¡Las cosas que hay que ver! (feudalismo)

Campesinos trabajando

Campesinos convencidos de las bondades del sistema

¡Las cosas que hay que ver! habrá dicho algún cura en los tiempos del año 1000, más o menos… habrá dicho algo así, escandalizado ante las recurrentes revueltas de los campesinos contra los señores, revueltas que varias veces llegaron a ser casi revoluciones, pero que por límites histórico-económicos, no pudieron cambiar el régimen en el que vivían.

Revuelta campesina

Campesinos no convencidos aún

También ¡Uy Dió! habrá dicho otro, ante la inversa acción de los guerreros de brillantes armaduras, que previamente a esas revueltas se habían encargado de poner a esos campesinos bajo su dominio personal, llevando en sus brazos a la muerte como persuasión y al derecho de propiedad como legitimación*… un derecho de propiedad que sería defendido ante las revueltas, otra vez y durante toda la época feudal, apelando a la barbarie idealizada pero sobre todo, armada: la caballería acorazada fue la personificación más visible de la clase señorial y fue a su vez su instrumento de dominación más directo…

…más directo, decimos, porque cuando la espada de un jinete a la carrera cercena la cabeza de un súbdito, no hay acción que pueda rivalizar en efectismo, ni hay mensaje más claro: “acá alguien manda y alguien obedece, y el que manda es el que tiene los fierros”.

Pero si decimos que había un método más directo, es porque había otros. Por un lado, el señor feudal se arrogaba no sólo la propiedad jurídica de las tierras de sus campesinos, sino la administración/ejecución de la justicia sobre sus súbditos.

Por otro lado y de una importancia ideológica relativa (pues no sabemos hasta qué punto los campesinos se tragaban el cuento), estaba la concepción que del mundo tenía la Iglesia. La Iglesia católica había desarrollado la idea de un orden divino en el que tres clases de personas cumplirían tres funciones diferenciadas e igualmente necesarias: por un lado, el orden eclesiástico tendría la sagrada misión de mediar ante Dios, así que era natural que se juntaran enormes diezmos para mantener a esta gente…

Por otro lado, el orden de los guerreros se encargaría de defender al conjunto de la sociedad, así que los tributos que recaudaban eran indispensables para que se cumpliera esta función. Además para defender a la sociedad sería indispensable vivir en el lujo, por lo que los tributos debían ser lo suficientemente grandes como para hacer esto posible.

Y finalmente estaba la mayoría de la población, algo así como el 90%, que consistía en campesinos (los labradores) que estarían encargados de cumplir con la función menos importante, que es evidentemente la de trabajar y producir todo lo que consume la sociedad.

Hasta acá el modo en que la Iglesia justificaba para sí y para los demás, al orden feudal. Por supuesto que los señores feudales aceptaron con gusto esta “explicación” de las relaciones sociales, pero hay que aclarar que aunque los curas se ubicaban  a ellos mismos en la cima de la pirámide, en realidad eran los señores feudales quienes constituían la verdadera clase dominante en la Edad Media, pues eran ellos quienes extraían el tributo de los campesinos y quienes tenían el poder para hacerlo (a pesar de que la Iglesia recaudaba lo suyo y obtuvo cada vez más poder terrenal. De hecho su poder podría compararse al de los señores, sólo en la medida en que la Iglesia iba adquiriendo feudos y reproducía así la relación feudal fundamental en sus propios dominios).

Finalmente y para ir al centro del asunto, como en los posts anteriores, vamos a sintetizar de qué manera funcionaban las relaciones de producción: quiénes producían el excedente y quiénes se lo apropiaban y cómo.

Los campesinos eran la fuerza de trabajo, ellos producían todo el excedente agrario, ya fuera en las tierras que ellos poseían (posesión sin propiedad) o en las tierras directamente controladas por el señor. A estos campesinos no se les permitía moverse de sus tierras, de ahí su carácter de siervos (siervos de la gleba, denota una situación intermedia entre la esclavitud y la libertad).

El señor era propietario de una cantidad no muy grande de tierras y cobraba un tributo a los campesinos que vivían en ellas, ya fuera en especie (productos realizados por el trabajo campesino) o en trabajo directo, aplicado a las tierras que el señor controlaba directamente. Además de este poder de extracción, el señor tenía jurisdicción judicial sobre sus siervos.

Lo que es característico del modo de producción feudal es, entonces, una determinada forma de extracción del excedente. Y secundariamente, una fragmentación de la soberanía política en multitud de feudos, aunque esto se viera relativizado por las famosas relaciones de vasallaje que unían a cada señor con un vínculo de lealtad hacia un señor superior hasta llegar a la cima de la pirámide, el rey, que en realidad no tenía más poder real que muchos grandes señores.

Ligado a esta fragmentación política la extracción de excedente también queda fragmentada, pues se ven unidas la propiedad territorial con la soberanía territorial (a diferencia de la separación entre propietario y estado, propia del capitalismo): cada señor vive de sus propios campesinos.

¿Cómo se manifiesta esto en la geografía y en la relación campo-ciudad?

Como se desprende de lo anterior, esta era una economía eminentemente campesina en la que los siervos vivían en el campo, en aldeas, y los señores también vivían en el campo, en sus castillos, desde los que dominaban al campesinado y recolectaban sus tributos, y donde eran prácticamente autosuficientes, lo que limitaba la necesidad del comercio a los bienes suntuarios: lo que se producía estaba mayormente destinado al consumo inmediato, ya sea del productor o del señor.

Esto tiene implicancias novedosas para el rol de la ciudad, ya que los terratenientes no viven ya, como en la antigüedad clásica, en las ciudades, y por lo tanto las ciudades medievales podrán adquirir cierta autonomía (creciente) y el excedente agrario que mueve a la totalidad de la economía tendrá que pasar por la intermediación de los mercaderes, que de a poco irán consituyéndose en una clase dominante dentro de la ciudad.

Hay que enfatizar que el desarrollo urbano no puede separarse del modo de producción feudal como si fuera algo autónomo, sino que se desarrolló a partir de la principal fuente de excedente (el agrario) que era en parte canalizada por los señores feudales hacia el comercio de larga distancia, por sus “necesidades” de bienes de lujo. En la intermediación comercial necesaria para que circule el excedente agrario en un sentido, y los bienes de lujo en sentido inverso, se encuentra el comerciante, que tiene su base en ciudades, aunque al principio es itinerante.

Hay que advertir también que a pesar de las apariencias, los orígenes del capitalismo como sistema no estarán en las ciudades, que ya sin embargo conocieron la relación asalariada, sino que estarán en las primeras relaciones salariales que surgieron en el campo, que carecía de las trabas corporativas urbanas a la reinversión y a la valorización ilimitada del capital extraído del plustrabajo.

En el próximo post veremos cómo se desarrolló la transición del feudalismo al capitalismo, antes de ver el funcionamiento capitalista de un modo más abstracto.

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* La visión clásica del inicio de las relaciones feudales perpetúa esta imagen de la violencia como partera de los nuevos tiempos, pero es posible que sea más prudente el modificar esta perspectiva y considerar un período de larga duración en el que las relaciones de reciprocidad entre los señores locales y los campesinos (herencia germánica del don y contra-don) se iban convirtiendo en relaciones de subordinación, a medida que se desintegraban los restos de los reinos romano-germánicos y la primacía político-militar de los señores locales inclinaba la balanza a su favor. Por supuesto, en este escenario la violencia también juega un rol importante como garante del orden por un lado, como garante de la extracción compulsiva del excedente, por el otro, y por su protagonismo en la conquista de las aldeas que aún permanecían libres de toda sujeción vasallática.

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Acerca de Ezequiel

Marxista.
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