Naturaleza y valor

Naturaleza y valor

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“El fabricante paga el carbón, pero no la facultad del agua de modificar su estado de agregación, de transformarse en vapor, ni la elasticidad del vapor, etc”(Marx, cap. 38, T. 3, El Capital)

¿Qué parte tiene la naturaleza en la determinación del valor?

En este post vamos a responder a esta pregunta con la colaboración eminente de Diego Guerrero. Quienes hayan leído alguna de las entradas sobre la teoría del valor o hayan leído El Capital o alguna obra de divulgación, ya tendrán la respuesta más o menos clara. Pero recientemente me he encontrado con unas opiniones que no parten de una concepción clara de qué es una teoría del valor y que confunden lo que es una explicación científica de una sociedad, con las opiniones y deseos acerca de cómo debería ser esa sociedad.

Entre esos deseos se incluye el reclamo de que la teoría considere que una parte del valor de las mercancías está determinado por la naturaleza o por alguna clase de “costo” natural. Esto debería ser así porque es la postura políticamente correcta desde una perspectiva ecologista, aunque sea imposible demostrar cualquier incidencia real de la naturaleza en la determinación del valor de cambio real. Sé que esto suena muy extraño, pero no parece ser una idea lo suficientemente marginal como para pasarla por alto, puesto que en el texto de Guerrero que paso a presentar se critican posturas similares.

Empiezo por recordar que la naturaleza es indispensable para crear la riqueza social y material, entendida como “cosas” con que el hombre se procura su supervivencia y bienestar. Esto quiere decir que la naturaleza, junto con el trabajo concreto, es necesaria para crear los valores de uso.

Pero de esto no se puede inferir que la naturaleza (a la que tendríamos que cuantificar de alguna forma homogénea y socioeconómicamente relevante, si quisiéramos seguir la corriente de esta idea) puede determinar una cosa bien distinta al valor de uso, que es la relación a la que se intercambian las mercancías en el mercado, es decir, su valor de cambio (que es la forma social en que se presentan los valores de uso). No volveré a explicar qué es lo que determina la magnitud del valor de cambio, pero con leer completo el trabajo de Guerrero del que voy a extraer una parte, la cuestión se entiende perfectamente.

Veamos:

“(…) No me parece descabellado afirmar que se pueden encontrar en este autor reflexiones que se refieren, cuando menos, a cinco planos distintos de la realidad: 1) el universo; 2) la sociedad humana; 3) la sociedad de clases; 4) la sociedad mercantil; 5) la sociedad capitalista. Intentar un sencillo esquema para conectar los cinco planos entre sí, me parece que puede servir para consolidar y «completar» la teoría laboral del valor a la que se ha venido haciendo referencia desde el principio. Uno de los méritos principales de un esquema de este tipo puede residir en su sencillez y manejabilidad, porque para exponerlo de forma compleja y a la vez elegante no hay nada mejor que recurrir al propio Marx, auque en este caso habría que buscar los elementos de su exposición muy esparcidos por todo lo ancho de su extensa obra.

1 y 2. Los dos primeros de los cinco puntos señalados pueden exponerse conjuntamente. Si concebimos el universo como todo lo que hay, en primer lugar subdividimos este conjunto en dos subconjuntos disjuntos: la sociedad humana y el resto. Yo creo que esto equivale a lo que, de forma más elegante, podríamos llamar la adopción de un punto de vista antropológico (y antropológico no quiere decir antropocéntrico, salvo en el sentido circunstancial de que elegimos aquí voluntariamente a la sociedad humana como línea fronteriza para empezar a analizar el universo; eso se hace porque nuestro objetivo último en este caso es enlazar con una teoría del valor que tiene que ver con los humanos y su actividad; si estuviéramos interesados en alguna sociedad particular de insectos, podríamos adoptar un punto de vista entomológico, pero tampoco esto querría decir necesariamente entomocéntrico; más, sobre esto, en la interesante cita que se recoge en el Apéndice 3).

Es importante darse cuenta de una cosa. En el universo en su conjunto no tiene sentido hablar de excedente: nada entra y sale del universo; la cantidad de materia-energía que hay en él es constante, no se crea ni se destruye, sólo se transforma. Sin embargo, esto no impide definir un excedente en nuestro plano 2, no en el 1, precisamente porque situarnos en este segundo plano significa, por definición, elegir el tipo de energía más característico y fundamental para nuestro objeto de estudio: la energía humana, tanto en un sentido «potencial» (la fuerza de trabajo) como «cinético» (el trabajo efectivo). Si «aislamos» a la sociedad humana (la aislamos sólo en un sentido científico, para enfocar sobre su realidad con especial y primaria atención, tomando, por tanto, al resto del universo como su complemento), parece prudente centrarse en el conjunto de la actividad de esta específica sociedad animal que llamamos humana (como deberíamos hacer igualmente si eligiéramos otra especie animal para nuestro estudio). Si adoptamos un enfoque reproductivo, temporal, podemos decir que esta sociedad humana puede reproducirse a un nivel constante o a un nivel creciente, pero en ambos casos estará reproduciéndose, y esa actividad de producción y a la vez reproducción podemos llamarla con toda justicia el trabajo humano (o simplemente «el trabajo»). Por tanto, en el análisis de la sociedad humana y de su reproducción, vemos que el principio activo es la propia actividad de los miembros de la especie, su trabajo; y como dicha actividad tiene que empezar por garantizar los medios de su reproducción y reproducibilidad constantes (medios de consumo y medios de producción), diremos que la práctica o praxis humana consiste primariamente en trabajo.

¿Cómo podemos definir entonces un excedente en este contexto y condiciones? Pues sencillamente en términos del crecimiento o no de esta sociedad. Si la sociedad trabaja lo suficiente para mantenerse en un estado estacionario, todo el trabajo lo consideraremos en principio «necesario». Si trabaja más, y así hace posible el crecimiento de la propia especie, el plus que se obtiene en este caso, respecto a la situación anterior, nos permite hablar ya de plustrabajo.

3. Ahora bien. Lo anterior tiene que ser matizado si damos entrada a la posibilidad de una división de la sociedad en clases. En una sociedad de clases, no hace falta que haya crecimiento para demostrar la existencia de plustrabajo. En una situación así –que ha sido y es lo normal en la historia humana, por otra parte–, es posible que una parte de la sociedad se separe de la actividad típica de la propia especie y logre autoexcluirse del trabajo directo propio. En este caso, puede esta fracción social vivir a costa exclusivamente (o también parcialmente) del trabajo ajeno, por medio de cualquier fórmula práctica que le permita a ella la apropiación particular y efectiva del plustrabajo realizado por la fracción restante, mayoritaria, de la sociedad, que sí lleva a cabo entonces el trabajo social en su conjunto.

Por tanto, tenemos ahora una definición rigurosa del excedente: lo que obtiene la sociedad humana como resultado del trabajo que lleva a cabo por encima del mínimo necesario para reproducir a sus productores en un estado estacionario (ya sea financiando a una clase no trabajadora, ya financiando el crecimiento social global). Esta concepción concuerda con el materialismo de Marx, que, como recordará quien haya leído sus Tesis sobre Feuerbach (aunque dudo que lo recuerde quien sólo haya oído hablar de ellas), es tan crítico con el idealismo como con el materialismo vulgar o unilateralmente «objetivista». Lo que los economistas no saben, porque de estas cosas no suelen tener ni idea, es que esa rama de críticos de la teoría laboral del valor que quieren hacerse pasar por super-científicos materialistas y, por ello, evitan la referencia a la teoría laboral, y prefieren hablar en términos de excedentes físicos, en realidad están poniendo en bandeja su parecido con el objeto de la crítica de Marx en las Tesis sobre Feuerbach. Es decir, que estos materialistas romos no han comprendido que lo que necesitamos es un materialismo subjetivo para quitarles a los idealistas el monopolio de lo subjetivo, monopolio del que han disfrutado desde hace siglos precisamente porque el materialismo subdesarrollado anterior a Marx se quedaba sólo en el terreno de lo objetivo.

Si estos materialistas vulgares no fueran en realidad discípulos de los «socialistas de cátedra», en vez de ser discípulos de Marx –sin ellos saberlo, claro, y a pesar de lo mucho que corrieran delante de los grises en la época en que el marxismo estaba de moda–, podrían comprender lo que aquí se está diciendo. Y comprenderían además que no hay nada más físico y objetivo que el tiempo y su cantidad (incluido el tiempo de trabajo); nada más cuantificable que el trabajo humano real que se desarrolla en el tiempo humano real; nada más material que la reproducción que la sociedad humana tiene que empezar haciendo por medio del trabajo material de producción de las cosas que sirven para consumir y producir; y nada más hortera que olvidar que si las mercancías producen mercancías por medio de mercancías es porque la actividad práctica humana se ha convertido en la mercancía de todas las mercancías, es decir, en la mercancía que hace posible que la producción de mercancías por medio de mercancías la use el capital como simple medio para apropiarse del plustrabajo de los que estamos en el otro polo.” (subrayados míos)

Hasta aquí hemos visto cómo  el excedente (del cual el plusvalor es sólo su forma específicamente capitalista) no puede ser fruto de la naturaleza, ya que ésta simplemente se transforma respecto a sí misma. Sólo la sociedad puede crecer respecto a sí misma. También habíamos visto en otro post que la noción del valor como algo físico fallaba en comprender la adición de valor cualitativo mediante el trabajo complejo cuando el producto contiene la misma cantidad física de elementos (o menos) que la totalidad de los insumos. Otro fragmento:

“(…) Apéndice 2: Los precios de los bienes no producidos, según la teoría laboral del valor

En el esquema teórico de Marx, sólo tienen valor las cosas que se han producido con parte del esfuerzo humano. Lo que la sociedad humana se encuentra en la naturaleza que la rodea desde el momento mismo de su aparición sobre la tierra no tiene valor porque no ha sido producido por el trabajo humano. Por esa razón, los recursos naturales –todo lo que en la terminología clásica se llama la «tierra», a la que corresponde la «renta de la tierra», como categoría distributiva distinta de los salarios y los beneficios– pueden llegar a tener precio (valor de cambio), pero no tienen valor. Las razones de que esto sea así se explican brevemente más abajo. Digamos antes que, precisamente por la misma razón, las fuerzas naturales (la energía del viento, del sol, &c.) se usan por parte de los capitalistas de forma gratuita, ya que, de no haber sido apropiadas por alguien capaz de exigir una renta por su uso, están a la libre disposición del dueño de la fuerza de trabajo que está en condiciones de trabajar realmente en condiciones capitalistas (es decir, del patrón que la ha comprado y no de su poseedor natural).

Nos limitaremos aquí, puesto que no está publicado en español, a reproducir un apartado de Guerrero (2003) titulado: «La tierra y otros recursos no reproducibles», y que dice así:

«Por último, la cuestión de la ‘renta de la tierra’ requiere un tratamiento especial dentro de la teoría del valor, de la competencia y de la distribución (Bina, 1985). Los recursos productivos apropiados privadamente y sólo limitadamente reproducibles de forma industrial permiten a sus propietarios participar en la distribución del plusvalor generado por los trabajadores del sector productivo simplemente porque dichos propietarios están en condiciones de exigir a los capitalistas productivos una participación en el plusvalor total, tanto mayor cuanto mayor sea la presión de la demanda sobre la oferta rígidamente limitada de esos recursos. Marx (1894) escribió que ‘la circunstancia de que la renta capitalizada de la tierra se presente como precio o valor de la tierra, y que por ello la tierra se compre y se venda como cualquier otra mercancía, les sirve a algunos apologistas como justificación de la propiedad de la tierra, ya que el comprador ha pagado por ella –como por cualquier otra mercancía- un equivalente (…) Ese mismo justificativo serviría entonces para la esclavitud, ya que para el esclavista, que ha pagado los esclavos en efectivo, el producto de su trabajo sólo representa el interés del capital invertido en su compra’.
Marx critica a Ricardo (1817) por analizar exclusivamente la renta diferencial. Para él, en cambio, junto a aquélla existe también la ‘renta absoluta’. Ésta se la apropia cualquier terrateniente siempre que la demanda de la mercancía producida con la participación de esa tierra (o recurso de oferta limitada, en general) eleva su precio por encima de cero. La renta absoluta se debe a la simple existencia del ‘monopolio de la propiedad de la tierra’, y esta ‘barrera’ a la libre circulación del capital –que constituye, como se dijo, el caso general en la teoría de la competencia– ‘persiste inclusive allí donde la renta desaparece en cuanto renta diferencial’. Por el contrario, la ‘renta diferencial’ beneficia especialmente a los propietarios de las tierras (y recursos) que están en una situación relativa más ventajosa que la de sus compañeros terratenientes, ya sea porque son de mejor calidad (tierras más fértiles en el caso de la agricultura, mejor clima cuando se trata de tierras para uso turístico…); o más cercanas del lugar de transformación o venta del producto (ya se trate de un bien o de un servicio) en cuyo proceso de producción (agrario, industrial o terciario) interviene el recurso en cuestión; o de más fácil explotación (en el caso de las minas y yacimientos subterráneos o marinos, del suelo urbano…), &c. De esta forma, los propietarios de los mejores especímenes de cada uno de esos recursos (relativamente irreproducibles en condiciones técnicamente normales) hacen posible la producción a un coste global inferior al que se incluye en el precio normal y pueden apropiarse, así, de la diferencia.
Lo dicho en el párrafo anterior se aplica a la llamada ‘renta diferencial de tipo I’. Pero Marx también habla de una ‘renta diferencial de tipo II’, que se produce como consecuencia de una inversión adicional de capital en una misma superficie de tierra ya dada, manteniéndose constantes la productividad diferencial de dicha tierra respecto a las demás, así como el precio regulador de la mercancía que se produce con la participación de las citadas tierras.
Por consiguiente, en el caso de la tierra y demás recursos no reproducibles, son las condiciones de las unidades productivas menos eficientes las que regulan el precio de los productos en que entran como insumo dichos recursos, a diferencia de lo que ocurre con los ‘capitales reguladores’ de los sectores industriales normales. Así, en los sectores maduros, los capitales reguladores suelen coincidir con los que disfrutan de las condiciones técnicas medias del sector; mientras que en los sectores de tecnología más avanzada, y sobre todo que están en rápida evolución (o ‘revolución’: piénsese en la industria de ordenadores personales durante los 80 y 90, por ejemplo), son las unidades productivas más eficientes las que fijan los precios normales que regulan los precios efectivos.»” (subrayados míos)

Arriba vimos cómo los recursos naturales son empleados de forma gratuita por el capitalista cuando son lo suficientemente abundantes; la naturaleza no cobra alquiler ni ningún tipo de tarifa… Cuando los recursos son monopolizables, parte de la ganancia (la plusganancia) es apropiada por los dueños del recurso, en la forma de la renta cobrada por los terratenientes. Esto puede generar la ilusión, en aquellos economistas acostumbrados a seguir las apariencias, de que “la naturaleza” conlleva en sí misma, o cobra, un costo.

Apéndice 4: Sobre cómo definir el excedente social

Marx tenía un gran aprecio por algunos de los materialistas a los que había criticado. Pero quizás tuviera más aprecio que por ninguno por Ludwig Feuerbach, que no sólo fue un filósofo inteligente, sino un consecuente socialista, afiliado incluso, en los últimos años de su vida, al partido alemán de los «eisenachianos» (el Sozialdemokratische Arbeiterpartei; véase Draper 1985/86). Igualmente, debemos reconocer en el presente que muchos de quienes he llamado en el texto «materialistas toscos» son buenos materialistas, serios científicos e incluso bravos socialistas, nada de lo cual los exime necesariamente de estar equivocados. Puesto que no puedo mostrar aquí un ejemplo concreto de la polémica escrita que mi texto ha suscitado en un corresponsal que no autoriza a publicar su nombre ni sus palabras, sólo transcribiré las palabras que yo mismo escribí en respuesta directa a las suyas. Son éstas:

El autor (…) piensa que el «excedente físico» es un concepto inequívoco. Se equivoca. Explicaré por qué mediante un ejemplo en dos pasos:
Primer paso. Supongamos que una capa de pintura convenientemente aplicada o, mejor, una simple varita mágica, hace crecer el tamaño de una silla por el simple efecto de la voluntad de su poseedor. ¿Cómo mediríamos la magnitud del «excedente» generado en este crecimiento? Imposible de saber hasta que no especifiquemos la propiedad física particular que nos interesa, por razones teóricas y/o prácticas, y en la cuál basar la concreta realidad «excedentaria» a la que nos estamos refiriendo. La silla puede haberse duplicado de peso, podría haber crecido de volumen en un 250%, o de altura en un 180%, su composición estrictamente de madera puede haber aumentado en un 195%, y así sucesivamente… Con tiempo y ganas suficientes, podríamos generar una lista de distintas tasas de variación de diferentes cantidades físicas potencialmente relevantes con n elementos, donde n puede tomar un valor tan grande como pacientemente desee el lector.
Segundo paso. En la práctica, cuando pasamos del mundo de los cuentos infantiles y de las películas de dudoso gusto a la fea realidad del capitalismo, las cosas cambian. En esta realidad, un elemento de esos n elementos citados es particularmente importante. Y lo es porque, en la historia de la humanidad, resulta que el mecanismo de mercado capitalista funciona e impone unos precios que hay que sufrir, lo queramos o no. Son tan reales estos precios que no hay prácticamente nadie que no haya experimentado en carne viva sus dolorosísimos efectos. Pues bien, en esta triste realidad, a las sillas sólo se las puede hacer crecer por medio de trabajo humano, usando dicho trabajo humano dentro del contexto de la racionalidad social que corresponde a cada momento histórico. La capacidad productiva alcanzada en cada momento por la fuerza humana de trabajo varía continuamente, pero siempre consiste en esto: 1) trabajo directo presente; 2) la ayuda de los resultados de otro trabajo humano anterior (los medios de producción que la gente llama vulgarmente «capital»); 3) la ayuda de materias y fuerzas naturales que se apropian los humanos sin necesidad de trabajo.
Por esta razón, la teoría laboral del valor de Marx entronca con la línea de economistas que proviene de Petty y Ricardo. Porque Petty ya sabía que la riqueza tiene dos padres: hand and land; es decir, el trabajo y todos los medios, naturales o no, que usa éste en la producción. Pero desde David Ricardo la Economía sabe distinguir perfectamente entre valor y riqueza (véase Ricardo, 1817, Cap. 20). Ricardo ponía ejemplos textiles; hoy podemos añadir ejemplos informáticos; pero todo sigue siendo igual de claro que antes. Si el esfuerzo humano total para reproducir normalmente un ordenador medio –que encima es más potente, veloz, capaz, &c., de lo que era antes– disminuye en el tiempo, gracias al progreso técnico (humano), su valor disminuye aunque la riqueza que representa haya aumentado. El capítulo de Ricardo se llama precisamente: «Riqueza y valor: sus propiedades distintivas». Esta dualidad entre el valor de cambio (precio) y el valor (trabajo humano) la conocían muchos buenos economistas (véase, por ejemplo, Cournot, 1838, el gran precursor del marginalismo), pero Marx la comprendió mejor que nadie, precisamente porque estaba mejor situado que ninguno gracias a su preparación hegeliana no superada. Y la prolongó, como hemos visto, por medio de la dualidad entre el trabajo concreto y el trabajo abstracto, que algunos se permiten descalificar como simplemente «metafísica».
Pues bien, aunque muchos se empeñen en no reconocer que esto es así, el mercado computa (indirectamente) las cantidades físicas de trabajo humano total que requiere la sociedad capitalista para reproducir cada tipo de mercancía, y por eso los precios (relativos) de mercado no reflejan una relación de cambio física cualquiera (entre cada par de mercancías), sino precisa y exactamente la relación que entre ellas existe como consecuencia de ser ambas resultado de determinadas cantidades globales de trabajo humano (abstracto).
Supongamos, para acabar, que hacer aumentar la silla del ejemplo inicial en los porcentajes antes señalados de peso, volumen, &c., no sólo se considere algo socialmente útil (presupuesto necesario del valor y del valor del cambio, y razón por la cual Marx arranca su obra diciendo que la mercancía ya es en sí un valor de uso), sino que en concreto requiera hoy de la sociedad humana un 50% más de trabajo que la silla sin crecer. Pues bien, el mercado reflejará esto haciendo subir su precio en un 50%. Evidentemente, estamos hablando de una ley científica, no de un juego, y hay que aplicar todas las advertencias metódicas –que no es preciso recordar aquí ahora– que vienen al caso y deben practicar quienes se preocupan de esa forma específica de trabajo humano que es la actividad científica.” (subrayados míos)

Finalmente hemos visto las dificultades insuperables de medición del excedente en términos meramente físicos.

La fuente usada es el trabajo de Guerrero, llamado ¿Es posible demostrar la teoría laboral del valor?

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Acerca de Ezequiel

Marxista.
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