Cosificación

Hay algunos comercios diminutos, en que apenas cabe un escaparate y una persona que por asociación parece muy chiquita, sentada cerca de la vidriera y mirando hacia afuera, a través de las rejas. Esperando a alguien. Preguntándose quién va a parar a ver, o a entrar. Ojalá que entre, y le guste algo.
Una esperanza de reconocimiento para la cosa, porque en la venta se reconoce la utilidad de esa cosa y de su propietario. La no venta decreta la inutilidad de la persona. Es grande entonces la ansiedad.
Se ha dicho que la humanidad busca realizarse plenamente a través del reconocimiento del otro. Se desea el deseo del otro.
Triste entonces, poco humano y cuán alienante, es el paisaje del nicho desde el cual una persona ansía el reconocimiento hacia sus mercancías en oferta. Y ésas son las relaciones sociales que nos dominan.

En nuestra vida pública, se trata cada vez más del reconocimiento de la cosa. Nuestra vida pública es el mercado, y nuestras relaciones sociales son relaciones entre cosas. Incluso debemos vendernos a los empleadores como mercancías. No sorprende entonces que la cosificación invada también a la estima de las personas. Que su espejo y su medida esté hecho de cosas, cada vez en mayor grado. Se es, en tanto se tiene éxito en las relaciones con las cosas. En tanto se las puede acumular a gusto o descartar, y en tanto aquellas cosas que la persona ofrece a la sociedad son demandadas. Éxito se le llama. Estar bien parado como agente del mundo de las cosas, y relacionarse con pares que comanden por su cuenta muchas cosas. Ser así de un tipo de gente, no de la otra.
Con facilidad puede verse cómo estas determinaciones refuerzan la idea del otro como posesión, deformando las relaciones interpersonales. O el otro como más o como menos en una escala de humanidad: la estratificación se combina con el racismo.
Así, mientras las relaciones interpersonales se resienten, se busca refugio en la vida privada, en la familia, pero es ilusorio creer que hasta ese espacio no nos seguirá también el peso muerto de una sociedad cosificada.

Tal debe ser la vida dentro de la lógica del valor mercantil, todo se consume y se agota dentro del ciclo de la rueda que gira. La felicidad es servir a la rueda y desaparecer.

En las antípodas, casi en el reino de la ficción desde nuestra perspectiva, las sociedades primitivas regidas por la reciprocidad pueden desconocer el agradecimiento, que resulta ofensivo en tanto implica que se espera algo, aunque sea un gesto, a cambio de dar. Quien en ese contexto diera las gracias por algo, y explicara qué significa agradecer, infligiría una ofensa terrible, en tanto no considera como algo natural y ordinario que la otra persona done con liberalidad, que cumpla con su deber elemental.

 

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Acerca de Ezequiel

Marxista.
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