Cretinismo económico VI

Cretinismo económico VI: contra la idea de que el valor de las mercancías puede estar determinado por sustancias distintas a la cantidad de trabajo socialmente necesario para producirlas.

el economista

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Marx demuestra lógicamente que el valor de cambio de las mercancías está determinado por un valor subyacente, es decir que hay una proporción dada a la que cada mercancía se intercambia con las demás, y que esta proporción está determinada por los valores cuantitativos de todas las mercancías, comparados entre sí. Enseguida nos dice que sólo el trabajo humano abstracto puede ser el factor común que hace comparables a todas las mercancías, haciendo así posible el intercambio entre equivalentes (equivalentes cuantitativos, abstrayendo las características particulares). No voy a tratar de resumir su argumento que está suficientemente desarrollado en el Capítulo I y está al alcance de cualquiera. En cambio voy a poner énfasis en una característica necesaria de este valor: tiene que ser cuantificable.

Esto es lo que no comprendieron (o se hicieron los otarios) los críticos de Marx que trataron de rechazar la teoría objetiva del valor-trabajo, para fundar en su reemplazo una teoría subjetiva del valor, que se apoyaba en la utilidad (y luego en la utilidad marginal) como pretendido fundamento del valor. El problema de esto es que la utilidad que uno reciba de la adquisición de un bien o servicio es subjetiva, no cuantificable, y por lo tanto no puede ayudarnos en lo más mínimo a establecer cuál es la proporción a la que se intercambian las mercancías. Adicionalmente, una “teoría” como esta, no puede contrastarse con la realidad, con lo que resulta ser pura metafísica.

Así es que Bohm-Bawerk, un economista austríaco, rechazó al trabajo humano como determinante del valor, con el argumento de que había otros posibles denominadores comunes de las mercancías, que las hicieran intercambiables. Pues bien, esos otros denominadores comunes hipotéticos necesitan tener tres condiciones: aplicarse a todas las mercancías, justificarse desde una visión histórico-social de conjunto, y ser cuantificables.
Aquí nos remitimos sólo al último punto en relación a la pretensión de postular a la utilidad como fundamento del valor, y repetimos: la utilidad no es cuantificable.
Si uno no tiene muchas ganas de gastar saliva en una discusión circular con un austríaco o un neoclásico, puede simplemente remitirse a esta falencia fundamental, y dejar de perder el tiempo con estos sofistas de poca monta.

Los dejo con la clarísima explicación de Marx en el capítulo I de El Capital:

(…)
Una mercancía individual, por ejemplo un quarter de trigo, se intercambia por otros artículos en las proporciones más diversas. No obstante su valor de cambio se mantiene inalterado, ya sea que se exprese en x betún, y seda, z oro, etc. Debe, por tanto, poseer un contenido diferenciable de estos diversos modos de expresión.
Tomemos otras dos mercancías, por ejemplo el trigo y el hierro. Sea cual fuere su relación de cambio, ésta se podrá representar siempre por una ecuación en la que determinada cantidad de trigo se equipara a una cantidad cualquiera de hierro, por ejemplo: 1 quarter de trigo = a quintales de hierro. ¿Qué denota esta ecuación? Que existe algo común, de la misma magnitud, en dos cosas distintas, tanto en 1 quarter de trigo como en a quintales de hierro. Ambas, por consiguiente, son iguales a una tercera, que en sí y para sí no es ni la una ni la otra. Cada una de ellas, pues, en tanto es valor de cambio, tiene que ser reducible a esa tercera.
Un sencillo ejemplo geométrico nos ilustrará el punto. Para determinar y comparar la superficie de todos los polígonos se los descompone en triángulos. Se reduce el triángulo, a su vez, a una expresión totalmente distinta de su figura visible: el semiproducto de la base por la altura. De igual suerte, es preciso reducir los valores de cambio de las mercancías a algo que les sea común, con respecto a lo cual representen un más o un menos.
Ese algo común no puede ser una propiedad natural –geométrica, física, química o de otra índole– de las mercancías. Sus propiedades corpóreas entran en consideración, única y exclusivamente, en la medida en que ellas hacen útiles a las mercancías, en que las hacen ser, pues, valores de uso. Pero, por otra parte, salta a la vista que es precisamente la abstracción de sus valores de uso lo que caracteriza la relación de intercambio entre las mercancías. Dentro de tal relación, un valor de uso vale exactamente lo mismo que cualquier otro, siempre que esté presente en la proporción que corresponda. O, como dice el viejo Barbon: “Una clase de mercancías es tan buena como otra, si su valor de cambio es igual. No existe diferencia o distinción entre cosas de igual valor de cambio” [9]. En cuanto valores de uso, las mercancías son, ante todo, diferentes en cuanto a la cualidad; como valores de cambio sólo pueden diferir por su cantidad, y no contienen, por consiguiente, ni un solo átomo de valor de uso.
Ahora bien, si ponemos a un lado el valor de uso del cuerpo de las mercancías, únicamente les restará una propiedad: la de ser productos del trabajo. No obstante, también el producto del trabajo se nos ha transformado entre las manos. Si hacemos abstracción de su valor de uso, abstraemos también los componentes y formas corpóreas que hacen de él un valor de uso. Ese producto ya no es una mesa o casa o hilo o cualquier otra cosa útil. Todas sus propiedades sensibles se han esfumado. Ya tampoco es producto del trabajo del ebanista o del albañil o del hilandero o de cualquier otro trabajo productivo determinado. Con el carácter útil de los productos del trabajo se desvanece el carácter útil de los trabajos representados en ellos y, por ende, se desvanecen también las diversas formas concretas de esos trabajos; éstos dejan de distinguirse, reduciéndose en su totalidad a trabajo humano indiferenciado, a trabajo abstractamente humano.
Examinemos ahora el residuo de los productos del trabajo. Nada ha quedado de ellos salvo una misma objetividad espectral, una mera gelatina de trabajo humano indiferenciado, esto es, de gasto de fuerza de trabajo humana sin consideración a la forma en que se gastó la misma. Esas cosas tan sólo nos hacen presente que en su producción se empleó fuerza humana de trabajo, se acumuló trabajo humano. En cuanto cristalizaciones de esa sustancia social común a ellas, son valores.
En la relación misma de intercambio entre las mercancías, su valor de cambio se nos puso de manifiesto como algo por entero independiente de sus valores de uso. Si luego se hace efectivamente abstracción del valor de uso que tienen los productos del trabajo, se obtiene su valor, tal como acaba de determinarse. Ese algo común que se manifiesta en la relación de intercambio o en el valor de cambio de las mercancías es, pues, su valor. El desenvolvimiento de la investigación volverá a conducirnos al valor de cambio como modo de expresión o forma de manifestación necesaria del valor, al que por de pronto, sin embargo, se ha de considerar independientemente de esa forma.
Un valor de uso o un bien, por ende, sólo tiene valor porque en él está objetivado o materializado trabajo abstractamente humano. ¿Cómo medir, entonces, la magnitud de su valor? Por la cantidad de “sustancia generadora de valor” –por la cantidad de trabajo– contenida en ese valor de uso. La cantidad de trabajo misma se mide por su duración, y el tiempo de trabajo, a su vez, reconoce su patrón de medida en determinadas fracciones temporales, tales como hora, día, etcétera.
(…)

http://www.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital1/1.htm

Para ampliar el tema, veamos lo que dicen algunos ortodoxos. Simplemente expresan que “no entienden” porqué la sustancia común que determina el valor tiene que ser por fuerza cuantificable. Estos son los austríacos. Sus parientes neoclásicos pueden admitir que es necesario medir y cuantificar la utilidad, aunque no saben cómo podría hacerse eso (v.g. el manual de Samuelson).

Pues bien, expliquemos que los ortodoxos afirman que las preferencias subjetivas se pueden ordenar aunque no se puedan cuantificar… esto se puede ver claramente en un ejemplo que compare a solo dos mercancías, caso en el que el sujeto prefiere a una mercancía respecto a otra. Pero no sabemos cuánto la prefiere respecto a la otra, del mismo modo que no podemos medir cuánto más queremos a una persona respecto a otra…

Entonces cuando salimos del simplista ejemplo de solo dos mercancías (falacia de composición) para comparar en cambio a miles de mercancías, y se nos exige que tengamos una preferencia precisa por algunas combinaciones de mercancías respecto a otras… resulta que es imposible hacer la comparación a menos que cada mercancía tenga asignado un número específico que se pueda sumar a los de las otras mercancías de un grupo para compararlas con el otro grupo.

Como vemos, cada mercancía debería tener asignada una magnitud para que la teoría utilitarista fuese válida. Pero tal cosa es imposible. Es imposible no solamente porque no se puede medir de ninguna manera… sino porque eso no sucede en la mente humana respecto a valoraciones subjetivas. Esto queda claro con el ejemplo de a quién uno aprecia más, o cualquier caso por el estilo.

Por lo tanto, el ordenamiento de la utilidad no es posible, luego la utilidad no puede determinar el valor.

Los ortodoxos que admiten que no pueden medir el ordenamiento de las preferencias, sin embargo olvidan que tal ordenamiento, además de inmedible, es teóricamente imposible… y por lo tanto caen en la posición de simplemente afirmar (enfatizo: afirmar, sin sustento racional, opinar) que la utilidad marginal existe en algún lugar de la mente (hasta apelan a un subconsciente que hace cuentas) y que las preferencias se expresan en las elecciones fácticas que hacen los agentes al decidir comprar algunas cosas y no otras… como se ve, aquí no hay una relación de determinación, y se renuncia a toda causalidad y a toda explicación científica. La utilidad marginal se convierte en una cuestión de fe, y hay que aceptar sin demostración de por medio, que es la utilidad marginal la que determina las elecciones.

La utilidad marginal que pretendía explicar los precios termina siendo “explicada”… por los precios (ver el manual de Samuelson, que resume este problema en una pequeña nota al pie, para que los alumnos no le presten mucha atención).

En este tema sigo a Astarita en “Valor…”, Cap. 1.

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Acerca de Ezequiel

Marxista.
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6 respuestas a Cretinismo económico VI

  1. Pingback: Burradas de un profesor | Divulgación Marxista

  2. Quiri dijo:

    Bonito texto, aunque lo cierto es que es la aplicación particular (al campo de la economía) de un conjunto de conceptos que para cualquier científico son realmente básicos, como que para operar con observables cuantificables (llamados magnitudes) hay que tener primero observables cuantificables. La utilidad (como cualquier sentimiento) no es una magnitud, no se puede medir la utilidad (y menos se puede operar con ella de las formas en que dice la TMV).

  3. Chocolat dijo:

    Viendo como fluctúan los precios del petroleo, según dicen por los vaivenes de la oferta y demanda, ¿ entran dentro de los supuestos que explica la TVL? O su precio es más una cuestión política de monopolios, carteles, estrategias para hundir a la competencia, etc?Gracias

    • Ezequiel dijo:

      En general, no doy crédito a la idea Hobson-Lenin de los precios de monopolio. En este caso, tampoco parece tratarse de eso. La suba y baja del precio parece más bien conectada al crecimiento y eecrecimiento de la economía mundial. Cuando sube la demanda, hay que poner en actividad pozos menos eficientes, con costos de producción más altos, y esto hace subir el precio. Cuando baja la demanda, los pozos menos eficientes dejan de producir, y los que fijan los precios de producción son los que tienen menores costos. Esto es también lo que ocurre con los productos primarios en general, como parte del fenómeno de la renta. Finalmente, las guerras de precios pueden actuar sobre estas tendencias, exacerbando temporalmente las fluctuaciones. Pero son guerras de precios entre empresas, no entre monopolios. El sólo hecho de que haya competencia, excluye el concepto de monopolio. Recomiendo estudiar el tema de la renta en Marx y en Astarita, y lo siguiente sobre la coyuntura de los precios del petróleo: https://rolandoastarita.wordpress.com/2015/12/27/precios-contrarrevolucionarios/

  4. Chocolat dijo:

    Qué buena respuesta. Por cierto ¿ Vas a continuar la crítica al artículo del impresentable ese? Saludos.

    • Ezequiel dijo:

      Sí, pero estoy con varios temas a la vez. Justamente estoy haciendo un resumen del debate entre Astarita y JI Carrera, respecto a la renta, y por ahora es mi prioridad. Saludos.

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