando a los lectores sobre los propósitos y objetivos de la misma. La prueba del tiempo suele transformar a esas declaraciones en palabras vacías y la revista en cuestión queda confinada a ser uno de los tantos nichos en que se divide el mundo intelectual. El riesgo es mayor en el caso de esta revista, pues está dirigida a los militantes que luchan por el socialismo.

En la actualidad se ha difundido la creencia de que la teoría es inútil, pues aleja a los militantes de lo verdaderamente importante, que es la acción. Se rompe así, artificialmente, el vínculo entre teoría y acción; el carácter forzado de la escisión hace que la teoría reaparezca de la peor manera, es decir, como saber convencional y conformista, cortado a la medida del sentido común burgués. De este modo, negando la teoría o, mejor dicho, la necesidad de estudiar las nuevas condiciones del capitalismo, los partidos que se dicen “de combate” terminan aceptando el orden establecido, más allá de su discurso revolucionario. La pereza intelectual, el conformismo, el culto a diversos ídolos y la difusión de mitos tanto más extendidos cuanto más alejados de la realidad histórica, son algunos otros de los corolarios de la negación de la teoría.
Nos hemos propuesto seguir un camino diferente. Se trata de retomar el viejo principio de la praxis, la unidad inescindible de teoría y acción. Lenin en Qué hacer, expresó dicho principio en una frase ya clásica: “Sin teoría revolucionaria no puede haber tampoco movimiento revolucionario. Nunca se insistirá lo bastante sobre esta idea en un tiempo en que a la prédica en boga del oportunismo va unido un apasionamiento por las formas más estrechas de la actividad práctica.” Sin el estudio de las experiencias revolucionarias del siglo XX, de los cambios acaecidos en la economía, en la ideología, en la lucha de clases y en el Estado, resulta imposible reconstruir una perspectiva socialista revolucionaria. Como siempre, la pregunta sigue siendo qué hacer en la situación actual. Para ello es preciso identificar el eslabón más débil de toda la cadena de la organización social capitalista: esta es, precisamente, la función de la teoría. Y en este punto resulta imprescindible la re-construcción del marxismo, entendido como ciencia revolucionaria.
Reconocer la necesidad de reelaborar la teoría revolucionaria conlleva correr el riesgo opuesto al mencionado más arriba. El énfasis en la teoría puede conducir al callejón sin salida del academicismo, una de cuyas expresiones más características es la redacción de artículos destinados a ser leídos en los círculos académicos. Esta revista no pretende ser, de ningún modo, un canal alternativo para la publicación de papers que no encuentran salida en el circuito académico. La elaboración de una teoría revolucionaria pasa por la intervención en la lucha de clases, no por el alejamiento respecto a ella.
El punto de partida asumido supone, pues, abandonar la producción de teoría por la teoría misma. Es por ello que ligamos la suerte de esta publicación a los avatares de las luchas de los trabajadores, y a la intervención en ellas. De ahí también la necesidad de esbozar en este editorial la situación actual de la izquierda y los principales problemas teóricos a encarar.
La izquierda en Argentina experimentó un proceso de recomposición desde el estallido de la Convertibilidad en diciembre de 2001. La misma acompañó, aunque de manera muy despareja, el crecimiento numérico de la clase trabajadora generado, entre otros factores, por la reducción del número de trabajadores desocupados y el desarrollo económico que siguió al colapso de 2001. En especial, a finales de la primera década del siglo XXI, la aparición de delegados y militantes obreros clasistas comenzó a hacerse notar. La creación del FIT marcó otro hito en dicho proceso de recomposición. Sin embargo, la reconstitución de la izquierda no puso fin ni a sus limitaciones teóricas ni a un estado de fragmentación que viene desde muy atrás en el tiempo. Tampoco se verificaron cambios en la relación entre la masa trabajadora y la izquierda, que sigue cortada en lo ideológico y político.
Incluso, a pesar del mencionado progreso del FIT, aproximadamente el 90% de la población vota a partidos que son enemigos del socialismo. Esta es una cuestión central que en la izquierda no se problematiza, y no se analizan las razones; se pasa por alto con balances más o menos exitistas
En la actualidad, la izquierda argentina se encuentra dividida en dos grandes corrientes ideológicas. De un lado, la izquierda trotskista, agrupada mayoritariamente en el FIT; del otro, la izquierda que comulga con planteos frentepopulistas y considera necesario ocupar espacios en el Estado como condición transformadora de la sociedad en su totalidad. Además, existen gran número de agrupaciones que se desarrollan por fuera de los bloques anteriormente nombrados, con un horizonte de acción localizada, concentrada en áreas específicas y con planteos ideológicos que van del keynesianismo al guevarismo, del autonomismo al mesianismo liso y llano, no libres de matices y formulaciones híbridas. Por ejemplo, en el amplio espectro de la izquierda podemos encontrar organizaciones trostkistas-chavistas, o autonomistas-guevaristas.
Junto a esta fragmentación coexisten diversos problemas teóricos, que no han podido ser saldados desde hace décadas. Problemas que, de no ser encarados, pueden continuar por varias décadas más, condenando a la izquierda revolucionaria a tropezar siempre con las mismas piedras. El ya mencionado desdén por la teoría, así como también la creencia afín de que las respuestas del pasado son suficientes para analizar el presente, vuelven estéril la acción, impidiendo combatir eficazmente al capitalismo. Los tres problemas fundamentales son los siguientes:
En primer lugar, la caracterización del capitalismo, concebido generalmente como un sistema que se encuentra en situación de crisis terminal, incapaz de desarrollar las fuerzas productivas o de impedir la rebelión de los pueblos oprimidos. Catastrofismo, estancamiento crónico, agonía del imperialismo, son otras tantas formas de pensar la cuestión del capitalismo. Todas ellas tienen en común el ser concepciones que poco o nada tienen que ver con el marxismo. Dada la crisis permanente del capitalismo, la labor de estudiarlo para comprender sus cambios y su dinámica es una tarea inútil; sólo cabe actuar para derrotarlo, con la convicción de que la victoria es segura. El catastrofismo obtura así la necesidad de elaborar una crítica del capitalismo actual. Triunfalismo y escisión de la relación entre teoría y acción, con el consiguiente desprecio por la primera, son las consecuencias de esta manera de concebir al capitalismo. El análisis marxista, reducido a una caricatura, ya no juega ningún papel.
En segundo lugar, el tema del imperialismo. Para parte de la izquierda argentina, el imperialismo, entendido como el dominio de las potencias capitalistas sobre sus respectivos “patios traseros”, es la madre de todos los males que asolan al país. En lugar de estudiar las transformaciones de la dinámica capitalista, nuestra izquierda prefiere, en general, apelar al imperialismo y a los monopolios internacionales para explicar la situación del país y los vaivenes de la lucha de clases. Este enfoque tiene consecuencias importantes. El conflicto Capital–Trabajo pierde su centralidad, siendo desplazado por la contradicción Imperio–Colonia, o formulaciones similares: pueblo – monopolios, patria-fondos buitres, etc. Puesto que es el imperialismo (en el caso de Argentina, el “imperio yanqui”) quien mueve los hilos de la política argentina, corresponde luchar por la “liberación nacional” antes que por el socialismo. Queda así el campo libre para todo tipo de alianzas con la burguesía, avaladas por la necesidad de fortalecer a los sectores nacionales que enfrentan al imperialismo.
En tercer lugar, la cuestión del Estado. La pérdida de relevancia del análisis de las relaciones de producción en la teoría del capitalismo se traduce en una consiguiente ampliación del papel atribuido al Estado, a punto tal que éste se transforma en un fetiche. Así, uno de los ejes de la política de los partidos trotskistas es la exigencia de un mayor rol del Estado en la economía, recreando de esta manera la ilusión de que el Estado “es de todos”, que su intervención nos acerca a una socialización progresiva de las empresas. Frente a cualquier problema concreto de la sociedad (por ejemplo, los cortes del suministro eléctrico a los hogares), la respuesta exigida por las corrientes trotskistas es la estatización, bajo el supuesto de que las consignas harán que las masas se movilicen; consignas más izquierdistas producirán una radicalización de la movilización, permitiendo la transición hacia el socialismo. Sin embargo, la aparente radicalidad del discurso oculta que las consignas permanecen dentro de los límites del reformismo burgués.
A su vez, los sectores frentepopulistas, adoptando posturas más nacionalistas y frente a la agudización de la lucha de clases, también defienden una política pro-Estado burgués “fuerte” (al estilo chavista en Venezuela), afirmando que éste constituye el mejor baluarte para la defensa de los intereses populares. La contradicción entre lo público (o lo estatal) y lo privado desplaza al conflicto entre Capital-Trabajo, bajo el signo de una enorme confianza e idolatría hacia el Estado capitalista.
La persistencia de estos problemas se explica, en buena medida, por una afirmación que puede resultar paradójica: el marxismo es el gran ausente en los debates de la izquierda. Su ausencia consiste, ante todo, en el tratamiento del mismo como algo muerto o propio del pasado, útil para efectuar invocaciones litúrgicas que permiten diferenciarse de otras fuerzas políticas, pero completamente ineficaz a la hora de fijar una estrategia que conduzca a la toma del poder.
En gran medida estos marxistas están influidos por el clima de época que está instalado y que tiene bases reales (nos guste o no) en que la experiencia del “socialismo real” fracasó. Para los marxistas uno de los problemas centrales (tal vez el más importante) es contrarrestar el mensaje de que no hay alternativa al capitalismo. Esto se impuso con mucha fuerza desde 1990, y va a tomar más vuelo con la marcha de Cuba al capitalismo y con el desastre del “socialismo del siglo XXI” comandado por la burocracia civil y militar chavista. Cuando hablamos de la necesidad de combinar la lucha ideológica y la teoría con la acción reivindicativa y política, tenemos que decir que en ningún lado se muestra con más fuerza que en torno a este problema. Problema que no se arregla con algunas consignas hábiles (del tipo “que los funcionarios usen los hospitales públicos”, o “suprimir el IVA”, etc.).
Este rechazo de las masas, a escala planetaria, de la alternativa socialista puede explicar también por qué la mayoría de la izquierda casi no habla de socialismo y descarga una serie incoherente de consignas con medidas despojadas de su relación con el ascenso al poder político (control obrero, suprimir el IVA, cortar con Chevron, etc.).
El posibilismo se nutre de este fracaso, pero también el dogmatismo, ya que en lugar de examinar el problema que se tiene por delante y argumentar, se repiten consignas.
El marxismo también se puede encontrar en el ámbito académico. Los marxistas académicos, “paridos” por una institución cuya principal función política consiste en anular a los intelectuales que se proponen seguir el camino de la lucha de clases, han encontrado en las facultades el refugio para quienes, adoptando ideas socialistas, vieron bloqueadas sus expectativas de desarrollo intelectual en las organizaciones políticas esclerosadas y burocráticas. Los intelectuales socialistas deben volver a involucrase como intelectuales orgánicos de la clase obrera, adoptando el punto de vista de los trabajadores explotados, dando recursos críticos a las organizaciones de la clase y jugando un rol que vaya más allá del actual, que no pasa de ganar gente en las facultades para que repitan los dogmas de tal o cual organización.
El reconocimiento de las derrotas del movimiento obrero, a nivel nacional e internacional, en el período comprendido entre 1970 y 2000, (y aún mucho antes, en las décadas del ’20 y del ’30, merced al triunfo de la contrarrevolución estalinista), resulta indispensable para la reconstrucción del socialismo revolucionario. A pesar de la recomposición material de la clase obrera, expresada entre otras cosas en el aumento del número absoluto de sus efectivos, la situación de derrota se perpetúa, en buena medida porque las estrategias políticas y las teorías forjadas en el marco de la derrota se asumen como definitivas.
Nuestra revista propone una lectura de Marx que no es ni académica, ni complaciente, ni un instrumento para consolidar posiciones de poder. Al contrario, surge de la necesidad de enfrentar al capitalismo. Resulta menester reconocer los errores y los problemas teóricos, evitando esconderlos debajo de la alfombra. Esto significa dejar de lado la tendencia a escindir el marxismo de la lucha de clases, tanto en el terreno de la teoría como en el de la práctica política. Proceder de este modo implica abandonar los dogmas y las mitologías, confrontando las afirmaciones de los clásicos con la dura prueba de la realidad. Significa estudiar seriamente las transformaciones experimentadas por el capitalismo durante el siglo XX y los comienzos del siglo XXI. Se trata, en pocas palabras, de re-construir el marxismo como ciencia revolucionaria.
Las tareas planteadas en el párrafo anterior no pueden ser realizadas exclusivamente por los intelectuales. Del mismo modo que el marxismo surgió en la década de 1840 como producto del encuentro entre varios representantes intelectuales del socialismo y el movimiento obrero, hoy en día la re-construcción del marxismo requiere ineludiblemente de su fusión con las luchas obreras. A diferencia de las ciencias sociales de la burguesía, el marxismo tiene por objetivo principal la superación del capitalismo por vía revolucionaria. Esto sólo es posible actuando en conjunto con la clase obrera, única clase que por la posición que ocupa en la sociedad es capaz de golpear al capitalismo en el terreno de las relaciones de producción, núcleo duro del poder capitalista.
La clase obrera actual no es, por supuesto, la misma que en 1917, 1945 o 1969; tampoco cabe pensar en ella como una esencia ahistórica, cuyo contenido fundamental consiste en ser revolucionaria. Re-construir el marxismo requiere dejar de lado las fábulas de obreros revolucionarios y dirigentes traidores; se trata de abordar el estudio de la clase obrera de 2015 sin prejuicios, asumiendo el compromiso de apoyar sus luchas contra la burguesía.
A partir del diagnóstico expuesto en los párrafos precedentes, nuestra revista se propone encarar como tarea primordial la reelaboración del marxismo, a partir del abordaje sin prejuicios de los problemas teóricos mencionados y de la convicción de que sólo a partir de un análisis marxista es posible formular una estrategia correcta para la política de la clase trabajadora. Frente a los posibilistas y a los dogmáticos, nuestra revista defiende la idea del retorno a las fuentes del marxismo, no con el propósito de preservar una supuesta pureza, sino de contribuir a la construcción de herramientas teóricas que permitan incidir eficazmente en la lucha de clases actual, junto a la necesaria actualización permanente de los problemas y los avances en las investigaciones, ignorados por los guetos intelectuales del dogmatismo.
Para concluir, nada mejor que citar el párrafo final del Manifiesto Comunista a modo de síntesis de nuestra posición: “Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Las clases dominantes pueden temblar ante una revolución comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar.”

 

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Esta es la presentación de una revista en la que participamos varios compañeros. El primer número puede leerse acá y se pueden seguir nuevos aportes en el blog.

 

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Respuesta sobre TLV 2: De los errores de método a las barbaridades

Continuación del artículo anterior

Las teorías son siempre parte de una discusión. Son desarrollos alternativos sobre un tema, en polémica con otros intentos del mismo género. El tema se define por una pregunta inicial, el problema, y cada ensayo de respuesta define una línea teórica. Cada una de estas líneas evoluciona por su cuenta, al mismo tiempo que reacciona ante la polémica con sus rivales. A lo largo de décadas e incluso siglos, las teorías se corrigen y se perfeccionan. En algún momento, el peso racional de algunas, su capacidad explicativa, se demuestra superior a la de sus rivales.

El carácter dinámico de este proceso determina que para conocer un problema científico, se necesita estudiar todos los intentos de respuesta al mismo. Sólo así se puede tener claro qué hipótesis han sido aceptadas y después de qué proceso de argumentación y de refutaciones, y qué hipótesis han sido rechazadas tras las correspondientes discusiones y contrastaciones… Este método de estudio tiene además una ventaja que es crucial: para poder comparar la justeza de las respuestas, es obligatorio partir desde el principio (no tanto histórico sino lógico), es decir desde la pregunta inicial. Esto implica que está garantizado que se tendrá claro cuál es el problema. De esta forma aprendemos los marxistas, es en general lo que hace cualquier científico (1).

Otro método es el que sigue la enseñanza de economía académica. Se parece menos a la educación universitaria, que a la educación escolar. Consiste en la memorización de preceptos que no se problematizan. Parte de axiomas, es decir, premisas no demostradas. Las ideas que no se conformen con el esquema son rechazadas porque se considera incorrecto todo lo que no se encuadre en el manual. El criterio de juzgar en qué medida se responde correctamente a la pregunta inicial, no opera aquí. Sólo se juzga si se condice con lo dicho por el manual (2).

No podría ser de otra manera, después de todo, si para empezar, ni siquiera conocen cuál era el problema de investigación. Esta ignorancia crucial, demuestra el carácter dogmático de la economía ortodoxa, que sólo puede armar su discurso soslayando el problema que estudia la economía clásica. Si tratara de responder a la misma pregunta que Smith, Ricardo y Marx, no podría siquiera haber nacido. No compite con la economía política: es un intento de ocultarla.

Veamos cómo se reproduce esto en un caso particular:

En el post que examinamos, cuando se refiere a la teoría del valor, dice que se trata del intento de responder “porqué las cosas tienen valor”. Pero enseguida agrega dos cosas: primero, que es una pregunta que se viene haciendo “la humanidad” desde siempre, momento en que mezcla a pensadores como Aristóteles y muchos otros que no conocieron ni el capitalismo ni la realidad moderna del valor, con autores contemporáneos que sí conocieron el capitalismo, y que justamente por eso investigaron la noción de valor. Confunde valor con precio.

Si se quiere criticar una teoría, hay que entender los conceptos. Ni la economía clásica ni la teoría marxista son intentos de responder “porqué las cosas tienen precio” desde Aristóteles. Al contrario, son teorías específicas sobre el capitalismo. En Ricardo, Sismondi, Jones, hay una intuición insuficiente, pero valiosa, de que se trata de estudiar un “cuerpo social determinado y atravesada por las relaciones políticas y de producción y por la distribución del ingreso entre las clases sociales”. En Marx esta idea cobra plena conciencia, con efectos revolucionarios para la ciencia de la economía política.

En el capitalismo, los precios alcanzan una estabilidad a largo plazo como nunca antes en la historia: se verifica estadísticamente que se mueven alrededor de centros de gravedad. Esto quiere decir que no son arbitrarios (como sí lo son los precios de monopolio) o, lo que es lo mismo, que están determinados por algo. Este fenómeno particular del capitalismo, es el inicio del problema, el punto de partida de la investigación. Como queda claro, se trata de estudiar no porqué “las cosas tienen precio”, sino en particular, “qué tipo de sociedad determina que las cosas tengan precios” (a diferencia del feudalismo, por ejemplo), y porqué no sólo tienen precios, sino también valor (a diferencia también de otras sociedades), es decir, un nivel subyacente y estable alrededor del cual se mueven los precios, y cuya existencia revela que hay una determinación objetiva, y no sólo arbitrariedad.

Sólo si se admite esta realidad observable de niveles de largo plazo en los precios, puede formularse la pregunta, y de ahí en más, intentar resolver un problema objetivo con una respuesta objetiva.

Cualquiera que intente criticar a la economía política clásica, debe partir de este punto, no soslayarlo. El problema es que si se trata de neoclásicos, admitir la existencia del valor como fenómeno objetivo, los llevaría a tener que admitir la necesidad de una explicación objetiva. Como no la tienen, sus lecturas necesitan nutrirse de vacíos enormes.

El modo en que usualmente se esquiva el problema de investigación, consiste en partir de definiciones previas del valor. Previas a detectar y definir el problema. Como puede verse en el citado blog, cuando se empieza a hablar de valor, enseguida se lo define como “valoraciones subjetivas” y luego se dice que determinarán el precio.

Por eso en el segundo agregado, dice que “otras ciencias”, como la psicología, etc, también intentan explicar el valor.

Aclaremos: sería perfectamente legítimo que alguien, supongamos un economista atento y estudioso de la estadística, note que los precios de las mercancías tienden a mantener relaciones estables entre sí (valores de cambio), que busque una explicación para este fenómeno objetivo, y que ensaye la hipótesis de que son las valoraciones subjetivas de los participantes en el intercambio las que de alguna manera logran determinar dichas relaciones de cambio. Digamos que sería erróneo, pero seguiría los pasos lógicos indispensables. Siguiendo los mismos pasos lógicos, la economía política detectó el fenómeno, y buscó una explicación, pero en este caso, con un determinante objetivo, por el simple motivo de que las relaciones de intercambio son cuantitativas, y por lo tanto deben estar determinadas por cantidades (3).

Para resumir lo anterior, un consejo para todo neoclásico: el crítico de la teoría clásica del valor tiene que aprender qué investiga la teoría clásica del valor. Otra cosa es hacernos perder el tiempo.

Para cerrar este artículo, mostramos cómo el partir de una definición en lugar de partir de un problema, lleva a las mayores confusiones.

En el post citado se parte de dar una definición de valor: “el valor es cuánto se desea un objeto o condición con respecto a otros objetos o condiciones”, y luego se dice que las teorías sobre el valor intentan responder porqué existe tal cosa… entonces, incluso la teoría objetiva del valor… sería un intento de explicar al valor como función de un deseo… No es broma, lo dice clarito:

“…dos grandes conjuntos, según el motivo por el cual uno u otro autor percibía o entendía que la gente (nosotros) le dábamos valor a las cosas:

a) La teoría del valor intrínseco (teoría objetiva del valor).

b) La teoría subjetiva del valor.”

Como vimos en el artículo anterior, esto revela la existencia de lagunas mentales, fallas metodológicas, y propensión al copy-paste. Ejemplificamos con la inmediata contradicción:

a) Las teorías del valor intrínseco u objetivas sostienen, como su propio nombre indica, que el precio de los bienes y servicios no está en función de o no viene dado por juicios subjetivos. Es decir, que las cosas valen en función de uno o más motivos objetivos y que la persona tiene poco o nada que decir al respecto de lo que valen. Esta teoría (o grupo de ellas) sostiene que el valor de un objeto (bien o servicio) es intrínseco a él o está contenido dentro de sí mismo.”

Es serio el asunto. Contradice lo anterior, al decir que para la teoría objetiva, los precios no están determinados por juicios subjetivos. Lo dice, pero sería demasiado pedir que lo entendiera. Es que más adelante dirá que es absurdo creer que los sujetos saben cuánta materia objetiva, trabajo, está contenida en cada mercancía, como para juzgar su valor… vuelve a interpretar como subjetivista a la teoría objetiva, cree que la teoría marxista dice que la gente calcula la cantidad de trabajo contenida en cada mercancía, y de ahí surgiría el precio…

Para que entienda el neoclásico que pase por acá:

Primero, el valor no es intrínseco ni está contenido en el objeto. Lo intrínseco al objeto es su valor de uso. Su valor de cambio no puede encontrarse de ninguna manera en el objeto. El valor de cambio es una relación social, sólo es objetiva o intrínseca en el sentido en que toda relación social puede serlo, y en el sentido particular de que está determinada por una cantidad de sustancia cuantificable, que es el trabajo humano.

Segundo, el valor de las mercancías se determina por mecanismos sociales que exceden la voluntad de los individuos, y que no son reducibles a la suma de los deseos particulares de todos. Es lo mismo que pasa con cualquier otro tipo de sociedad: hay reglas objetivas. Por eso, que los individuos valoren más o menos una mercancía, no afecta su valor económico. Ya hemos visto porqué: si las mercancías son reproducibles, un aumento de la demanda deriva en un aumento correspondiente de la oferta: ergo, la demanda no altera el precio de largo plazo. Por lo mismo, no se trata de que los individuos “calculen” cuánto trabajo tendrá incorporado tal o cual mercancía. El mecanismo de formación de precios no deriva de cálculos individuales de utilidades, de trabajo, energía cósmica, o de lo que sea.

Tercero, las teorías objetivas del valor tienen como supuesto inicial que para que haya valor, tiene que haber valor de uso, es decir utilidad social. Es su condición necesaria, aunque no suficiente, ni puede determinar el nivel del valor. Entonces, es incorrecto definir al hecho de que “el objeto debe ser útil” como una característica particular de las teorías subjetivas.

En próximos artículos, abordaremos cuestiones más específicas.

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(1) Un ejemplo cabal es “Teorías de la plusvalía” de Marx.

(2) Ver por ejemplo: http://rolandoastarita.com/nc.Fundamentosmetodologicos.htm

(3) Ver:

https://divulgacionmarxista.wordpress.com/2013/06/22/cretinismo-economico-vii/

https://divulgacionmarxista.wordpress.com/2012/11/30/matematica-objetividad-y-abstraccion/

https://divulgacionmarxista.wordpress.com/2012/03/18/teorias-del-valor-introduccion/

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Respuesta sobre TLV 1: Discusión sobre método

Lakatos, epistemólogo.

 

En días recientes ha aparecido un artículo que se propone explicar porqué “el marxismo no es científico”. Este esfuerzo intelectual se inscribe en el marco de una discusión comenzada hace varios años en el blog de este sujeto, a propósito de un tema relacionado. A pesar del largo tiempo de gestación, los argumentos no han ganado en profundidad, y básicamente se repiten los mismos clichés de entonces, slóganes y frases sueltas dignas de un viejo conocido nuestro, Rallo el austríaco, Huerta de Soto su maestro, y tantos otros cerebros de la internet que defienden la teoría subjetiva del valor. Pues bien, hoy examinaremos la producción de uno de los parientes de esa gente.
Tal artículo consiste básicamente en exponer qué es el método científico, y en demostrar luego porqué el marxismo no se atiene al mismo. Por lo tanto, lo que cumple hacer primero, es ver si el autor comprende qué es el método científico. A pesar de lo árido del tema, no faltarán motivos de risa.


Para empezar, dice como primera definición:

“El método o proceso científico designa al conjunto de prácticas utilizadas y ratificadas por la comunidad científica como válidas a la hora de proceder con el fin de exponer y confirmar sus teorías.”

O sea que el método científico estaría limitado a “proceder con el fin de exponer y confirmar”. Entonces lo que sucede antes de la exposición y confirmación parece quedar en el universo de lo incognoscible o irrelevante. ¿Qué pasa con el proceso de observación crítica, detección de problemas, formulación de hipótesis y deducción de hipótesis subordinadas y consecuencias observacionales? No sabemos, parece que el método científico no se ocupa de todos esos detalles. Esos detalles de los que podrán ocuparse los epistemólogos, pero no el método científico en la versión de nuestro experto.

Pero sigue, con una segunda definición:
“El método científico, si bien está sujeto a variaciones fruto de las particularidades de cada área de estudio sigue, en líneas generales, estos pasos para comprobar o demostrar una teoría o hipótesis:
1. Observación: observar es aplicar atentamente los sentidos a un objeto o a un fenómeno, para estudiarlos tal como se presentan en realidad, puede ser ocasional o causalmente.
2. Inducción: la acción y efecto de extraer, a partir de determinadas observaciones o experiencias particulares, el principio particular de cada una de ellas.
3. Hipótesis: planteamiento mediante la observación siguiendo las normas establecidas por el método científico.
4. Probar la hipótesis mediante experimentación.
5. Demostración o refutación (antítesis) de la hipótesis.
6. Tesis o teoría científica (conclusiones).”

Como vemos, ahora el método científico… ¡se amplió! Ahora incluye algo más que la exposición y contrastación: trata de partir del lugar inicial de la empresa científica. Naturalmente, no ve la contradicción entre su definición primera (y el primer párrafo de la segunda), por un lado, y la lista de pasos que ahora se le ocurre que es el método científico, por el otro. Eso pasa cuando no se sabe de lo que se está hablando, se dicen vaguedades, y cada intento por dar precisiones desemboca en incoherencias. Como sucede con las hilarantes definiciones de cada uno de los pasos… y el orden mismo de ellos.
Ahora los examinaremos de cerca e intentaremos corregir tanto su contenido como su interrelación, de modo de rescatar al método científico de una exposición inepta.


El problema de la inducción

En el artículo se empieza diciendo que la observación es básicamente observar algo para “estudiarlo” y luego extraer mediante la inducción, el “principio particular” de ese algo. Esta idea de que la ciencia empieza con la observación de fenómenos empíricos cuya repetición da lugar a generalizaciones inductivas del tipo: “Pedro es mortal, Juan es mortal, Pedro y Juan son hombres, ergo todos los hombres son mortales”, pertenece a la infancia del pensamiento epistemológico: eran los positivistas quienes afirmaban que así procedía y debía proceder el método científico. Pero desde Popper (ver “La lógica de la investigación científica”) esto ya no se acepta. No sólo quedó demostrado que la inducción no tiene validez lógica por no tener el carácter tautológico de la deducción, sino que de hecho los científicos no proceden así para elaborar una teoría (ver, por ejemplo, a Lakatos: “La metodología de los Programas de investigación científica”). Hace ya un siglo de esta “novedad” epistemológica, así que sería hora de que algunos se vayan enterando.
Pero como no se trata de apelar a la autoridad de la epistemología sino a sus argumentos, a continuación presento una cita clásica que critica el rol que los positivistas le dan a la inducción:

 

<<La idea de que, en la investigación científica, la inferencia inductiva que parte de datos recogidos con anterioridad conduce a principios generales apropiados, aparece en la siguiente descripción idealizada del proceder de un científico:
Si intentamos imaginar cómo utilizaría el método científico… una mente de poder y alcance sobrehumanos, pero normal en lo que se refiere a los procesos lógicos de su pensamiento, el proceso sería el siguiente: en primer lugar, se observarían y registrarían todos los hechos, sin seleccionarlos ni hacer conjeturas a priori acerca de su relevancia. En segundo lugar, se analizarían, compararían y clasificarían esos hechos observados y registrados, sin más hipótesis ni postulados que los que necesariamente supone la lógica del pensamiento. En tercer lugar, a partir de este análisis de los hechos se harían generalizaciones inductivas referentes a las relaciones, clasificatorias o causales, entre ellos. En cuarto lugar, las investigaciones subsiguientes serían deductivas tanto como inductivas, haciéndose inferencias a partir de generalizaciones previamente establecidas”5.

Este texto distingue cuatro estadios en una investigación científica ideal: (1) observación y registro de todos los hechos; (2) análisis y clasificación de éstos; (3) derivación inductiva de generalizaciones a partir de ellos, y (4) contrastación ulterior de las generalizaciones. Se hace constar explícitamente que en los dos primeros estadios no hay hipótesis ni conjeturas acerca de cuáles puedan ser las conexiones entre los hechos observados; esta restricción parece obedecer a la idea de que esas ideas preconcebidas resultarían tendenciosas y comprometerían la objetividad científica de la investigación.
Pero la concepción formulada en el texto que acabamos de citar –y a la que denominará la concepción inductivista estrecha de la investigación científica- es insostenible por varias razones (…)
En primer lugar, una investigación científica, tal como ahí nos la presentan, es impracticable. Ni siquiera podemos dar el primer paso, porque para poder reunir todos los hechos tendríamos que esperar, por así decirlo, al fin del mundo; y tampoco podemos reunir todos los hechos dados hasta ahora, puesto que éstos son infinitos tanto en número como en variedad (…).
Pero cabe la posibilidad de que lo que se nos exija en esa primera fase de la investigación científica sea reunir todos los hechos relevantes. Pero ¿relevantes con respecto a qué? Aunque el autor no hace mención de este punto, supongamos que la investigación se refiere a un problema específico. ¿Es que no empezaríamos, en ese caso, haciendo acopio de todos los hechos –o, mejor, de todos los datos disponibles- que sean relevantes para ese problema? Esta noción no está todavía clara. Semmelweis intentaba resolver un problema específico, y, sin embargo, en diferentes etapas de su indagación, reunió datos completamente heterogéneos. Y con razón: porque el tipo concreto de datos que haya que reunir no está determinado por el problema que se está estudiando, sino por el intento de repuesta que el investigador trata de darle en forma de conjetura o hipótesis (…)
Un dato que hayamos encontrado es relevante con respecto a H si el que se dé o no se dé se puede inferir de H (…).
Igual crítica podría hacérsele al segundo estadio que Wolfe distingue en el pasaje citado. Un conjunto de <<hechos>> empíricos se puede analizar y clasificar de muy diversos modos, la mayoría de los cuales no serían de ninguna utilidad para una determinada investigación (…)
Nuestras reflexiones críticas sobre los dos primeros estadios de la investigación –tal como se nos presentan en el texto citado- descartan la idea de que las hipótesis aparecen sólo en el tercer estadio, por medio de una inferencia inductiva que parte de datos recogidos con anterioridad (…)
Las reglas de inducción, tal como se conciben en el texto citado, tendrían, por tanto, que proporcionar un procedimiento mecánico para construir, sobre la base de los datos con que se cuenta, una hipótesis o teoría expresada en términos de algunos conceptos completamente nuevos, que hasta ahora nunca se habían utilizado en la descripción de los datos mismos. Podemos estar seguros de que ninguna regla mecánica conseguirá esto. ¿Cómo podría haber, por ejemplo, una regla general que, aplicada a los datos de que disponía Galileo relativos a los límites de efectividad de las bombas de succión, produjera, mecánicamente, una hipótesis basada en el concepto de un mar de aire? (…)
Las hipótesis y teorías científicas no se derivan de los hechos observados, sino que se inventan para dar cuenta de ellos. Son conjeturas relativas a las conexiones que se pueden establecer entre los fenómenos que se están estudiando, a las uniformidades y regularidades que subyacen a éstos. (…) El esfuerzo inventivo requerido por la investigación científica saldrá beneficiado si se está completamente familiarizado con los conocimientos propios de ese campo (…).
Sin embargo, la objetividad científica queda salvaguardada por el principio de que, en la ciencia, si bien las hipótesis y teorías pueden ser libremente inventadas y propuestas, sólo pueden ser aceptadas e incorporadas al corpus del conocimiento científico si resisten la revisión crítica, que comprende, en particular, la comprobación, mediante cuidadosa observación y experimentación, de las apropiadas implicaciones contrastadotas.>>
(“Filosofía de la Ciencia Natural”, Carl G. Hempel, cap. 2)

Una vez aclarado el origen de las hipótesis, se puede pasar al momento de la contrastación. En la versión positivista, esto sería muy simple: se trataría de seguir acumulando casos que repitan las observaciones iniciales. A los hombres mortales Juan y Pedro les sumamos Manuel y José, y seguimos buscando casos equivalentes, y a eso le quieren llamar ciencia. No es más que la continuación del proceso inductivo, sin explicaciones mediante, sin avance de la comprensión.
Pero en la práctica científica real, las hipótesis son intentos de responder un problema de investigación, y por lo tanto son más complejas que una inferencia inductiva. Para contrastarlas, se necesita de la elaboración de “consecuencias observacionales” (ver Klimovsky, “Las desventuras del conocimiento científico”, cap. 8), que son hipótesis subsidiarias deducidas de la principal, que hacen predicciones empíricas que pueden ser contrastadas mediante la experimentación o la observación o recogida de datos. Si las contrastaciones son consistentes con las predicciones, el sistema hipotético se mantiene vigente, si no son consistentes, el sistema se modifica y eventualmente se abandona, especialmente si existe un sistema rival con mayor poder explicativo y predictivo.

Si quedó clara la diferencia entre el inductivismo positivista y el método científico, entonces la continuación del texto nos va a dar un motivo de risa adicional:

Resumiendo, el método científico intenta minimizar la influencia de los sesgos, parcialidades y prejuicios en el experimentador a la hora de comprobar una hipótesis o teoría. Los pasos más básicos del método científico quedarían pues, así:
1. Observación y descripción de un fenómeno o grupo de fenómenos.
2. Formulación de una hipótesis para explicar los fenómenos.
3. Uso de la hipótesis para predecir la existencia de otros fenómenos o para predecir cuantitativamente el resultado de nuevas observaciones.
4. Realización de pruebas experimentales de las predicciones por parte de varios experimentadores independientes que realicen dichos experimentos de manera correcta.
Si los experimentos confirman la hipótesis, ésta se puede llegar a considerar como una teoría o ley de la naturaleza. Si los experimentos no la confirman, debe ser rechazada o modificada. Como podéis observar, la clave en la eficiencia del método científico reside en su capacidad o poder predictivo de la teoría o hipótesis, según se compruebe en los experimentos.”

¡Resulta que el método inductivista puede ser resumido en una tercera definición de modo tal que parezca ser su exacto opuesto en la epistemología, que extrañamente incluya ahora a la elaboración de hipótesis explicativas y no mencione a las inferencias inductivas!
Si bien esta última lista de pasos se acerca más a lo que hemos tratado de explicar arriba, sin embargo mantiene cierta ambigüedad al principio, que seguramente se debe a la fe inductivista que habla de “observación y descripción de fenómenos” sin mencionar el pequeño detalle del PROBLEMA DE INVESTIGACIÓN.

La única definición aceptable de las varias que se proponen en el “artículo” resulta ser un gráfico copiado y pegado, que no dice una palabra sobre inferencias inductivas, y que en cambio parte de una pregunta y de las hipótesis que intentan responderla.

En suma, toda esta introducción sobre método científico a que nos somete el bloguero subjetivista, no es más que una sarta de incoherencias, cuya amalgama sólo puede ser fruto de la extendida práctica de “copiar y pegar” que es la norma por estos foros.
Si uno quiere entender y explicar qué es el método científico, en lugar de estudiar a Popper, a Kuhn, Feyerabend, Lakatos, Bunge, Klimovsky, Hempel, o aunque sea al fulano que enseñe epistemología en la universidad más cercana, lo que rige para esta clase de expertos, es buscar una definición en internet, copiarla y pegarla, buscar otra, copiarla y pegarla, buscar una más, por si acaso, copiar y pegar. Cuantas más, mejor. Si vienen con pasos numerados, estamos en presencia de la excelencia académica.
Semejante incompetencia revela simplemente que se carece de la comprensión de lo que es un problema científico, y se carece de capacidades deductivas elementales, que permitan establecer conexiones lógicas que permitan entender argumentos, y formularlos con alguna coherencia. Esta certidumbre deberá acompañarnos cuando examinemos lo que sigue del artículo, porque estas taras se repiten a lo largo de todo el texto en el que nuestro charlatán intenta hablar de “marxismo”. Veremos que no entiende en qué consiste el problema científico de la teoría del valor, y mucho menos entiende la respuesta marxista (ni, de paso, la ricardiana) a ese problema, ni tampoco conoce las contrastaciones empíricas de la teoría laboral del valor.

 

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Bunge sobre pseudociencias

Mario Bunge habla sobre pseudociencias: psicología evolutiva y economía neoclásica.

Ver también sobre el primer tema (reduccionismo biológico): “Filosofía de la psicología”, de Mario Bunge (buscar tópico): http://books.google.com.ar/books/about/Filosof%C3%ADa_de_la_psicolog%C3%ADa.html?id=sl447JOXuAQC&redir_esc=y

Sobre el segundo tema (maximización de utilidades): MacGamesBBSFinal

 

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Batalla Marxista

Recomiendo aquí una página en la que pueden encontrarse contenidos de análisis político, social y económico, fruto de una larga militancia y reflexión de décadas, y que parten, fundamentalmente, de los principios del rigor científico y de la independencia de clase.

Tanto los puntos programáticos fundamentales como las posiciones más coyunturales, pueden encontrarse en el sitio, que considero un lugar muy útil para complementar el enfoque preferencialmente económico de este blog.

http://batallamarxista.weebly.com/

 

P.D: aprovecho a adelantar el tema de los siguientes artículos del blog, que serán sobre trabajo productivo, fuerza de trabajo, alienación y acaso algún apunte sobre sociobiología. Si hay alguna otra inquietud, se puede dejar en los comentarios a este post.

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