Anexo sobre renta: J. I. Carrera textual 2017

Amplío aquí la respuesta a quienes niegan que J. I. Carrera entiende al valor en términos físicos, y esta vez cito pasajes de su último libro sobre renta, mayormente del capítulo 5.
Veremos que JIC se centra en “la materialidad del trabajo realmente gastado por la sociedad” y que intentará igualar al trabajo material total de la sociedad con el valor total, identidad con la que de hecho niega la posibilidad del trabajo potenciado (salvo como mera apariencia):


Consideremos la misma situación desde el punto de vista de la materialidad del trabajo gastado realmente por la sociedad. Desde este punto de vista, no hay de dónde sacar más riqueza social que aquella en la que se ha materializado el trabajo realmente gastado. Materialmente, el trabajo de productividad superior a la normal no cuenta por más de lo que es la magnitud de su propia materialidad. El que puso en acción la productividad superior a la normal se ha llevado, en el cambio, el producto de una cantidad material de trabajo abstracto mayor a la que efectivamente gastó al producir para los demás. A la inversa, éstos han gastado una cantidad material de trabajo abstracto superior a la encerrada en el producto que recibieron del primero. Lo que uno materialmente recibió de más. es lo que los otros materialmente recibieron de menos. Al organizarse el trabajo social de manera privada, los beneficios o los perjuicios ocasionados por los desvíos respecto de la norma social no recaen sobre el conjunto de la sociedad, sino de manera privada sobre quienes incurren en ellos.” (p 88, resaltado nuestro, aquí y en lo sucesivo)

“De modo que en ausencia de toda regulación directa, el precio comercial de la mercancía en cuestión, y no su valor social – ya que a éste lo sigue teniendo como una multiplicad de valores cuantitativamente distintos y no como un cuanto único – se va a regir por la normalidad de esta cantidad de trabajo. Lo cual implica que quienes han trabajado bajo condiciones naturales más favorables, van a recibir para su beneficio privado, bajo la apariencia de un contenido de valor, el producto de una cantidad de trabajo social mayor a la que ellos han materializado en el producto que aportan al consumo social. A la inversa, el resto de la sociedad va a tener que sacrificar ese trabajo social, que gastó, pero cuyo equivalente no va a poder consumir. Es la forma de privado con que se efectúa el trabajo social la que impone esta situación:


“Es la determinación por el valor comercial, tal como se impone a base del régimen capitalista de producción por medio de la competencia , que crea un falso valor social. Esto es obra de la ley del valor comercial, al que están sometidos los productos agrícolas. La determinación del valor comercial de los productos, entre los que figuran también , por tanto, los productos agrícolas, es un acto social, aunque se opere socialmente de un modo inconsciente y no intencional, acto que se basa necesariamente en el valor de cambio del producto, no en la tierra y en la diferencia de fertilidad de ésta. Si nos imaginamos la sociedad despojada de su forma capitalista y organizada como una asociación consciente y sujeta a un plan (…) (e)sta sociedad no compraría , por tanto , ese producto agrícola por dos y media veces más de trabajo real del que en él se encierra (…). La identidad del precio comercial tratándose de mercancías de la misma clase es el modo como se impone el carácter social del valor a base del régimen capitalista de producción y, en general, de la producción basada en el cambio de mercancías entre individuos
.”” (pp 90-91)

“El aumento de la productividad del trabajo que pone en acción el capital individual que incorporó la innovación técnica, lleva al valor individual de su mercancía por debajo del valor social. Como las mercancías se venden a éste, la diferencia entre ambos valores constituye una plusvalía extraordinaria que apropia el capitalista innovador. Pero, con la jornada de trabajo dada, la mayor productividad resulta en una mayor masa de mercancías lanzada a la circulación por el capitalista innovador, lo cual, a su vez, se refleja en la multiplicación de la masa total producida por la rama. Esta masa ampliada requiere de una necesidad social solvente correspondientemente ampliada que la absorba. Y esta ampliación de la necesidad social solvente tiene por condición la disminución del precio de venta. En consecuencia, la plusvalía extraordinaria no surge simplemente de vender al valor social vigente, superior al individual; surge de vender por debajo de ese valor social, a condición de hacerlo por encima del valor” (p91)


En este último pasaje y en las páginas que le siguen, JIC desarrolla un ejemplo hipotético en el que la plusvalía extraordinaria apropiada por una empresa se ve matemáticamente compensada por plusvalía perdida por otra, dados ciertos supuestos heroicos.
Con el equilibrio matemático se nos quiere persuadir de que estamos ante una ley férrea, inatacable, que no requiere mayor demostración.
Sin embargo, en cuanto se cambian aquellos supuestos por otros (ver aquí), el ejemplo se anula y pierde toda su fuerza persuasiva, con lo que se impone enfrentar la cuestión con algo más que impresionismo: necesitamos una demostración. Se necesita una explicación teórica de por qué y cómo y en qué forma social el tiempo de trabajo se coagularía en valor antes de su realización mercantil, coagulación previa que sería el requisito indispensable para que la materialidad del trabajo sobre la que insiste JIC pueda viajar portando el índice exacto de su magnitud, y de ese modo, si no resulta reconocido en su totalidad en el cambio, esa diferencia con existencia propia contante y sonante pueda ser transferida de algún modo, distribuida dentro de la rama o hacia otras ramas, desde las unidades menos productivas a las más productivas.
Como JIC no cobra conciencia o no puede admitir lo insuficiente de su ejemplo como sustituto de una explicación, esa instancia de coagulación social que debería explicar NO EXISTE EN SU OBRA.
Y en este estado de argumentación pre-teórico se llega entonces a afirmar que en efecto, el valor total en la sociedad es igual a la cantidad total de trabajo material:



“Tenemos que, mientras el capital que incorporó la innovación logra que se le reconozca como socialmente necesaria una cantidad de trabajo abstracto mayor a la efectivamente materializada en su mercancía, los restantes capitalistas de su rama se encuentran en la situación inversa. Veamos en qué proporción la plusvalía extraordinaria del primero se corresponde con la pérdida de plusvalía de los segundos. Tomemos un ejemplo numérico simple.” (p 93)
Nuevamente, lo que ganan unos como plusvalía extraordinaria es lo que pierden otros por no poder realizar integramente la plusvalía que han extraído a sus obreros.” (p 95)
“También aquí, lo que unos capitales apropian como plusvalía extraordinaria -sea por haber incorporado una productividad del trabajo superior a la normal en su rama, sea por encontrarse en otras ramas con una demanda multiplicada por sus mercancías gracias al abaratamiento originado por dicha incorporación en la rama ajena – es la plusvalía que otros capitales han extraído a sus obreros pero que el surgimiento de la innovación les impide realizar.” (p 96)


Por si quedaban dudas:


“Recapitulemos. El hecho de poner en acción una productividad del trabajo superior a la que determina el valor social de su mercancía no le da al capital innovador la capacidad para extraer de sus obreros más trabajo abstracto excedente, más plustrabajo abstracto. Dada la duración de la jornada de trabajo, la única diferencia desde el punto de vista material reside en que la misma masa de trabajo abstracto se ha distribuido en una masa mayor de unidades del valor de uso en cuestión. Pero la relación social que rige la puesta en marcha privada de esta misma porción del trabajo social se encuentra materializada en esa mayor masa de unidades producidas. Y aquí el trabajo abstracto no cuenta simplemente por su materialidad sino por su determinación como socialmente necesario en el sentido de su normalidad. La cantidad de trabajo abstracto efectivamente materializado en cada unidad, que gracias a la mayor productividad es menor que la normal, se manifiesta, entonces, representada como una magnitud de valor que corresponde a una mayor cantidad de trabajo abstracto socialmente necesario. Bajo la forma del valor social ubicado por encima del individual, el capitalista innovador aparece detentando un título sobre el producto del gasto material de trabajo social mayor al que efectivamente le ha hecho gastar a sus obreros de manera privada e independiente. Su capital no ha aportado trabajo abstracto adicional a la producción social, pero participa en el establecimiento indirecto de la unidad entre la producción y el consumo sociales como si lo hubiera hecho. La productividad de sus obreros por encima de la normal le da la potestad de participar en una mayor proporción del producto del plustrabajo rendido materialmente, no por esos mismos obreros, sino por los obreros que trabajan para otros capitalistas.” (pp 96-97)


Con lo que se puede insistir en que la renta sólo puede ser una transferencia de valor:


“En el punto respectivo hemos desarrollado cómo la renta diferencial surge en el proceso de circulación, en razón de que la satisfacción de la necesidad social solvente impone como precio comercial normal al precio de producción correspondiente a la porción de capital agrario que -dados los condicionamientos naturales diferenciales no controlables – pone en acción la menor productividad del trabajo compatible con dicha satisfacción. Este hecho es ajeno al proceso de producción mismo, y como tal no tiene modo de alterar la masa de plusvalía producida por los obreros agrarios que trabajan sobre condicionamientos naturales más favorables” (p175)

Bibliografía

Carrera, Juan Iñigo (2017): “La renta de la tierra. Formas, fuentes y apropiación” Imago Mundi 1era edición

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Cosificación

Hay algunos comercios diminutos, en que apenas cabe un escaparate y una persona que por asociación parece muy chiquita, sentada cerca de la vidriera y mirando hacia afuera, a través de las rejas. Esperando a alguien. Preguntándose quién va a parar a ver, o a entrar. Ojalá que entre, y le guste algo.
Una esperanza de reconocimiento para la cosa, porque en la venta se reconoce la utilidad de esa cosa y de su propietario. La no venta decreta la inutilidad de la persona. Es grande entonces la ansiedad.
Se ha dicho que la humanidad busca realizarse plenamente a través del reconocimiento del otro. Se desea el deseo del otro.
Triste entonces, poco humano y cuán alienante, es el paisaje del nicho desde el cual una persona ansía el reconocimiento hacia sus mercancías en oferta. Y ésas son las relaciones sociales que nos dominan.

En nuestra vida pública, se trata cada vez más del reconocimiento de la cosa. Nuestra vida pública es el mercado, y nuestras relaciones sociales son relaciones entre cosas. Incluso debemos vendernos a los empleadores como mercancías. No sorprende entonces que la cosificación invada también a la estima de las personas. Que su espejo y su medida esté hecho de cosas, cada vez en mayor grado. Se es, en tanto se tiene éxito en las relaciones con las cosas. En tanto se las puede acumular a gusto o descartar, y en tanto aquellas cosas que la persona ofrece a la sociedad son demandadas. Éxito se le llama. Estar bien parado como agente del mundo de las cosas, y relacionarse con pares que comanden por su cuenta muchas cosas. Ser así de un tipo de gente, no de la otra.
Con facilidad puede verse cómo estas determinaciones refuerzan la idea del otro como posesión, deformando las relaciones interpersonales. O el otro como más o como menos en una escala de humanidad: la estratificación se combina con el racismo.
Así, mientras las relaciones interpersonales se resienten, se busca refugio en la vida privada, en la familia, pero es ilusorio creer que hasta ese espacio no nos seguirá también el peso muerto de una sociedad cosificada.

Tal debe ser la vida dentro de la lógica del valor mercantil, todo se consume y se agota dentro del ciclo de la rueda que gira. La felicidad es servir a la rueda y desaparecer.

En las antípodas, casi en el reino de la ficción desde nuestra perspectiva, las sociedades primitivas regidas por la reciprocidad pueden desconocer el agradecimiento, que resulta ofensivo en tanto implica que se espera algo, aunque sea un gesto, a cambio de dar. Quien en ese contexto diera las gracias por algo, y explicara qué significa agradecer, infligiría una ofensa terrible, en tanto no considera como algo natural y ordinario que la otra persona done con liberalidad, que cumpla con su deber elemental.

 

Relacionado: Fetichismo de la mercancía

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Anexo sobre renta: Marx textual

En este anexo al artículo sobre renta, expongo con alguna extensión los argumentos textuales del mismo Marx.

Primero veamos cómo se titula el capítulo 37: “CONVERSIÓN DE LA SUPERGANANCIA EN RENTA DEL SUELO” (p484) A partir de esto deberíamos saber dónde se ubica el problema.

Luego, en el sentido de ubicar el carácter sistémico del problema:
“Por si solo, el poder jurídico que permite a estas personas usar y abusar de ciertas porciones del planeta no resuelve nada. El empleo de este poder depende totalmente de condiciones económicas independientes de su voluntad.” (p384)

Y en el mismo sentido debate Marx contra los teóricos que ven sólo la excepcionalidad del fenómeno de la renta:

“Esto es lo que caracteriza su posición, y no el hecho de que el valor de los productos agrícolas, y por tanto, el de la tierra aumente constantemente a medida que se extiende el mercado para estos productos, a medida que crece la demanda y, con ella el mundo de las mercancías que se enfrentan con los productos de la tierra, o, dicho en otras palabras, la masa de los productores de mercancías y de la producción de mercancías no agrícolas. Pero como esto ocurre sin intervención suya, parece como si fuese algo especifico de él el que la masa de valor, la masa de plusvalía y la transformación de una parte de esta plusvalía en renta del suelo dependa del desarrollo de la producción de mercancías en general. Así se explica que Dove, por ejemplo, pretenda derivar de aquí la categoría de la renta. Según él, la renta del suelo no depende de la masa del producto agrícola, sino de su valor, el cual, a su vez, depende de la masa y de la productividad de la población no agrícola. Pero lo mismo puede decirse de cualquier otro producto, que sólo se desarrolla como mercancía a la par que la masa, de un lado, y de otro a la par que la variedad de toda otra serie de mercancías que constituyen sus equivalentes” (p394)

La particularidad dentro de la generalidad:

“Lo característico de la renta del suelo es que bajo las condiciones en que los productos agrícolas se desarrollan como valores (como mercancías) y bajo las condiciones de la realización de sus valores, se desarrolla también la capacidad de la propiedad territorial para apropiarse una parte cada vez mayor de estos valores creados sin intervención suya, convirtiéndose así en renta del suelo una parte cada vez mayor de la plusvalía.” (p395)

En el mismo sentido:

“…partiremos, por consiguiente, del supuesto de que los productos agrícolas o mineros se venden, como todas las demás mercancías, por sus precios de producción. Es decir, de que sus precios de venta son iguales a sus elementos de costo (al valor del capital constante y variable consumido para producirlos) más una ganancia, determinada por la cuota general de ganancia, calculando ésta a base del capital total empleado, el consumido y el no consumido. Partimos, pues, de la hipótesis de que los precios medios de venta de estos productos son iguales a sus precios de producción.
Cabe, entonces, preguntarse cómo, partiendo de este supuesto, puede desarrollarse una renta del suelo, o, lo que es lo mismo, cómo puede convertirse en renta del suelo una parte de la ganancia y, por tanto, ir a parar a las manos del terrateniente una parte del precio de la mercancía.
Supongamos, para señalar el carácter general de esta forma de la renta del suelo, que las fábricas del país de que se trate se hallan movidas en su inmensa mayoría por máquinas de vapor y una minoría determinada de ellas por saltos naturales de agua. Sentemos el supuesto de que el precio de producción en las ramas industriales de la primera clase sea 115 para una masa de mercancías que absorben un capital de 100.
El 15 % de ganancia no se calcula solamente sobre el capital consumido de 100, sino sobre el capital total invertido en la producción de este valor–mercancías. Este precio de producción no se determina, como hemos dicho más arriba, por el precio de costo individual de cada industrial que produce por separado, sino por el precio de costo medio de la mercancía bajo las condiciones medías del capital en la rama de producción en su conjunto. Trátase, en realidad, del precio de producción del mercado, del precio medio comercial, independientemente de sus fluctuaciones. La naturaleza del valor de las mercancías se revela, en efecto, bajo la forma del precio comercial y, más aún, bajo la forma del precio comercial regulador o precio comercial de producción; en el hecho de que se determina, no por el tiempo de trabajo individualmente necesario para la producción de una determinada cantidad de mercancías o de una mercancía concreta, para un determinado productor individual, sino por el tiempo de trabajo socialmente necesario, es decir, por el tiempo de trabajo necesario para crear, bajo el promedio dado de las condiciones sociales de producción, el total socialmente necesario de las distintas clases de mercancías que figuran en el mercado.
(…) Aquí, se revelan inmediatamente dos cosas:

Primera: La ganancia extraordinaria de los productores que emplean los saltos de agua como fuerza motriz se halla en el mismo plano de toda la ganancia extraordinaria (categoría analizada ya por nosotros al exponer los precios de producción) que no es resultado fortuito de transacciones en el proceso de circulación, de fluctuaciones fortuitas de los precios comerciales. Esta ganancia extraordinaria equivale también, por tanto, a la diferencia entre el precio de producción individual de estos productores favorecidos y el precio general de producción de la sociedad…” (p398)

Clave del fenómeno, la ganancia extraordinaria:

“En primer lugar, a una fuerza natural, a la fuerza motriz del salto de agua, fuerza creada por la naturaleza y que no es, como el carbón que convierte el agua en vapor, producto a su vez del trabajo, producto que tiene, por tanto, un valor y que debe ser pagado con un equivalente. Es un agente natural de la producción en cuya creación no entra trabajo alguno.
Pero no es esto todo. El fabricante que emplea máquinas de vapor aplica también fuerzas naturales que no le cuestan nada, pero que hacen el trabajo más productivo y que, en la medida en que abaratan con ello la producción de los medios de subsistencia necesarios para los obreros, aumentan la plusvalía y, por tanto, la ganancia; fuerzas que, por consiguiente, son monopolizadas por el capital exactamente lo mismo que las fuerzas sociales naturales del trabajo que se derivan de la cooperación, de la división del trabajo, etc. El fabricante paga el carbón, pero no la propiedad que tiene el agua de desintegrarse para convertirse en vapor, la elasticidad del vapor, etc. Esta monopolización de las fuerzas naturales, es decir, de la potenciación de la fuerza de trabajo lograda por ellas, es común a todo capital que opera con máquinas de vapor. Puede aumentar la parte del producto del trabajo que representa plusvalía en comparación con la parte que se convierte en salario. En la medida en que lo hace, eleva la cuota general de ganancia, pero no crea una ganancia extraordinaria, la cual consiste precisamente en el excedente de la ganancia individual sobre la ganancia media. Por consiguiente, el hecho de que el empleo de una fuerza natural, la fuerza hidráulica, cree aquí una ganancia extraordinaria no puede responder, por tanto, exclusivamente a la circunstancia de que la capacidad productiva acrecentada del trabajo obedezca en este caso al empleo de una fuerza natural. Tienen que intervenir necesariamente otras circunstancias modificativas.” (p399)

“La competencia entre los capitales tiende, por el contrarío, a ir borrando cada vez más estas diferencias; la determinación del valor por el tiempo de trabajo socialmente necesario se impone en el abaratamiento de las mercancías y en la obligación de producirías en condiciones igualmente favorables. Pero no ocurre lo mismo con la ganancia extraordinaria del fabricante que emplea como fuerza motriz la fuerza hidráulica. La mayor capacidad productiva del trabajo empleado por él no nace ni del capital ni del trabajo mismos ni del simple empleo de una fuerza natural distinta del capital y del trabajo, aunque incorporada al primero. Nace de la mayor capacidad natural productiva del trabajo, unida al empleo de una fuerza natural, pero no de una fuerza natural que se halle a disposición de todos los capitales invertidos en la misma rama de producción, como ocurre, por ejemplo, con la elasticidad del vapor y cuyo empleo no es, por tanto, algo que va lógicamente unido a la inversión de capital en esta rama determinada. Trátase, por el contrarío, de una fuerza natural monopolizable que, como los saltos de agua, sólo se halle a disposición de quienes pueden disponer de determinadas porciones del planeta y de sus pertenencias.

(…) Por consiguiente, la ganancia extraordinaria obtenida por el empleo de un salto de agua no nace del capital, sino de la utilización por éste de una fuerza natural monopolizable y monopolizada. En estas condiciones, la ganancia extraordinaria se convierte en una renta del suelo, es decir, corresponde al propietario del salto de agua.” (p400)

“Primero: Es evidente que esta renta constituye siempre una renta diferencial, pues no entra como factor determinante en el precio general de la mercancía sino que lo presupone.

(…)

Tercero: La fuerza natural no es la fuente de la ganancia extraordinaria, sino simplemente la base natural de ella, por ser la base natural de una productividad excepcionalmente alta del trabajo. Del mismo modo que el valor de uso es siempre exponente del valor de cambio, pero no su causa. El mismo valor de uso, si pudiese crearse sin necesidad de trabajo, carecería de todo valor de cambio, aunque seguiría prestando siempre la misma utilidad natural como valor de uso. Pero, por otra parte, ninguna cosa tiene un valor de cambio sin ser un valor de uso, sin ser, por tanto, un exponente natural del trabajo. Si los diversos valores no se nivelasen para formar precios de producción y los diversos precios individuales de producción para formar un precio de producción general, regulador del mercado, el simple aumento de la capacidad productiva del trabajo mediante el empleo de saltos de agua sólo serviría para rebajar el precio de las mercancías producidas por esta fuerza motriz, sin elevar la parte de ganancia que en ellas se contiene, exactamente lo mismo que, por otra parte, esta productividad acrecentada del trabajo no se convertiría nunca en plusvalía sí el capital no se apropiase la capacidad productiva, natural y social, del trabajo empleado por él, como si fuese un atributo suyo.

Cuarto: La propiedad del terrateniente sobre el salto de agua no tiene de por sí nada que ver con la creación de la parte de la plusvalía (ganancia), y por tanto del precio de la mercancía en general, que se produce con ayuda de la fuerza hidráulica. Esta ganancia extraordinaria existiría aunque no existiese la propiedad privada sobre el suelo, aunque, por ejemplo, los terrenos en que se halla enclavado el salto de agua fuesen utilizados por el fabricante como terrenos sin dueño. Por consiguiente, la propiedad territorial no crea la parte de valor que se convierte en ganancia extraordinaria, sino que se limita a permitir que el terrateniente, propietario del salto de agua, haga pasar esta ganancia extraordinaria del bolsillo del terrateniente al suyo propio. No es la causa de que esta ganancia extraordinaria se produzca, sino de que adopte la forma de la renta del suelo y, por tanto, de que esta parte de la ganancia o del precio de la mercancía sea apropiado por el terrateniente, propietario del salto de agua.” (p 400)

Como veíamos en el artículo original, la parte marcada arriba en negrita explica que el fenómeno de la ganancia extraordinaria devenida en renta, existe debido a la naturaleza propia de los mecanismos capitalistas de formación de precios, por lo tanto lo fundamental de su existencia es debida a la totalidad del sistema, más que a su particularidad. Ninguna mercancía puede escapar a los mecanismos de formación de precios de este sistema, que hacen posible la existencia de la ganancia extraordinaria en todas las ramas. Sólo en ese sentido la cita que sigue puede tener un significado coherente, sólo puede interpretarse al “falso valor social” como una expresión que remite a que la diferencia entre el esfuerzo social y el “valor comercial” no existiría sin aquellos mecanismos y por lo tanto fuera de este sistema. Por el contrario, la interpretación  del “falso valor social” como algo exclusivo del agro es inentendible desde la línea explicativa de El Capital.

“Es la determinación por el valor comercial, tal como se impone a base del régimen capitalista de producción por medio de la competencia, que crea un falso valor social. Esto es obra de la ley del valor comercial, al que están sometidos los productos agrícolas. La determinación del valor comercial de los productos, entre los que figuran también, por tanto, los productos agrícolas, es un acto social, aunque se opere socialmente de un modo inconsciente y no intencional, acto que se basa necesariamente en el valor de cambio del producto, no en la tierra y en la diferencia de fertilidad de ésta. Si nos imaginamos la sociedad despojada de su forma capitalista y organizada como una asociación consciente y sujeta a un plan, los 10 quarters de trigo representarán una cantidad de tiempo de trabajo independiente igual a la que se contiene en los 240 chelines. Esta sociedad no compraría, por tanto, ese producto agrícola por dos y media veces más de trabajo real del que en él se encierra; con ello desaparecería, pues, la base sobre la que se sustenta una clase de terratenientes. Seria exactamente lo mismo que si el producto se abaratase en la misma cuantía por la importación de grano extranjero. Por consiguiente, todo lo que tiene de exacto la afirmación de que –manteniendo el régimen actual de producción, pero suponiendo que la renta diferencial se asignase al Estado– los precios de los productos agrícolas seguirían siendo los mismos, en igualdad de circunstancias, lo tiene de falso la tesis de que el valor de los productos no variaría si se sustituyese la sociedad capitalista por un régimen de asociación. La identidad del precio comercial tratándose de mercancías de la misma clase es el modo como se impone el carácter social del valor a base del régimen capitalista de producción y, en general, de la producción basada en el cambio de mercancías entre individuos. Lo que la sociedad, considerada como consumidor, paga de más por los productos agrícolas, lo que representa una diferencia de menos en la realización de su tiempo de trabajo en productos de la tierra, representa ahora una diferencia de más para una parte de la sociedad: los terratenientes.” (p. 408)

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Anexo sobre renta

Un tiempo después de publicar este artículo sobre la teoría de la renta, me decía alguien que J. I. Carrera no parte de una visión fisicalista del valor para armar su teoría de la renta. Así que releí el texto (“Renta agraria, ganancia del capital y tipo de cambio: respuesta a Astarita”), y tengo que reafirmar mi opinión inicial.

Resumo la cuestión, y muestro algunas citas:

JIC trata de argumentar en favor de una teoría de la renta concebida desde la idea del sobreprecio por encima de un “valor-como-debería-ser”, en lugar que desde una forma de funcionamiento de la teoría del valor.
Dice que en el precio se está pagando un falso valor social, por la particularidad del agro de ver establecido el precio según los costos de la tierra peor, en lugar de por algún promedio o por la productividad dominante, como ocurre en otros sectores.
Por supuesto, semejante fenómeno aumenta la ganancia de quienes explotan las tierras mejores, más productivas, con lo que el esfuerzo social y lo redituado no van de la mano. A esto Marx lo llama “falso valor social” en sus capítulos sobre renta.
Pero este fenómeno no es exclusivo del agro, como supone JIC, sino que es inherente a todo el sistema capitalista. Por un lado tenemos el ejemplo más obvio de una manufactura que utiliza una fuerza natural no reproducible (que es, sugestivamente, el caso con el que se empieza a explicar la renta en El Capital), que le da una ventaja permanente en productividad, y por el otro, el caso de una empresa que por tecnología se vuelve más productiva y produce a costos menores que la media, obteniendo sin embargo (y por eso) una ganancia superior. En este caso también el esfuerzo social menor es redituado desproporcionadamente, sin que suela entenderse que se trata de un “falso valor social”.
Sin embargo sí lo es, en el sentido antedicho, que es el que usa Marx, de un valor que debe ser reconocido como tal en esta sociedad, pero que no lo sería en otra sociedad, guiada por otras lógicas.
Entonces la particularidad de los sectores primarios y algunas manufacturas, es que la ventaja que aprovechan ciertos propietarios/empresarios es permanente, al menos dentro de un período, mientras que en otros sectores las empresas con ventajas pueden verla reducida o suprimida, al tiempo que otras pasan a la vanguardia. Pero siempre con algunas empresas aprovechando una situación especial, de ganancia extraordinaria, de falso valor social, a la par de un normal funcionamiento de las lógicas del valor en el sistema capitalista.
Por lo anterior, si todos los sectores presentan el fenómeno del falso valor social, del precio no proporcional a los costos (y ni siquiera nos metimos en los mecanismos de la igualación de la tasa de ganancia) se ve que no vale la pena, ni tiene lógica, hacer del caso del agro una especie de succionador especial de valor. De hecho, si así fuera, también deberíamos concederle a la corriente dependentista, que las empresas del primer mundo más productivas por ventaja tecnológica, son a su vez succionadoras de valor, en vez de ser simplemente productoras potenciadas de valor, valor tal como lo es en este sistema, con todas sus mediaciones y complejidades.

Citas:

“Astarita cree que la apropiación de una plusvalía extraordinaria por vender a un precio comercial que se encuentra por encima del valor individual, y por lo tanto, la capacidad para disponer de una mayor porción del producto del trabajo social del que efectivamente se ha aportado individualmente a éste, se alimenta del aire. Lo que uno apropia de manera extraordinaria al vender a un precio que se ubica por sobre el valor individual de su mercancía, es lo que el comprador de la misma pone del trabajo social que él ha entregado en cambio”

“El valor de una mercancía es la cantidad de trabajo abstracto socialmente necesario que se gastó de manera privada e independiente para producirla. La plusvalía es la cantidad de trabajo abstracto socialmente necesario gastado por el obrero asalariado para producir la mercancía, por encima del necesario para reproducir su fuerza de trabajo. Supongamos que el obrero que pone en producción una determinada tierra gasta 100 horas en producir 100 toneladas de soja, y que el valor producido en cada hora de trabajo se expresa en 1 onza de oro (ya que ese es también el tiempo socialmente necesario para producirla); supongamos que la tasa de plusvalía es del 100%, de modo que el valor de la fuerza de trabajo aplicada es de 50 onzas de oro y la plusvalía de otro tanto. Pero supongamos que nuestro capitalista productor de soja se encuentra con que la soja se vende a 2 onzas de oro la tonelada, porque en la peor tierra que es necesario poner en producción para satisfacer el consumo social se requieren 200 horas para producir las 100 toneladas. Luego, cuando lleva sus 100 toneladas al mercado, obtiene por ellas 200 onzas de oro. Le paga al obrero sus 50 y se queda con 150. Es decir se queda con la capacidad para disponer del producto de 150 horas de trabajo abstracto socialmente necesario realizado de manera privada e independiente. Salvo que apelemos a una multiplicación milagrosa del tipo de la de los panes y los peces, esta masa de valor tiene que ser el producto de un trabajo socialmente necesario realizado por alguien que no recibe contrapartida por él. ¿Puede ser ese alguien el obrero del capitalista agrario? Ya sabemos que lo es por el valor correspondiente a sus 50 horas de trabajo impago, pero no hay forma de que esas 50 se hayan convertido materialmente en 150. De modo que no es plusvalía extraída a él la materializada en las 100 onzas de oro adicionales. ¿Del trabajo impago de quién vienen entonces?”

“Desde el punto de vista del conjunto del capital de la sociedad, la renta diferencial constituye un «falso valor social» [Nota al pie: Marx, Carlos, op. cit., p. 614], ya que la misma no encierra contenido alguno de trabajo socialmente necesario gastado privadamente para producir las mercancías agrarias. Pero debe pagarla a los terratenientes con la parte del valor social realmente producido por el trabajo que el conjunto de los obreros productivos ejecuta por encima del requerido para su propia reproducción como fuerza de trabajo para el capital. Esto es, el capital total de la sociedad paga el falso valor social constituido por la renta diferencial a expensas del valor real extraído gratuitamente a sus obreros, o sea, a expensas de su plusvalía.”

“En cuyo caso, el flujo genérico de la plusvalía convertida en renta diferencial de la tierra toma la forma concreta de un flujo internacional por el cual el ámbito nacional donde se concentra el capital industrial en general pierde el control directo sobre el curso de una porción de la plusvalía producida en él.”

Renta agraria, ganancia del capital y tipo de cambio: respuesta a Astarita” pp 2 a 4

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A esta crítica se me ha objetado que las explicaciones generales de la teoría del valor de JIC, sí siguen lineamientos no fisicalistas, a partir de este texto.
Sin embargo, aunque eso pueda parecer a simple vista, de hecho allí vuelve a afirmar su concepción de que el tiempo de trabajo pasado constituye valor: “el valor de las mercancías es el trabajo abstracto socialmente necesario realizado de manera privada e independiente que se ha gastado para producirlas -o sea, materializado en ellas-…” (p35), en lugar de ser valor el tiempo de trabajo socialmente necesario requerido para reproducir las mercancías en el presente, sin importar cuánto tiempo se gastó o se materializó en el valor de uso.

Pero más importante que las citas es sin embargo la lógica subyacente a la idea de JIC sobre la renta. Al pasar por alto enteramente la noción de trabajo potenciado, su interpretación necesita que el valor exista antes de su realización, de modo de poder ser transferido, en virtud de un sobreprecio, desde otros sectores hacia el agro.

En una próxima entrada voy a copiar los argumentos del tomo 3 en las que Marx explica a la renta como forma de ganancia extraordinaria, bajo el supuesto de la venta de las mercancías agrarias a su valor, no por encima de su valor.

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Rallo…

“Rallomon”

Rashomon es, según la convención, una película que muestra las diferentes posibilidades de interpretación de un mismo acontecimiento por subjetividades diferentes… sin embargo, en esa película yo no pude ver más que la deformación consciente de los hechos, por un acusado ante el juez.

En el artículo presente nos encontramos con la misma pregunta, volvemos a examinar la producción de Rallo y volvemos a preguntarnos si la distorsión puede ser hija de sesgos mentales diferentes, o si simplemente se trata de las argucias de un ideólogo.

 

Voy a enumerar los principales puntos en los que Rallo quiere atacar la TLV marxista, para contestarlos uno por uno.

 En el primer punto destacable del video, Rallo nos presenta un párrafo de El Capital en el que Marx dice que “salta a la vista” o es evidente que el valor de uso no entra en consideración para definir el denominador común, etc, y Rallo se queja de que eso no es una demostración científica… tiene razón, no lo es, la demostración está en los párrafos anteriores al que él se permite mostrar! Como de este tema ya me había ocupado, puedo mostrar el texto completo: https://divulgacionmarxista.wordpress.com/…/cretinismo…/ en donde se explica porqué las relaciones de equivalencia exigen un denominador común cuantificable. Para ampliar el razonamiento de Marx, recomiendo a Guerrero: http://www.nodulo.org/ec/2004/n024p01.htm pero primero me parece fundamental seguir la línea de razonamientos de Marx en “Trabajo asalariado y capital” (ver también https://divulgacionmarxista.wordpress.com/2012/04/14/teoria-del-valor-trabajo/ y https://rolandoastarita.blog/2014/03/29/teorias-del-valor-austriacos-vs-marxistas-2/) ya que explica cómo es la misma estructura mercantil la que permite las leyes que luego van a desarrollarse en El Capital. Notemos cómo este método de lectura saltarina le permite a Rallo no contestar jamás al argumento antedicho, nunca va a abordar la cuestión de que el valor es una cantidad…

El segundo punto es el que objeta que si del valor de cambio se puede deducir (a partir de la constatación de la equivalencia y la necesidad de una sustancia común con ciertas propiedades) la determinación de su magnitud por el tiempo de trabajo socialmente necesario, no se ve porqué no pueden incluirse las mercancías no reproducibles… a esto también lo hemos visto en el post sobre Huerta de Soto. Recordemos que en las primeras páginas de su “Principios de Economía”, Ricardo dice lo siguiente: “Existen ciertos bienes cuyo valor está determinado tan sólo por su escasez. Ningún trabajo puede aumentar la cantidad de dichos bienes y, por tanto, su valor no puede ser reducido por una mayor oferta de los mismos. Ciertas estatuas y cuadros raros, libros y monedas escasos, vinos de calidad peculiar, que sólo pueden elaborarse con uvas cosechadas en un determinado suelo, del cual existe una cantidad muy limitada, todos ellos pertenecen a este grupo. Su valor es totalmente independiente de la cantidad de trabajo originariamente necesaria para producirlos, y varía con la diversa riqueza y las distintas inclinaciones de quienes desean poseerlos.
Sin embargo, estos bienes constituyen tan sólo una pequeña parte de todo el conjunto de bienes que diariamente se intercambian en el mercado. La mayoría de los bienes que son objetos de deseo se procuran mediante el trabajo, y pueden ser multiplicados, no solamente en una nación, sino en muchas, casi sin ningún límite determinable, si estamos dispuestos a dedicar el trabajo necesario para obtenerlos.
Por tanto, al hablar de los bienes, de su valor en cambio y de las leyes que rigen sus precios relativos, siempre hacemos alusión a aquellos bienes que pueden producirse en mayor cantidad, mediante el ejercicio de la actividad humana, y en cuya producción opera la competencia sin restricción alguna.”

Es decir que la posibilidad de la reproducibilidad por un lado, y de la competencia, por el otro, hacen que los efectos potencialmente distorsionadores de los desequilibrios entre oferta y demanda, no puedan operar, al menos en el mediano y largo plazo, y que por lo tanto cobren existencia centros de gravedad de los precios, cuyo nivel debe explicarse científicamente. Como hemos descartado los efectos de desequilibrios en la demanda, nos queda buscar en los costos de la oferta. Si en economía no existiese nada certero, este punto sería la excepción, y es el punto de partida de varias teorías económicas sobre el costo de producción, que buscan dilucidar qué determina el centro de gravedad de los precios… Entonces Marx también parte del estudio del valor de las mercancías reproducibles, y sólo de la relación de cambio de éstas puede deducir la determinación por el TTSN ya que sólo en éstas se presenta el problema científico anterior. Las mercancías no reproducibles pueden contener o no trabajo, pero no hay ningún mecanismo social mercantil que ajuste su precio a cualquier cantidad determinante, ni el trabajo ni ninguna otra cosa. Todo lo cual también hemos visto hasta el hartazgo.

Tercer punto, que no habría una unidad de medida, ya que el TTSN depende o puede modificarse por la demanda. Ni Rallo ni muchos marxistas pueden dejar de concebir al TTSN como trabajo individual y como entidad física. Pero si se lo entiende como al metabolismo de la sociedad con la naturaleza, y si por lo tanto se entiende al valor como al mecanismo que al representar el trabajo, asigna el esfuerzo social entre las actividades con utilidad social, puede entenderse lo necesario que resulta que el tiempo de trabajo esté condicionado por la demanda social… por esto no hay contradicción con que la demanda solvente sea una condición necesaria del valor: “La cuestión del valor en la economía política clásica es la de determinar cómo se regula la distribución del trabajo social entre las distintas actividades en un sistema de productores independientes, es decir, en un marco donde no hay asignación directa, pues la producción social se halla fragmentada en unidades privadas rivales, y donde los productos del trabajo toman la forma de mercancías (son productos para el intercambio). En una producción de este tipo, sin determinación expresa o consciente de la producción social, y por tanto, donde el trabajo individual no es directamente social, el mecanismo regulador asume la forma, por primera vez en la historia, de una ley económica –que llamamos indistintamente ley del valor o modo de producción capitalista– cuyo significado es el de una determinación objetiva de los tiempos de trabajo requeridos socialmente para la producción de cada tipo de mercancía. El modo en que dicho mecanismo opera es sobradamente conocido: en ausencia de coordinación directa, los productores individuales toman libremente sus propias decisiones –acerca de qué, cuánto, cómo y dónde producir–, de tal modo que su supervivencia en la lucha competitiva dependerá en último término de que sean lo suficientemente eficientes en el ahorro de trabajo por valor de uso producido, o lo que es lo mismo, de que operen, en cada caso, de acuerdo a la productividad media vigente que marca la norma del TTSN en cada momento.
Ahora bien, el acierto o no de todas esas decisiones productivas privadas –esto es, la constatación de si los productores operan o no de acuerdo al TTSN– sólo se revela a posteriori con la comparecencia de los productos del trabajo en el mercado, pues es entonces cuando tales decisiones quedan confrontadas con la necesidad de la demanda solvente. Por tanto, es sólo a través del intercambio mercantil como se establece la comparación e igualación de los trabajos privados, homologándolos como auténtico trabajo social, proceso que se expresa como ajuste tendencial del valor de cambio al valor, a la norma del TTSN. Ocurre así que el único modo que tiene una sociedad basada en la producción de mercancías de comprobar cuál es el TTSN pertinente en cada caso no es otro que a través del mercado. No se trata de una segunda determinación (“la demanda”) de la noción de valor, junto a la de la productividad del trabajo (“la oferta”), como interpretan muchos autores, sino del mecanismo por el que se realiza una categoría que se define propiamente en el ámbito de la producción. Es así que la ley del valor constituye un mecanismo de distribución indirecta (a posteriori) del trabajo social total en proporciones que resulten adecuadas para la reproducción ampliada del sistema. Lo que se intercambia bajo la forma precio –o, alternativamente, bajo la forma de determinadas proporciones de mercancías– son cantidades de ese tiempo de trabajo social medio. El modelo completo –que obviamente no podemos desarrollar aquí– da cuenta de la necesidad de un equivalente general, el dinero, como verdadera encarnación del TTSN; todo ello a diferencia de los modelos ricardianos, donde el dinero es un simple numerario dentro de una especie de economía de trueque generalizado.” https://marxismocritico.com/…/valor-y-productividad-en…/ (pp 2 y 3). Yo trato de explicarlo acá, en el apartado TTSN https://divulgacionmarxista.wordpress.com/…/sobre-ttsn…/ y Astarita lo ha explicado a su vez en sus discusiones con los austríacos. Si el argumento está mal, no nos vamos a enterar por Rallo, pues no lo ha entendido o se ha salteado también estas cuestiones.

Cuarto punto, cómo se establece la reducción del trabajo complejo a simple? Aquí hay un malentendido, no es Marx o el estudioso X quien hace la reducción, sino el mismo sistema, desde el momento en que reduce todo tiempo de trabajo a trabajo abstracto y todo producto del mismo a valor, reduciendo cada trabajo a su manifestación cuantitativa… si no se aceptó la demostración inicial del valor, esto no tendrá sentido, pero si eso no se pudo refutar, tampoco aquello que no es más que su desarrollo lógico… una fuerza de trabajo más costosa (por años de entrenamiento, etc, no confundir con intensidad, como hace Rallo), en el gasto de sí misma produce más valor que el gasto de FT promedio, porque así lo exige el mercado. Para producir un producto de cierta complejidad se requiere un esfuerzo que la sociedad debe remunerar en cierta medida para que este esfuerzo se reproduzca, lo que se aplica tanto al valor de la FT como al valor del producto que es realizado por el trabajo de esa FT. Sobre este punto, seguimos la explicación de Rosdolsky: un trabajo más complejo debe ser por fuerza el fruto de una capacidad laboral más compleja; ésta a su vez debe insumir mayores gastos para su reproducción, por lo que el valor de esta fuerza de trabajo será superior a la media… por lo tanto, podemos tomar como índice de la complejidad de una fuerza de trabajo, su valor (nunca confundiendo sin embargo, el valor de la ft y su valor de uso, que es la capacidad de producir valor, la primera es sólo índice de la segunda). Si esta idea es correcta, entonces la ciencia puede comparar el valor de la fuerza de trabajo con el valor de lo producido por esa fuerza, y buscar el nivel de proporcionalidad (tras eliminar los factores distorsivos).

Ahora, puede medirse la diferencia de capacidades sin apelar al valor final del producto? Difícil si no imposible. Aunque es concebible una medida de la suma de esfuerzo social condensado en distintas FT y sus respectivas producciones de valor… al mismo tiempo, el carácter cada vez más complejo e integrado de los procesos que desembocan en una mercancía deben volver impracticable una medición más bien concebible en una imaginaria sociedad mercantil de artesanos… en cambio, lo que sí sabemos es que los trabajos de diferentes calificaciones se vuelven parte de la masa homogénea de trabajo social, y que los empresarios hacen las estimaciones de cuánto pagar a diferentes calidades de trabajadores, de modo espontáneo,  obedeciendo las señales del mercado, que garantizan las reproducciones de las distintas fuerzas de trabajo, a distintos valores. La objeción de Rallo de que la variación de los precios respecto a los “precios directamente proporcionales a los valores” (por la igualación de la tasa de ganancia) impediría la determinación de la calidad del trabajo por el valor final, no es un escollo teórico (suponiendo que pudiéramos hallar mercancías lo suficientemente “simples” como para hacer la comparación) pues tal variación sucede, al establecerse los precios de producción, por motivo de diferencias en la composición orgánica, dato cuantificable que puede usarse para corregir y estimar cuál sería el “valor original” (aunque aclaro que la estadística no es lo mío).

Quinto, Rallo postula la generalidad de rendimientos decrecientes, que harían que aumentos de la demanda modificasen al alza el costo de producción, el TTSN para producir mercancías, y esto por algún motivo (en realidad, porque la asociación de “demanda” y TTSN les parece de por sí incompatible a los austríacos), sería una contradicción. Si esto no fuera irrelevante, de todos modos los rendimientos decrecientes son excepcionales en el capitalismo, así que los aumentos de demanda sólo pueden tener un efecto de ese tipo en sectores limitados por recursos naturales, como la extracción de petróleo, que se hace más costosa en el margen… de todos modos este es el mismo tema de la relación entre la demanda y el TTSN.

Sexto, porqué animales o robots (o el sol o el viento) no producen valor… porque ninguno de ellos cumple las condiciones de común denominador explicadas en el artículo de Diego Guerrero, es decir, estamos volviendo a las primeras páginas del cap. 1 de El Capital donde Rallo, después de no haberlo leído, dice que no hay ninguna demostración.

Séptimo, que la demostración de la plusvalía aparece recién en el capítulo 7 de El Capital (en vez de mucho antes, como saben quienes han leído ese maltratado libro) y que es al mismo tiempo una demostración del socialismo (!) mediante un ceteris paribus ilegítimo… en el capítulo 7 Marx no intenta demostrar ni la plusvalía, que ya había demostrado a partir de la determinación del valor por el TTSN combinado con la demostración de que el valor no puede producirse en la circulación, ni intenta demostrar el socialismo (!!!!!!). Simplemente dice que en cualquier régimen productivo hay una cantidad de trabajo que puede llamarse necesario y que equivale a la cantidad de bienes de subsistencia necesarios para reproducir la vida de los trabajadores. De hecho el “socialismo” que Rallo imagina a partir de esas palabras es un conjunto de cooperativas sin capitalistas que compiten en el mercado… Si Rallo quiere refutar la demostración de la plusvalía, tiene que volver a los capítulos anteriores, porque en el 7 no hay nada muy nuevo. En cambio, otra vez esquiva la lógica del argumento. Después, volviendo a este lado del espejo y a la letra del texto, dice que la plusvalía que es considerada trabajo sobrante, podría ser tranquilamente la remuneración del trabajo empresario según el mismo Marx, ya salteándose olímpicamente, una vez más, las nociones de trabajo productivo en Marx, para no hablar de la realidad, en la que un accionista gana su plusvalía independientemente de que alguna vez en su vida haya pisado su empresa o tomado decisión alguna. En este caso la prioridad explicativa de la propiedad privada como apropiadora, no productora, de plusvalía, se hace evidente. 

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Que cada cual saque sus conclusiones sobre este Rallomon.

 

 

 

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Se presentó RPM en el GBA

Compartimos con ustedes las intervenciones de los compañeros RolandoAstarita, Adrián Piva, Ariel Mayo y Roberto Flores en la charla realizada el sábado 9 de septiembre en la Universidad Nacional de Quilmes. La mesa debate se denominó “Ciclo económico, ajuste y estrategia socialista”.

 

https://revistapropuestamarxista.wordpress.com/2017/09/18/se-presento-rpm-en-el-gba/

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Debate de los dos Cambridge: primer golpe

El debate de los dos Cambridge se desarrolló en los años ’60 y ’70 a partir de las críticas de Piero Sraffa a la noción neoclásica de capital. Tanto del lado neoclásico como del heterodoxo participaron varios de los principales economistas de su tiempo, hasta la capitulación de Paul Samuelson.

Pero antes de esta conflagración, en 1926 Sraffa había adelantado una importantísima refutación a la idea neoclásica de que el costo marginal aumenta con el crecimiento del output, fundamento básico de la curva de oferta ascendente y de la teoría ortodoxa de los precios (antes de leer lo que sigue, conviene consultar las entradas anteriores, ésta y ésta).

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El problema

El hecho de que el mundo de la producción resulte subterráneo y opaco ante nuestra mirada debido al fetichismo de la mercancía, hace posible que teorías sin fundamento en la observación empírica puedan parecer plausibles, si la formulación a priori no resulta muy incoherente.

Tal es el caso con la idea de que en el corto plazo, la firma opera a capacidad plena y no puede aumentar su capital fijo y por lo tanto, a partir de cierto punto óptimo en la relación entre cantidad de trabajadores (capital variable) y capital fijo, la adición de trabajadores causaría que la productividad marginal dejara de crecer y los costos marginales empezaran a aumentar, elevando el precio. Todo aumento del número de trabajadores y del nivel de producción a partir de cierto punto óptimo, reduciría necesariamente la eficiencia, lo que implica que cada nueva unidad producida deberá insumir mayores costos que la anterior, es decir que el costo marginal asciende, con lo que cada nuevo aumento en la demanda deberá pagar un precio mayor por cada mercancía adicional, lógica representada por la trayectoria ascendente de la curva de oferta.

Mientras el ingreso marginal exceda al costo marginal, se seguirá aumentando la producción con precios crecientes, puesto que el beneficio total sigue creciendo, pero al igualarse ambos, se deja de contratar y de aumentar la producción.

La duda

Pero tal como le sucede a cualquier ingeniero y empresario (ver Keen 2011: 120, Lee 1998: 73, citando a Tucker), a los economistas clásicos les resulta absurdo el supuesto del costo marginal ascendente. Sraffa sabía que los costos marginales son constantes o decrecientes, por lo que consideraba al precio como determinado por un costo de producción constante (curva de oferta horizontal, no ascendente) mientras que la demanda sólo determinaba la cantidad producida. En consecuencia, no podía dejar pasar como válida la idea neoclásica de que el precio está determinado por una curva ascendente de costos que a su vez determinan el output.

En cambio, si la empresa opera con capacidad ociosa que se pone en actividad sin pérdida de eficiencia (más bien lo contrario) con cada nueva exigencia de la demanda, con una curva horizontal (o descendente) de costo marginal, la empresa ganará más cuanto más produzca… ¿Raro? Sólo la demanda limita el output, además de la capacidad de financiamiento y el éxito del marketing.

La refutación

Para demostrar la falsedad de ese postulado neoclásico, Sraffa escribió un artículo en 1926 en el que demostró que sus dos supuestos básicos son incompatibles: la curva de costos ascendentes necesita de la idea de que los factores de la producción están fijos en el corto plazo, para justificar la ineficiencia marginal; y de la idea de que la oferta y la demanda son independientes una de otra, para que la curva de oferta no colapse (como ya vimos).

Pero… si queremos ubicarnos en un escenario en el que sea posible que los factores de producción estén fijos en el corto plazo, debemos pensar no en el nivel micro, sino sólo en términos de la economía como totalidad, o de sectores enteros de la economía, que sean tan grandes como para que un aumento de su output no encuentre fácilmente recursos con los que aumentar su capital fijo inmediatamente. Por ejemplo, si consideramos a la agricultura como totalidad, podemos suponer que necesidades urgentes de mayor output ocasionarán este tipo de situación por la dificultad de poner nuevas tierras en producción, contratar más trabajadores, etc. En este nivel, la magnitud de los nuevos recursos necesarios, hace plausible la escasez (aunque esto pueda solventarse en el mediano plazo, recordemos que el escenario neoclásico es de corto plazo).

Entonces nos encontramos al nivel de la economía global y de sectores enteros, para hacer posible pensar en la escasez de recursos… sin embargo en este nivel, la enorme masa de insumos y trabajadores que exigirá un aumento de la producción en cualquier sector, generará aumentos de precios y salarios generales, con los consecuentes cambios distributivos, que significarán una modificación de la demanda, con lo que cada movimiento en la curva de oferta deberá asociarse con una curva de demanda diferente, anulando la independencia de las curvas (¡otra vez!).

De este modo, en el escenario macro, si se cumple el supuesto de factores de producción fijos, sin embargo no se cumple el supuesto de la independencia de las curvas.

En el escenario micro, en cambio, sí podemos suponer (por un momento) que las curvas son independientes, ya que el carácter infinitesimal de la firma hace que sus exigencias de nuevos recursos sean ínfimas y que por lo tanto no alteren la disponibilidad general, ni la curva de demanda… pero esta misma facilidad de incorporación de recursos y nulo efecto sobre la demanda, contradice el postulado de los recursos fijos y su corolario, la productividad decreciente. La que además, es fácilmente contradicha por la abrumadora evidencia que demuestra que las empresas individuales (y las empresas agregadas) operan con capacidad ociosa, no a capacidad plena, anulando la plausibilidad de los costos marginales ascendentes.

Por lo tanto, en este caso también son incompatibles ambos supuestos, y vemos que cada uno sólo puede funcionar en un escenario diferente y sin la concurrencia del otro.

“In circumstances where it was valid to say that some factor of production was fixed in the short run, supply and demand would not be independent, so that every point on the supply curve would be associated with a different demand curve. On the other hand, in circumstances where supply and demand could justifiably be treated as independent, then in general it would be impossible for any factor of production to be fixed. Hence the marginal costs of production would be constant.” (“En circunstancias tales que pudiera afirmarse que algún factor de producción estuviera fijo en el corto plazo, la oferta y la demanda no serían independientes, con lo que cada punto en la curva de oferta se vería asociado con una curva de demanda diferente. Por otro lado, en circunstancias en que pudiera justificarse que la oferta y la demanda fuesen independientes, en general sería imposible que cualquier factor de producción estuviera fijo. Por lo tanto, los costos marginales de producción serían constantes”)

(Keen 2011: 129)

Así, vemos otra vez que al impugnarse la forma de la curva de oferta, se pierde su capacidad de predecir los niveles del precio y del output ante un nivel de demanda determinado. Además la crítica tiene derivaciones que no vamos a desarrollar por ahora, aunque mencionaremos la siguiente: también se cae la teoría salarial (ver cap. 6 de Keen 2011), ya que depende de la idea de que el salario es igual a la productividad marginal del trabajo, lo que implicaría que para que aumente la producción, el salario debe caer… o que su negativa a caer “racionalmente” sería la causa de la desocupación, es decir que es responsabilidad de cada trabajador que no quiere aceptar un salario menor al de una productividad marginal cuya existencia ya se ha demostrado una quimera.

Bibliografía

Steve Keen (2011): Debunking Economics (las citas de este artículo pertenecen a su capítulo 5), Debunking Economics – Steve Keen)

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La economía de pensar en nada: la anulación de la curva de oferta

En este artículo seguimos la crítica a las nociones microeconómicas neoclásicas, basándonos en Steve Keen 2011.

Hoy toca ver la curva de oferta. Primero veremos un detalle que la vuelve inexistente, y en un próximo artículo mostraremos la relevancia de la crítica surgida en el debate de los dos Cambridge, algo que nos interesa mucho dado que es usualmente descartada como una polémica anticuada…

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Introducción: qué es la curva de oferta neoclásica

Dentro del escenario de competencia perfecta, millones de firmas microscópicas producen independientemente, guiadas por un precio que ya está dado “en el mercado”, y por sus costos de producción, que generan una curva de costo marginal que es ascendente, ya que se supone que el aumento de la producción es cada vez más ineficiente, y por lo tanto, cada nueva unidad debe insumir mayores costos que la anterior. Ergo, con cada aumento de output, la curva de costos por unidad se acerca más a la línea del precio dado, y en el momento de la intersección de estas curvas, cuando el costo marginal es igual al precio, se fija el output final.

Entonces la curva de oferta es la cantidad de output que produce una firma individual, a un precio dado. El nivel del output está determinado por el costo marginal en una firma individual, cuya suma con el resto de las firmas iguales daría el output total.

Desde lejos no se ve… y de cerca menos.

Dentro de los supuestos neoclásicos sería de esperarse que el cambio de output total fuera a variar en la misma medida que lo que ha cambiado el output de una sola firma individual (bajo el supuesto de que las otras firmas no reaccionan inmediatamente con sus propios cambios de output), un aumento en la oferta individual tiene que representar un aumento igual en la oferta general, y por lo tanto un cambio en la relación oferta/demanda, con su correspondiente cambio del precio, representado con un corrimiento descendente del punto de intersección de las curvas: a mayor cantidad ofertada, disminución de la utilidad marginal para el consumidor ante un mayor consumo eventual, y disminución del precio que se está dispuesto a pagar. Tal curva de mercado es negativa, tanto la general, que enfrenta al conjunto de los productores, como la individual, enfrentada a cada uno de ellos por separado.

Pero los neoclásicos no reconocen un funcionamiento como éste, consistente con sus supuestos: por el contrario, el cambio de output individual no afectaría al precio. La curva de mercado individual es para ellos horizontal (precio dado y fijo), no sufre cambio alguno a medida que crece el output, como si no existiera relación alguna entre el cambio de output, la curva de demanda general y la individual. Como si en vez de tener las mismas trayectorias, la relación de identidad pudiera anularse. Entonces, de hecho el análisis micro opera con una curva individual de demanda horizontal consistente sólo con un congelamiento del output, que se hace convivir con cualquier cambio de output.

¿Por qué? El verso reza que bajo condiciones de competencia perfecta, el tamaño de la firma es infinitesimal, casi nulo, y por este motivo se da el salto de suponer que la influencia de sus cambios de output sobre la oferta y la demanda es nula (nótese: no casi nula), con lo que la curva de demanda que enfrenta la firma individual puede ser siempre la misma línea horizontal. Es decir, en vez de tratar a un cambio infinitesimal en la curva de demanda general como determinante de un cambio igualmente infinitesimal en la curva de demanda individual, se trata al cambio general como compatible con ningún cambio en sus partes individuales:

“Putting this critique another way, the economic argument is that if you break a large downward-sloping line (the market demand curve) into lots of very small lines (the demand curves perceived by each firm), then you will have a huge number of perfectly flat lines. Then if you add all these perfectly flat lines together again, you will get one downward-sloping line.

This is mathematically impossible. If you add up a huge number of flat lines, you will get one very long flat line. If you break one downward-sloping line into many small lines, you will have many downward-sloping lines. The economic concept of perfect competition is based on a mathematical error of confusing a very small quantity with zero.” (“Dicho de otro modo, el argumento es que si se divide una gran línea descendente (la curva de demanda general) en múltiples líneas minúsculas (las curvas de demanda percibidas por cada firma), se obtendrá un enorme número de líneas perfectamente planas. Y si se vuelve a unir estas líneas planas, se obtendrá una línea descendente.

Esto es una imposibilidad matemática. Si se suma una enorme cantidad de líneas planas, se obtiene una larguísima línea plana. Si se divide una línea descendente en muchas líneas, se obtendrán muchas líneas descendentes. El concepto económico de competencia perfecta está basado en el error matemático de confundir una cantidad muy pequeña con cero.”)(Keen 2011, p. 107)

El salto lógico y matemático queda inexplicado, pero es imprescindible como cimiento, ya que la curva individual horizontal mantiene fijo el precio (y el ingreso marginal) mientras que el costo marginal determina la cantidad de producción que la firma estará dispuesta a realizar a ese precio, con lo que pueden determinarse simultáneamente y en virtud de dos curvas independientes, tanto el precio como el output.

Pero si esa curva de demanda fuera descendente, con ella bajaría el precio… y con el precio bajaría el ingreso obtenido con cada nueva venta, generando una curva nueva, la curva de ingreso marginal, que representa los cambios en el ingreso percibido ante la producción y venta de cada unidad adicional. Dada la progresiva caída del ingreso con cada aumento de la producción, la empresa no va a seguir produciendo hasta el punto predicho en el escenario neoclásico. Si así lo hiciera, el costo marginal sería mayor al ingreso marginal, perdiéndose la maximización de beneficios. En cambio, el output va a fijarse en el punto en que el costo marginal sea igual al ingreso marginal, y dada esa cantidad, el precio dependerá de la curva de demanda. No va a ocurrir la intersección entre una curva horizontal de demanda y la curva ascendente de costo marginal. Se rompe la idea de que la industria va a proveer la cantidad dada por la intersección de la curva de demanda y la de oferta… se quiebra el tótem de las curvas.

Sin ciencia, flaca apología

Con el desenlace que anula el punto de equilibrio, el modelo neoclásico corregido produciría un output menor al que prometía, de hecho una cantidad igual a la que produciría el monopolio según la idea neoclásica (ver Keen 2011, cap. 4), y por lo tanto no puede afirmarse que una industria competitiva tenga la virtud de generar más producción que el monopolio y de brindar así mayor bienestar material.

Tampoco puede sostenerse la idea de que garantiza la maximización de beneficios, ya que no supera en esto al monopolio.

Con lo anterior, se cae la justificación moral de la competencia perfecta como garantía de máxima eficiencia y bienestar para todos.

Finalmente, no cumple con su pretensión de ser una teoría de los precios, ya que de las dos curvas propuestas como co-determinantes independientes del precio, la de demanda no tiene forma previsible (como vimos aquí) y la de oferta simplemente no existe ni se cruza nunca con la de demanda. Más aún, como ya vimos, la cantidad de output se fija con la intervención de la curva de ingreso marginal, que a su vez depende del precio y por lo tanto de la curva descendente de demanda… lo que significa anular la pretendida independencia de la curva de oferta.

“It follows that the amount supplied by a competitive industry is not determined by the aggregate marginal cost curve alone, but instead depends on conditions of demand as well, as with a monopoly. A supply curve that is independent of the demand curve therefore cannot be derived.” (“Se sigue que la cantidad ofertada por una industria competitiva no está determinada solamente por la curva de costo marginal agregada, sino que depende también de condiciones de la demanda, tal como ocurre con un monopolio. Entonces no puede derivarse una curva de oferta independiente de la curva de demanda.”) (Keen 2011, p. 94)

“Perfect competition is also ‘perfect’ because a supply curve exists if, and only if, price equals marginal cost. Without perfect competition, though a marginal cost curve can still be drawn, this will not be the supply curve, and as we shall see, the amount supplied to the market will be less than the amount that will maximize social welfare”

(“La competencia perfecta es también “perfecta” porque una curva de oferta existe si y sólo si el precio iguala al costo marginal. Sin competencia perfecta, aunque aún puede dibujarse una curva de costo marginal, no se tratará de la curva de oferta, y como veremos, la cantidad ofertada al mercado será menor que la cantidad que maximizará el bienestar social”) (Keen 2011, p. 95)

Por supuesto, todo esto tiene tan poco sentido que los empresarios del mundo real ni sueñan con calcular su nivel óptimo de producción y rentabilidad a partir de estas ideas: si lo hicieran, quebrarían indefectiblemente (ver Keen 2011, cap. 4). Quienes sí reproducen estas ideas, en cambio, son los economistas y periodistas que se mueven en el mundo de la academia, los medios y las administraciones públicas.

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Let me take you down
‘Cause I’m going to Strawberry Fields
Nothing is real
And nothing to get hung about
Strawberry Fields forever
Living is easy with eyes closed
Misunderstanding all you see
It’s getting hard to be someone
But it all works out
It doesn’t matter much to me
(Strawbery Fields Forever, The Beatles)

Bibliografìa

Steve Keen (2011): Debunking Economics (las citas de este artículo pertenecen a su capítulo 4, Debunking Economics – Steve Keen)

También recomendado el capítulo 1 de “Valor mercado mundial y globalizacion R Astarita 2005_18-11-11” de R. Astarita.

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Arenas de Arabia

Wilfred Thessiger fue un viajero inglés que recorrió el cuerno de África y el desierto de Arabia desde los años 30. Recopiló sus experiencias entre los bedu en un libro hermoso llamado Arenas de Arabia, del que extraigo los fragmentos que siguen con la intención de mostrar (como aquí) la enorme variabilidad de la experiencia humana, de las costumbres y formas de relacionarse, de modo de no caer en la naturalización de nuestro modo de vida actual. Prefiero no añadir comentarios a cada extracto:

compañeros de viaje

Las sucesivas civilizaciones cuya prosperidad hizo que los romanos llamaran a esta parte de Arabia Arabia Felix se habían dado más hacia el oeste. Los mineos habían desarrollado una civilización ya en el año 1000 a.C., en la parte nororiental del Yemen. Eran comerciantes, con colonias que llegaban por el norte hasta Maan, cerca del golfo de Aqaba, y dependían para su prosperidad del incienso de Zufar que comercializaban en Egipto y Siria. Fueron sucedidos por los sabeos, a quienes a su vez sucedieron los himiaritas. Esta civilización de Arabia del Sur, que subsistió mil quinientos años, llegó a su final a mitad del siglo VI a.C., pero mientras duró esta tierra remota adquirió una reputación de riqueza fabulosa. Durante siglos Egipto, Asiria y los Seleucidas maquinaron y lucharon para controlar la ruta del desierto a lo largo de la cual se transportaba el incienso hacia el norte, y en el año 24 a.C. el emperador Augusto envió un ejército a las órdenes de Aello Gallo, prefecto de Egipto, para conquistar las tierras donde se originaba esta valiosa goma. El ejército marchó hacia el sur durante mil quinientos kilómetros, pero la falta de agua acabó por forzar la retirada. Ésta ha sido la única vez en que una potencia europea haya intentado jamás invadir Arabia.
Al entrar en Salalah pasé una pequeña caravana, dos hombres con cuatro camellos atados en fila, y cuando le pregunté al guarda que me acompañaba me dijo que los camellos llevaban mughur o incienso. Hoy, sin embargo, el comercio es pequeño y de escaso valor, de importancia pareja en el mercado de Salalah a la compra y venta de cabras y leña. (pp 59-60)

Mientras hablaba con Amair, uno de los esclavos del wali se acercó y me dijo con malos modos que me estaba prohibido hablar con desconocidos. Le contesté que Amair no lo era y que se ocupara de sus asuntos. Se alejó refunfuñando. Los esclavos que pertenecen a hombres de importancia son con frecuencia despóticos y maleducados, y se aprovechan de la posición de sus señores. Los árabes tienen pocos prejuicios, si es que tienen alguno, respecto al color de la piel: socialmente tratan a un esclavo, por negro que sea, como a uno de los suyos. En cierta ocasión, me hallaba yo en el Heyaz sentado en el salón de audiencias de un amir que era pariente de Ibn Saud, cuando un anciano negro ricamente ataviado que pertenecía al rey hizo su entrada en la habitación. Tras alzarse para darle la bienvenida, el amir sentó a este esclavo a su lado, y durante la cena le sirvió con sus propias manos. Los gobernantes árabes encumbran a los esclavos a posiciones de gran poder, y a menudo confían en ellos más que en sus propios parientes. (pp. 102-103)

Siempre hay problemas si la carne no se divide en lotes. No pasa mucho tiempo sin que alguien diga que se le ha dado más de lo que le toca y trata de pasarle un trozo a otra persona. A ello siguen grandes discusiones y grandes juramentos por Dios, en los que todo el mundo insiste en que se le ha dado demasiado, llegándose finalmente a un punto muerto que sólo puede arreglarse dividiendo la carne en lotes… como debía haberse hecho en primer lugar. Nunca he oído a un hombre protestar por haber recibido menos de lo que le tocaba. Tal comportamiento sería inconcebible en un bedu, porque tienen gran cuidado en no parecer nunca avariciosos, y son rápidos a la hora de notar que alguien lo es. Recuerdo la historia de un muchacho bedu pobrísimo quien contó a su madre que le gustaba cenar cuando no había luna porque así sus compañeros no podían ver cuánta comida cogía. Su madre le aconsejó:
-Siéntate con ellos en la oscuridad y corta un pedazo de cuerda con la hoja de tu cuchillo puesta del revés.
El muchacho así lo hizo aquella misma noche. No había luna y estaba muy oscuro, pero en cuanto cogió el cuchillo una docena de voces gritaron:
-¡Lo has cogido del revés! (pp. 113-114)

Fue una extraña coincidencia que en el momento en que, con la ayuda de armas modernas, se ponía bajo control a los bedu del desierto de Siria, en Arabia central reinara el rey más grande de toda su historia. Abd al Aziz Ibn Saud ya había roto y metido en cintura a las tribus más poderosas de la península antes de introducir un solo coche o aeroplano en su reino. La paz que había impuesto normalmente habría desaparecido con su muerte, y el desierto habría revertido al estado de anarquía necesario a la sociedad bedu; pero yo sabía que las innovaciones mecánicas que había introducido permitirían a sus sucesores mantener el control por él establecido. (…)
La sociedad en la que viven los bedu es tribal. Todo el mundo pertenece a una tribu y todos miembros de la misma tienen algún grado de parentesco puesto que descienden de un antepasado común. Cuanto más cercano es éste tanto mayor es la lealtad que un hombre siente por los integrantes de su grupo, y dicha lealtad está por encima de los sentimientos personales, salvo en casos extremos. En tiempos de necesidad un hombre apoya instintivamente a los miembros de su tribu, lo mismo que hacen ellos cuando él se encuentra en el mismo caso. No hay seguridad en el desierto para un individuo fuera de ese marco; ello hace posible que la ley tribal, basada en el acuerdo común, funcione entre la raza más individualista del mundo, ya que un hombre que se niegue a aceptar una decisión de la tribu puede, en última instancia, ser condenado al ostracismo. Es por tanto un hecho, por paradójico que parezca, que la ley tribal sólo puede funcionar en condiciones de anarquía, y se quiebra en cuanto se impone la paz en el desierto, ya que en condiciones de paz un hombre que no está conforme con una sentencia puede negarse a aceptarla, y si es necesario puede abandonar la tribu y vivir solo. No existe una autoridad central en el seno de la misma que pueda hacer cumplir la sentencia.
En el norte y centro de Arabia, la economía de la vida bedu se derrumbaba, al tiempo que se rompía la estructura de la vida tribal a consecuencia de la paz impuesta a las tribus y las interferencias administrativas desde el exterior. (…)
El descubrimiento de petróleo en el Golfo Pérsico había traído enormes riquezas a Arabia. Debido en parte a ello y en parte a la guerra, los precios en las ciudades se habían incrementado. En el desierto, los bedu necesitaban muy poco para mantenerse vivos. Sus rebaños les proveían de comida y bebida, pero tenían ciertas necesidades que no podían proporcionarse a sí mismos. Necesitaban ropas y cacharros de cocina, cuchillos, munición, cargamentos ocasionales de dátiles o grano, y lujos tan simples como un puñado de café o un poco de tabaco. Para conseguir todo esto iban a los mercados de los pueblos o ciudades y vendían un camello o una cabra, un poco de mantequilla, odres para agua, alfombrillas o alforjas. La vida en el desierto dejó de ser posible cuando los artículos, por más que escasos absolutamente esenciales, que los bedu habían podido comprar hasta entonces a cambio de los productos del desierto se volvieron demasiado caros para poder permitírselos, y cuando ya nadie necesitó las cosas que ellos producían.
Los bedu adoraban el dinero; hasta el mero hecho de manipularlo parecía emocionarles. Hablaban de él sin cesar. Discutían sobre el precio de un turbante o una cartuchera varias veces durante días.(…) A veces encontraba tediosa su preocupación por el dinero y les reprendía por su avaricia, y ellos contestaban:
-Es muy fácil para ti, que lo tienes en abundancia, pero para nosotros unos cuantos riyals pueden significar la diferencia entre morirse de hambre o no.
En los campos de petróleo los bedu encontraron el dinero con que soñaban. Podían ganar grandes sumas sentándose a la sombra a vigilar un depósito, o realizando trabajos que eran desde luego más fáciles que abrevar camellos sedientos en un pozo casi seco en mitad del verano. Había abundancia de buena comida, agua dulce en cantidad y muchas horas de sueño. Pocas veces habían tenido estas cosas con anterioridad, y ahora además les pagaban la ganga. Su amor a la libertad y la efervescencia que bullía en su sangre devolvió a la mayoría de ellos al desierto, pero la vida en él se volvía cada vez más difícil. Pronto se haría del todo imposible.
Aquí en el sur los bedu todavía no se habían visto afectados por los cambios económicos en el norte, pero yo sabía que no podrían escapar durante mucho tiempo a las consecuencias. Me parecía trágico que, por circunstancias que estaban más allá de su control, se convirtieran en parásitos proletariados acoclados alrededor de campos de petróleo entre la mugre y las moscas de ciudades-chabola en uno de los países más estériles del mundo. (pp. 123-127)

Por la tarde di a bin Kabina las ropas que le había traído y la daga de repuesto que llevaba en la alforja. Se la ciñó con orgullo. Un extraño habría supuesto que lo adecuado era mostrar agradecimiento, pero ésa no era la costumbre entre los árabes. Había aceptado mi regalo y no había necesidad de palabras. Habría otras formas de expresar su gratitud. (p. 141)

Acto seguido bin Mautlauq habló de la incursión en la que mataron al joven Salí. Él y otros catorce compañeros habían sorprendido a un pequeño rebaño de camellos saar. Los pastores habían lanzado dos disparos antes de escapar en los camellos más rápidos, y uno de tales tiros había alcanzado a Sahail en el pecho. Bakhit sostuvo a su hijo moribundo entre sus brazos mientras volvía cabalgando por la llanura con los siete camellos capturados. Sahail fue herido a media mañana, y vivió hasta la puesta de sol, implorando un agua que no tenían. Cabalgaron toda la noche para escapar a la inevitable persecución. Al amanecer vieron algunas cabras, y un pequeño campamento saar bajo un árbol en un valle poco profundo. Una mujer batía mantequilla en un cuenco, y un zagal y una zagala muñían las cabras. Había algunos niños pequeños sentados bajo el árbol. El muchacho fue el primero en verles e intentó escapar, pero ellos lo acorralaron contra un derrumbadero no muy alto. Debía de tener unos catorce años, un poco más joven que Sahail, e iba desarmado. Cuando se vio rodeado se metió los pulgares en la boca en señal de rendición, y pidió misericordia. Nadie contestó. Bakhit se deslizó del camello, sacó su daga y se la clavó al muchacho en las costillas. Éste cayó a sus pies, con el gemido “¡Oh padre mío! ¡Oh padre mío!”, y Bakhit no apartó la vista de él hasta que murió. Volvió a subir entonces a su silla, suavizado en parte su dolor por el asesinato que acababa de cometer. (…)
Vengativa como podía ser esta antiquísima ley de ojo por ojo y diente por diente, no por ello se me escapaba que ella y sólo ella impedía el asesinato a gran escala entre gentes que no estaban sometidas a una autoridad exterior, y que tenían pocos miramientos con la vida humana; porque ningún hombre implica por una fruslería a toda su familia o tribu en una deuda de sangre. Recordé que, en 1935, Glubb, describiendo a los bedu del norte, había escrito: “Resultaba curioso pensar que incluso en los anárquicos días en que imperaba el caos tribal en la Arabia desgobernada anterior a la ascensión de los Akhwan, o al actual establecimiento de la ley y el orden, había probablemente menos miedo y aprensión en el extranjero de lo que hay hoy en día en la pacífica Inglaterra”. Era fácil quedar impresionado por la falta de respeto de los bedu hacia la vida humana. Después de todo, mucha gente piensa hoy que es moralmente indefendible colgar a un hombre, incluso si ha violado y matado a un niño, pero yo no podía olvidar lo fácilmente que habíamos cobrado afición a matar durante la guerra. Algunas de las personas más civilizadas que yo conocía habían demostrado la mayor pericia. (pp. 142-143)

Por la mañana bin Kabina fue con uno de los bait imani a recoger nuestros camellos, y cuando volvió noté que ya no llevaba taparrabos debajo de la larga camisa. Le pregunté dónde estaba y dijo que lo había regalado. Protesté que no podía viajar sin llevar uno por los territorios habitados del otro lado de las Arenas ni en Omán, y que no tenía otro que darle. Añadí que debía recuperarlo, pasándole algo de dinero para que se lo diera al hombre a cambio. Arguyó que no podía hacer eso.
-¿De qué le va a servir el dinero en las Arenas? Quiere un taparrabos- refunfuñó, pero al final fue a hacer como le decía. (p. 181)

Sabía también que al Auf no había hablado en forma retórica cuando dijo que Dios era su compañero. Para estos bedu, Dios es una realidad, y la convicción de su presencia les infunde valor para soportarlo prácticamente todo. Dudar de su existencia sería para ellos tan inconcebible como blasfemar. La mayoría reza de forma regular, y muchos observan el ayuno del Ramadán (…)
Estos bedu no son fanáticos. Una vez viajaba con un grupo importante de rashid, uno de los cuales me sugirió:
-¿Porqué no te haces musulmán y entonces serías uno de nosotros de verdad?-. Ante lo que yo repuse:
-¡Que Dios me proteja del Diablo!
Se echaron a reír. Esta invocación es la que los árabes utilizan de forma invariable para rechazar algo vergonzoso o indecente. No me habría atrevido a usarla jamás de haber sido otros los árabes que me hubieran formulado esa pregunta, pero el hombre que había hablado no habría dudado en utilizarla si hubiera sugerido yo que se hiciera cristiano. (pp. 188-189)

Nos sentamos en un círculo de hambrientos a contemplar cómo preparaba bin Kabina la liebre, y a dar consejos. Crecía la expectación, porque hacía ya más de un mes que no comíamos carne, a excepción de la liebre que al Auf había matado cerca de Uruk al Shaiba. Probamos la sopa y decidimos dejarla cocer un poco más. Entonces bin Kabina alzó la vista y gimió:
-¡Dios! ¡Huéspedes!
Cruzando las arenas hacia nosotros venían tres árabes. (…)
Les saludamos y preguntamos qué noticias traían, preparamos café para ellos, y entonces Musallim y bin Kabina sirvieron la liebre y el pan y los pusieron ante ellos, añadiendo con toda la apariencia de sinceridad que eran nuestros invitados, que Dios les había traído, que hoy era un día bendito, y un buen número de comentarios similares. Nos pidieron que comiéramos con ellos pero nos negamos, repitiendo que eran nuestros invitados. Espero no haber tenido un aspecto tan homicida como los pensamientos que abrigaba mientras me unía a los otros asegurándoles que Dios los había traído a esta ocasión venturosa. Cuando hubieron acabado, bin Kabina puso un pegajoso montón de dátiles en un plato y nos llamó a comer.
Sintiéndome de muy mal humor me eché a dormir, pero me resultó imposible. (…) Reflexioné sobre esta hospitalidad del desierto y la comparé con la nuestra. Recordé otros campamentos en que había dormido, pequeñas tiendas en el desierto de Siria a las que había llegado por casualidad y en las que había pasado la noche. Hombres famélicos vestidos de harapos y niños de aspecto hambriento me habían acogido y dado la bienvenida con las sonoras frases del desierto. Más tarde habían puesto un gran plato ante mí, montones de arroz alrededor de un cordero sacrificado en mi honor, sobre el cual mi anfitrión derramaba dorada mantequilla líquida hasta que desbordaba en la arena; y cuando yo protestaba diciendo “¡Basta! ¡Basta!” contestaban que yo era cien veces bienvenido. Su pródiga hospitalidad siempre me había hecho sentir incómodo, porque sabía que por culpa de ella pasarían hambre durante días. Cuando me marchaba, sin embargo, conseguían que lo hiciera con el casi convencimiento de que les había hecho un gran favor quedándome con ellos. (pp. 222-223)

La noche anterior bin Kabina me había dicho que este hombre estaba enfermo, y me había acompañado al lugar donde yacía, detrás de una roca (…) Ahora estaba tendido donde había caído, y nadie le prestaba atención. No le encontré el pulso. Llamé a bin Kabina, y ambos lo levantamos y depositamos sobre una alfombra, donde lo cubrimos con mantas; los otros ni se fijaron (…). Tres días después se separó de nosotros, bastante recuperado.
Este incidente me dejó impresa la indiferencia de los bedu hacia la vida humana. El hombre estaba enfermo y si Dios lo ordenaba así, moriría. Era un extraño que procedía de una tribu sin ninguna relación con la suya. Que fuera un ser humano como ellos no hizo que nadie se interesara por él. Su muerte no les afectaba en forma alguna. Y sin embargo su código exigía que, por indeseado que fuera, lucharan en su defensa si alguien le atacaba mientras estuviera en su compañía. (p. 254)

La creencia general entre los ingleses de que los árabes mantienen encerradas a sus mujeres es cierta por lo que respecta a muchas de ellas en las ciudades, pero no entre las tribus. (…)
Sabía que en el resto del mundo árabe los familiares de una muchacha inmoral o, como ocurre en algunos lugares, de la que tan sólo se sospecha que lo es, la matan para proteger el honor familiar. Un inglés me contó un caso trágico (…).
Referí esta historia a mis compañeros y todos mostraron su desaprobación, y el viejo bin Kalut apostilló que era bárbaro matar a una muchacha incluso si había sido inmoral, y que entre ellos esas cosas no ocurrirían jamás. (p. 255-257)

Mientras escuchaba pensé de nuevo en lo precaria que era la existencia de los bedu. Su modo de vida les volvía fatalistas de forma natural: había tanto que escapaba a su control… Era imposible que previnieran un mañana cuando todo dependía de una lluvia fortuita, o cuando los bandidos, la enfermedad, cualesquiera de los mil y un sucesos impredecibles podían desposeerles de todo o acabar incluso con su vida en cualquier momento. Hacían lo que podían y no había otro pueblo más autosuficiente, pero si las cosas iban mal aceptaban su destino sin amargura, y con dignidad, como resultado de la voluntad de Dios. (p. 297)

La tarde siguiente, al ver negros nubarrones amontonándose al oeste, pregunté a Muhammad, sin pensar, si llovería, y él replicó de inmediato:
-Sólo Dios lo sabe.
Debía haber anticipado que aquélla sería la respuesta. Ningún bedu expresará jamás una opinión sobre el tiempo, ya que hacerlo sería reivindicar un conocimiento que pertenece a Dios. Le conté que en Inglaterra unos hombres sabios podían predecir el tiempo, pero ello bordeaba la blasfemia y él exclamó:
-Busco refugio del Diablo en Dios. (p. 322)

Algunos de ellos horrorizaron a mis compañeros al preguntarles por qué no me habían asesinado en el desierto para escapar con mis posesiones. Bin Kabina no cesaba de decir:
-Son perros e hijos de perros. Dicen que eres infiel, pero tú eres cien veces mejor que unos musulmanes como éstos.
Layla había sido uno de los baluartes de los akhwan, una hermandad religiosa militante dedicada a la purificación y unificación del Islam. (…)
En los primeros días del islam, cuando todavía nadie ponía en cuestión su fe, los árabes eran notablemente tolerantes en materia de religión. Pero para la gente de Layla yo era un intruso de una civilización ajena, que ellos identificaban con el cristianismo. Sabían que los cristianos habían sojuzgado la mayor parte del mundo musulmán, y que el contacto con su civilización había destruido o modificado de forma profunda en todas partes las creencias, las instituciones y la cultura que ellos amaban. (pp. 325-326)
Bin Kabina estaba sentado a mi lado remendando su camisa. Estaba desgastada y el día anterior se le había hecho un desgarro justo entre los hombros.
-¿Porqué no te pones tu camisa nueva? –le dije en tono irritado, pero no contestó y siguió cosiendo. Le pregunté otra vez, y contestó sin alzar la vista:
-No tengo otra.
-Vi la nueva con las puntadas rojas en tus alforjas hace unos días.
-La regalé.
-¿A quién?
-A Sultan.
-¡Por Dios!, ¿porqué lo hiciste teniendo sólo ese harapo que llevas?
-Me la pidió.
-¡Maldita sea! Le hice un magnífico regalo. De verdad, eres un loco.
-¿Qué querías, que me negase si me lo pedía?
-Desde luego. Podíamos haberle dado unos cuantos dólares más.
-Cuando te he pedido dinero siempre me lo has negado.
Eso era cierto. Varias veces me había pedido dinero prestado para dárselo a gente que lo solicitaba; recientemente me había negado a permitirle que tuviera más para detener esa incesante sangría de un dinero que más tarde necesitaría para sí mismo. Le había comunicado que le daría su parte en Muwaiqih. Probablemente necesitaría el que llevaba conmigo antes de que llegáramos allí. Observé que podía echarme la culpa y decirles que yo no le daba el dinero.
-Tendrás muy buen aspecto si nos encontramos con Yasir, vestido a medias con ese harapo -me quejé.
-¿Tengo que pedirte permiso antes de regalar mis propias cosas?-repuso enfadado. (pp. 414-415)
Me constaba que había realizado mi último viaje por el Territorio Vacío y que una fase de mi vida tocaba a su fin. Aquí en el desierto había encontrado todo lo que deseaba; sabía que nunca lo hallaría de nuevo. Pero no era sólo este dolor personal el que me afligía. Me daba cuenta de que los bedu con los que había vivido y viajado, y en cuya compañía tan bien me había sentido, estaban condenados. Algunas personas mantienen que serán más felices cuando hayan cambiado las penalidades y pobreza del desierto por la seguridad del mundo materialista. Lo dudo mucho. Siempre recordaré cuán a menudo me hicieron sentir consciente de mis propias limitaciones estos pastores iletrados que poseían, en mayor grado que yo, generosidad y valor, resistencia, paciencia y despreocupado heroísmo. Entre ningunas otras personas he experimentado jamás la misma sensación de inadecuación personal.
La última noche, mientras bin Kabina y bin Ghabaisha hacían un atillo con las pocas cosas que habían comprado, Codrai observó:
-Resulta bastante patético que eso sea todo lo que poseen.
Entendí lo que quería decir; había pensado lo mismo a menudo. Pero sabía que para ellos el peligro residía no en las dificultades de su vida, sino en el aburrimiento y la frustración que sentirían si renunciaban a ella. La tragedia era que la elección no sería suya; fuerzas económicas más allá de su control terminarían por arrastrarlos hacia las ciudades, donde holgazanearían por las esquinas como “mano de obra no cualificada”. (p. 435)

 

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Renta, discusión y sustancia

agro

Diferentes interpretaciones de lo que es la renta, dan lugar a análisis distintos sobre las características de economías con importante producción primaria. Sin una correcta definición, se puede sobreestimar su cuantía, y se puede malinterpretar su influencia general sobre la economía, atribuyéndole “capacidades” que no tiene . El objeto de este artículo será intentar acercar el núcleo teórico del debate, como punto de apoyo para quienes estén interesados en profundizar en él. Para esto, vamos a definir el origen y la sustancia de la renta, basándonos en los textos de Marx y la interpretación de Rolando Astarita .

Objeto y problema

En un sentido práctico, en su apariencia inmediata, la renta es la parte de la plusvalía que se apropia el terrateniente. El derecho jurídico del propietario de una tierra, le permite cobrar un canon por su uso…
Pero la mera propiedad territorial no genera renta, dado que no produce valor. Es la actividad productiva, realizada por asalariados y comandada por un empresario arrendatario, la que engendra el ingreso sobre el que se sustrae la parte de la renta.
De este modo, el origen de la renta debe buscarse en las condiciones generales de la producción, dentro de las normas que rigen la producción de valor.

Nada se resuelve con el poder jurídico de estas personas de hacer uso y abuso de porciones del planeta. El uso de estas porciones depende por entero de condiciones económicas, independientes de la voluntad de aquellas personas.(Marx, 1984: 794)

Para ser absolutamente claros en este respecto: cuando Marx se ocupa de señalar que no hay que confundir a la renta verdadera con cualquier canon cobrado por el terrateniente (por ejemplo, un interés sobre el capital fijo invertido en la tierra), al hacer esta distinción, Marx nos quiere explicar cómo la renta tiene un contenido diferente al mero poder jurídico monopólico del terrateniente. La sustancia de que está hecha la renta, es plusvalor, y la magnitud de esa renta, está determinada por la magnitud de la plusvalía generada en cada empresa.
Las condiciones para que ese plusvalor tome la forma de renta, son dos: primero, que la productividad de la empresa basada en una determinada tierra, sea tan alta, que permita producir más valor que la norma, y por lo tanto, que permita obtener una ganancia extraordinaria, tal que supere a la tasa de ganancia media. Asimismo, que el carácter no reproducible de cada tipo de tierra, otorgue un carácter permanente a tal ganancia extraordinaria.
Segundo, si dicha tierra pertenece a un terrateniente, éste exigirá el pago de la parte extraordinaria de esa ganancia, que así toma la forma de renta .
Sin embargo, si el capitalista y el terrateniente son la misma persona, la forma de la renta se vuelve indistinguible de su contenido: la ganancia extraordinaria. Pero el fenómeno no desaparece, sigue existiendo una ganancia extraordinaria que es fruto de que se produzca sistemáticamente más valor en unas tierras que en otras. Éste es el contenido de la renta, y como tal, es lo que debe ser explicado.

Discusión

Sin embargo, a la par de desarrollar la explicación de Marx, cabe hacer lugar a una objeción de autores como Juan Iñigo Carrera (en adelante JIC). La renta existe cuando tierras de igual extensión rinden distintos valores, y tierras con mayor fertilidad natural o artificial producen más valor con igual cantidad de trabajo y capital.
Pero JIC niega que estos diferentes valores constituyan verdadero valor. Afirma que toda cantidad de trabajo igual debe producir una misma cantidad de valor, y por lo tanto, es sólo el valor comercial el que varía:

“Astarita cree que la apropiación de una plusvalía extraordinaria por vender a un precio comercial que se encuentra por encima del valor individual, y por lo tanto, la capacidad para disponer de una mayor porción del producto del trabajo social del que efectivamente se ha aportado individualmente a éste, se alimenta del aire. (…) El valor de una mercancía es la cantidad de trabajo abstracto socialmente necesario que se gastó de manera privada e independiente para producirla” (Iñigo Carreras, 2009: 2 Negritas nuestras)

La causa de esta variación sería el hecho de que en el agro, el precio de producción no está determinado por los costos (más tg media) modales, sino por los costos de la tierra menos fértil, que son los más altos, y por lo tanto, las unidades basadas en tierra más fértil, con costos menores e igual cantidad de trabajo y capital, venden al mismo precio que la unidad menos eficiente y más cara. De hecho en el capítulo 39 del tomo 3, Marx muestra que la existencia de renta diferencial implica que la suma de los precios de producción individuales es inferior a la suma de los valores comerciales, y en seguida agrega que eso constituye un “falso valor social”…
De todo esto, JIC deduce que el valor comercial que realiza en el mercado el producto portador de renta, surge de un intercambio desigual, de menos valor por más valor, una sustracción al valor generado en otros sectores. El mecanismo sería el del encarecimiento de la fuerza de trabajo, hecho que al aumentar los costos de capital variable y reducir la tasa de ganancia, perjudica al capital industrial, que pagaría la mercancía fuerza de trabajo por encima de su valor. También los insumos primarios tendrían que apreciarse “artificialmente”, lo que debería aumentar los precios generales.

La ganancia extraordinaria que se convierte en renta diferencial de la tierra agraria (o minera, etc.) es una apropiación de plusvalía a la que se accede gracias a la productividad diferencial del trabajo aplicado sobre una determinada tierra con una cierta intensidad de capital, a consecuencia de los condicionamientos naturales diferenciales existentes en la misma. Pero la fuente de esta plusvalía no se encuentra en la producción agraria misma (…) Este mayor valor comercial se proyecta sobre el capital desembolsado y sobre el costo de los medios de vida que, de modo más o menos directo, se producen con ellas. De manera que dicho mayor valor entra en la determinación del precio de producción de estos medios de vida y, por lo tanto, en el costo que éstos tienen para sus compradores.(…) Por lo tanto, la renta diferencial portada en los precios de estos medios de vida entra en la determinación del valor de la fuerza de trabajo y, de ahí, en la del salario normal general (…) Desde el punto de vista del conjunto del capital de la sociedad, la renta diferencial constituye un «falso valor social» (…), ya que la misma no encierra contenido alguno de trabajo socialmente necesario gastado privadamente para producir las mercancías agrarias.(…) Esto es, el capital total de la sociedad paga el falso valor social constituido por la renta diferencial a expensas del valor real extraído gratuitamente a sus obreros, o sea, a expensas de su plusvalía. (Iñigo Carreras, 2009: 3-4)
Resolución
La revisión de esta posición debe comenzar por la noción de valor. JIC habla de “tiempo de trabajo socialmente necesario individual”, y de trabajo que “se gastó”, en tiempo pasado, como si fuera lo que constituye el valor. Pero el tiempo real que le haya llevado a una empresa producir su mercancía, no determina por sí mismo su valor, sino que éste está regido por el nivel de productividad de toda la rama. El “tiempo de trabajo socialmente necesario” (en adelante TTSN) es una norma de la que los trabajos individuales se diferencian, y con la cual se comparan, para validarse como tal TTSN y por lo tanto, como valor.
La causa de esto se encuentra en el carácter del valor como mecanismo que emerge de la particular división del trabajo en el capitalismo:

La cuestión del valor en la economía política clásica es la de determinar cómo se regula la distribución del trabajo social entre las distintas actividades en un sistema de productores independientes, es decir, en un marco donde no hay asignación directa, pues la producción social se halla fragmentada en unidades privadas rivales, y donde los productos del trabajo toman la forma de mercancías (son productos para el intercambio). En una producción de este tipo, sin determinación expresa o consciente de la producción social, y por tanto, donde el trabajo individual no es directamente social, el mecanismo regulador asume la forma, por primera vez en la historia, de una ley económica –que llamamos indistintamente ley del valor o modo de producción capitalista– cuyo significado es el de una determinación objetiva de los tiempos de trabajo requeridos socialmente para la producción de cada tipo de mercancía. El modo en que dicho mecanismo opera es sobradamente conocido: en ausencia de coordinación directa, los productores individuales toman libremente sus propias decisiones –acerca de qué, cuánto, cómo y dónde producir–, de tal modo que su supervivencia en la lucha competitiva dependerá en último término de que sean lo suficientemente eficientes en el ahorro de trabajo por valor de uso producido, o lo que es lo mismo, de que operen, en cada caso, de acuerdo a la productividad media vigente que marca la norma del TTSN en cada momento.
Ahora bien, el acierto o no de todas esas decisiones productivas privadas –esto es, la constatación de si los productores operan o no de acuerdo al TTSN– sólo se revela a posteriori con la comparecencia de los productos del trabajo en el mercado, pues es entonces cuando tales decisiones quedan confrontadas con la necesidad de la demanda solvente. Por tanto, es sólo a través del intercambio mercantil como se establece la comparación e igualación de los trabajos privados, homologándolos como auténtico trabajo social, proceso que se expresa como ajuste tendencial del valor de cambio al valor, a la norma del TTSN. Ocurre así que el único modo que tiene una sociedad basada en la producción de mercancías de comprobar cuál es el TTSN pertinente en cada caso no es otro que a través del mercado. No se trata de una segunda determinación (“la demanda”) de la noción de valor, junto a la de la productividad del trabajo (“la oferta”), como interpretan muchos autores, sino del mecanismo por el que se realiza una categoría que se define propiamente en el ámbito de la producción. Es así que la ley del valor constituye un mecanismo de distribución indirecta (a posteriori) del trabajo social total en proporciones que resulten adecuadas para la reproducción ampliada del sistema. Lo que se intercambia bajo la forma precio –o, alternativamente, bajo la forma de determinadas proporciones de mercancías– son cantidades de ese tiempo de trabajo social medio. El modelo completo –que obviamente no podemos desarrollar aquí– da cuenta de la necesidad de un equivalente general, el dinero, como verdadera encarnación del TTSN; todo ello a diferencia de los modelos ricardianos, donde el dinero es un simple numerario dentro de una especie de economía de trueque generalizado. (Nieto Ferrández, 2011: 2-3)
Como explica Marx en el tomo I de El Capital, las mercancías no llevan al mercado, en su corporeidad, un átomo de valor, ningún signo corpóreo del tiempo que ha llevado producirlas, por lo tanto, de nada le valdrá a una empresa tardar el doble en producir cada pieza, no por ello estará produciendo el doble de valor: el “valor” individual no es el valor social.
Por el contrario, como todas las mercancías del mismo tipo son iguales en el mercado, asimismo su valor es el mismo, y éste no se establece antes de su comparación con otras mercancías. El carácter indirecto de la validación social del trabajo, el hecho de no ser directamente reconocido como socialmente necesario, implica la posibilidad y el peligro de haberse realizado inútilmente, cosa que sólo se descubre en el “salto mortal de la mercancía”.
Pero suponiendo correspondencia entre oferta y demanda en el marco de la competencia, los precios se ajustan a los valores más generalizados, que son los “valores individuales” de las empresas modales. Será su productividad modal la que determine cuánto tiempo es socialmente necesario invertir en la producción de una mercancía. El tiempo que se exceda de la norma, será tiempo desperdiciado, no valor. Por lo mismo, una empresa que pueda producir cada unidad en menos tiempo, produce más valor que el correspondiente a sus costos (contables y en trabajo), y el trabajo, aunque más breve, es más eficiente, tiene una mayor potencia creadora de valor, comparado con la media. Éste es el famoso “trabajo potenciado”, del capítulo 10 del tomo 1 de El Capital, sobre el que luego volveremos. La cantidad de trabajo que “se gastó”, la suma de gasto de energía que se haya incorporado a una mercancía en el pasado, no determina el valor, sino que éste depende de la cantidad de TTSN que rige en el presente como norma, para reproducir esa mercancía.
En definitiva, para sostener la noción de valor de JIC, hay que suponer que es una sustancia física que portan las mercancías, y que por lo tanto es equivalente exactamente a la cantidad de trabajo físico que ha sido incorporado en ellas. Pero a esto es pertinente la misma crítica que sufrieron los fisiócratas y ricardianos: no puede dar cuenta de la creación de valor mediante la mera transformación de la materia, sin adición de unidades físicas al valor de uso, y se pierde la distinción entre valor de uso y valor, como dijimos antes al señalar la imposibilidad de que el valor de uso “denuncie” en su cuerpo, cuánto valor porta.
La razón de que esto sea así, es que el valor es una relación social que se objetiviza en la relación mercantil, y el trabajo, aunque sea gasto de energía, sólo vale para la sociedad, en tanto pueda cumplir los parámetros sociales que lo validan como socialmente necesario, mediante mecanismos indirectos: el trabajo individual no es directamente social, sino indirectamente social, a través de la objetivación mercantil. (Si olvidamos el uso de la idea de “TTSN individual”, y suponemos que JIC en realidad sólo quiso referirse al valor individual, es decir al tiempo de trabajo insumido en forma individual, la crítica es la misma).Aclarado lo anterior, es fácil abordar el siguiente paso del argumento de JIC.
Si creyéramos que los valores individuales fueran los verdaderos, independientemente de la media social, y las empresas menos eficientes generaran más valor que las más eficientes, y por lo tanto, aún en las condiciones en que la competencia y la libre movilidad de capitales permiten que el precio se ajuste al valor de las empresas modales, y así se forme el valor medio (el valor social real para nosotros, no para JIC) de la rama; si aún en estas condiciones “normales” existiese una apropiación de valor por parte de las empresas más eficientes, que venden a un valor social superior a su valor individual, a costa de las empresas menos eficientes, o en su defecto, a costa de otras ramas…
Pues bien, si ése fuera el caso normal en la interpretación de JIC, cuánto mayor sería la sustracción de valor, si sucediera, como pasa en el agro, que el precio de producción no puede ser regulado por las empresas modales, debido al hecho de que hay condiciones naturales de producción que no pueden ser reproducidas por la simple agregación de inversiones. Si el precio de producción está regulado, pues, por la productividad de la empresa basada en la peor tierra, entonces, todas las demás empresas, cuya productividad es superior en diversos grados, venderán a un valor comercial superior a sus respectivos valores individuales.
Esto último, la diferencia entre valor comercial y valor individual, es efectivamente así, resta interpretar si por algún motivo esto implica transferencias de valor, o si simplemente ocurre lo mismo que en otras ramas. Para esto, veremos cómo aplica Marx la noción de trabajo potenciado, al agro.En el capítulo 38 del tomo 3, Marx elige explicar el carácter de la renta a partir del ejemplo de un sector industrial, para demostrar así su carácter general. Postula una industria en la que las empresas utilizan máquinas de vapor como regla general, y que por representar el nivel de productividad predominante, determinan el valor social. Añade la existencia de algunas empresas basadas en tierras en las cuales pueden aprovechar la energía de saltos de agua, en lugar del vapor. Estas empresas disfrutan de una ventaja, la misma que normalmente usufructúan las que potencian su productividad por medio de mayores inversiones en capital fijo.
Éstas también, como toda actividad humana, utilizan fuerzas naturales que no pagan y que se combinan con el esfuerzo puramente humano… Entonces no reside en eso la diferencia. En este caso, sólo habrá una particularidad: mientras que los menores costos y la mayor productividad pueden ser emulados eventualmente por toda la rama si su causa es la inversión, en cambio, en la situación del ejemplo, la mayor eficiencia proviene de una productividad basada en una fuerza natural que no puede reproducirse, que está limitada a ciertos puntos del territorio.

Emana de la mayor fuerza productiva natural del trabajo, vinculada a la utilización de una fuerza natural, pero no de una fuerza natural que esté a disposición de cualquier capital en la misma esfera de producción, como por ejemplo la elasticidad del vapor.(Marx, 1984: 829)
Por lo tanto, la diferencia entre la ganancia extraordinaria típica y la renta, se reduce a que esta última tiene carácter permanente, al menos hasta que no sea superada su ventaja por innovaciones posteriores en el resto de la rama.
Esta ganancia extraordinaria, o renta si es el caso, no altera el precio, sino que lo presupone, y aprovecha su ventaja para maximizar la ganancia.
Como vimos, no consiste en una violación de la ley del valor, sino en una forma de su funcionamiento normal. Marx insiste en ello, al explicar en el mismo capítulo, que es el mecanismo de formación de precios a partir de los valores, el responsable de que sistemáticamente, y no sólo en el agro, sean distintos los valores individuales, de los valores sociales:

Si los diferentes valores no se compensasen para formar los precios de producción, y los diversos precios de producción individual no se compensasen para formar un precio de producción general, regulador del mercado, entonces el mero incremento de la fuerza productiva del trabajo en virtud del empleo de la caída de agua sólo reduciría el precio de las mercancías producidas con la caída de agua, sin elevar la parte de ganancia ínsita en esas mercancías, exactamente de la misma manera en que, por otra parte, este incremento en la fuerza productiva del trabajo no se convertiría de ningún modo en plusvalor si el capital no se apropiase de la fuerza productiva, natural y social, del trabajo que emplea, como si fuese suya propia.(Marx, 1984: 831)

Otra vez, el valor no es directamente proporcional al tiempo de trabajo. Esta cita de Marx le da sentido a aquello del “falso valor social” del capítulo 39, que ha causado tantos enredos, y que es lo último que nos toca explicar. Veamos:

“En general, al considerar la renta diferencial debe observarse que el valor de mercado se halla situado siempre por encima del precio global de producción de la masa de productos” (…)
“Es ésta la determinación mediante el valor de mercado, tal como el mismo se impone sobre la base del modo capitalista de producción, por medio de la competencia; ésta engendra un valor social falso. Eso surge de la ley del valor de mercado, a la cual se someten los productos del suelo. La determinación del valor de mercado de los productos, es decir también de los productos del suelo, es un acto social, aunque socialmente inconsciente y no intencional, que se basa de manera necesaria en el valor de cambio del producto y no en el suelo ni en las diferencias en su fertilidad. Si se imagina abolida la forma capitalista de la sociedad, y la sociedad organizada como una asociación consciente y planificada, los 10 quarters representarían una cantidad de tiempo de trabajo autónomo igual a la que se halla contenida en 240 chelines. Por consiguiente, la sociedad no compraría ese producto del suelo por una cantidad 2 veces y media mayor que el tiempo de trabajo real que se encierra en él; con ello desaparecería la base de una clase de terratenientes. Esto obraría exactamente igual que un abaratamiento del producto por igual monto en virtud de una importación extranjera.”(Marx, 1984: 848-849)
Recordemos que los precios de producción pueden ser inferiores o superiores a sus respectivos valores, dependiendo de la composición orgánica relativa . Si en el agro, una baja composición orgánica determina que los precios de producción sean inferiores a los valores propios de la rama (supuesto de Marx que habría que medir en la actualidad) entonces el hecho de que tales precios de producción sean asimismo inferiores a sus valores comerciales, no implica que éstos sean superiores también a los valores. En el caso de la renta absoluta, Marx trabaja con la idea de que los valores comerciales son, al mismo tiempo, superiores a los precios de producción, pero inferiores al valor.
De este modo, la referencia al “falso valor social” queda claramente ligada a la “determinación mediante el valor de mercado, tal como el mismo se impone sobre la base del modo capitalista de producción, por medio de la competencia” como algo opuesto a lo que sucedería en una economía socialista, no como opuesto a lo que sucede en otras ramas.Esperamos que a la luz de las explicaciones anteriores, estas últimas citas puedan ser interpretadas de una forma distinta a la del sobreprecio y las consecuentes sustracciones de valor.
También podemos hacer notar que, bajo el supuesto de un encarecimiento de los medios de vida de la fuerza de trabajo, éste se entiende dentro de los mecanismos de la ley del valor, por variaciones en los costos de producción, y el efecto es el de una caída de la tasa de ganancia de los capitalistas, no necesariamente una suba generalizada de precios.
Del mismo modo, la variación de los precios de los insumos, aunque cause subas de precios, tampoco es exclusividad de los avatares del agro, y aunque lo fuera, como hemos visto, no se explicaría de modo diferente a como se explica cualquier variación en las relaciones de precios.Este debate se bifurca mucho más allá de lo que puede exponerse aquí, en múltiples intercambios entre varios autores, entre los cuales, evidentemente, acordamos con la interpretación que hace Astarita de la obra de Marx. Solamente aspiramos a introducir el núcleo de la discusión.
Como palabras finales, vale hacer notar que la interpretación de la renta de JIC no se ocupa de refutar la teoría de Marx, ni su teoría general del valor, ni su explicación de la renta. Simplemente se construye un aparato teórico divergente del de Marx, bajo la bandera marxiana, sin reconocer las contradicciones. Esto es un inconveniente para la continuación del debate.

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1 ) Por ejemplo, hay quienes sostienen que las variaciones de la renta son las que determinan los ciclos de tipo de cambio alto o bajo en Argentina. A lo que responde Astarita en su “Respuesta al profesor Iñigo Carrera”(Astarita, 2009).
Sobre la cuantía de la renta, un trabajo de E. Maito (2015) critica por sobreestimadas, las mediciones de Iñigo Carrera.

2 ) Según un trabajo de Caligaris (2014), en el que ordena mucha bibliografía pertinente al debate, la interpretación de Astarita estaría en la línea que (desde Marx y pasando por Lenin, diríamos nosotros) fue tomada por la ortodoxia soviética, mientras que la línea que sigue Juan Iñigo Carrera, se habría iniciado en Laclau.

3 ) A largo plazo, la clase de los terratenientes tiende a apropiarse de toda la ganancia extraordinaria, en forma de renta. Sin embargo, en el corto plazo, los contratos de arriendo pueden durar lo suficiente como para que una inversión del arrendatario pueda redundar en un aumento de la productividad, que pueda ser usufructuado por él mismo. Mientras dure el período del contrato de arriendo, estará a salvo de la competencia de otros empresarios que quieran arrendar la tierra. El canon que debe pagar se mantendrá fijo, mientras que sus posibles aumentos de rentabilidad, le pertenecerán exclusivamente a él. Sin embargo, en cuanto finaliza el contrato de arriendo, la fertilidad aumentada se vuelve propiedad del terrateniente, y por lo tanto, las nuevas negociaciones de arrendamiento, se harán en base a estas nuevas condiciones, lo que equivale a decir que el nuevo monto de la renta será superior al anterior. En este proceso, la clase terrateniente tiende a apoderarse de toda la ganancia extraordinaria, pero asimismo algunos arrendatarios tienen la posibilidad de beneficiarse por encima de la tasa de ganancia media, en lapsos determinados.

4 ) Ver nota a pie de página nº 2.

5 ) Recordemos que el tiempo de trabajo socialmente necesario no es sólo el que cuesta, en promedio, producir una mercancía, sino también qué cantidad de tal mercancía puede digerir el “estómago” de la sociedad: “Pero si el valor de uso de una mercancía en particular depende de que la misma satisfaga, de por sí, una necesidad, en el caso de la masa social de los productos de esa mercancía depende de que la misma sea adecuada a la necesidad social cuantitativamente determinada de cada tipo de producto en particular, y por ello el trabajo se halla proporcionalmente distribuido entre las diversas esferas de la producción en la proporción de estas necesidades sociales, que se hallan cuantitativamente circunscritas. (Incorporar la consideración de este punto al tratar la distribución del capital entre las diversas esferas de la producción.) La necesidad social, es decir, el valor de uso elevado a la potencia social, aparece aquí como determinante de la cuota del tiempo global de trabajo social correspondiente a las diversas esferas de la producción en particular. Pero sólo se trata de la misma ley que se manifiesta ya en la mercancía individual, a saber, la de que su valor de uso es un supuesto de su valor de cambio, y por ende de su valor. Este punto sólo tiene que ver con la relación entre trabajo necesario y plustrabajo en la medida en que al afectar esta proporción no pueda realizarse el valor de la mercancía, y por ende tampoco el plusvalor que en ella se encierra. Por ejemplo, supongamos que se hayan producido, proporcionalmente, demasiadas telas de algodòn, aunque en este producto global de telas sólo se realiza el tiempo de trabajo necesario para ello bajo las condiciones dadas. Pero en general se ha desembolsado demasiado trabajo social en este ramo particular; es decir, que una parte del producto es inútil. Por eso, la totalidad sólo se vende como si hubiese sido producida en la proporción necesaria. Esta limitación cuantitativa de las cuotas, aplicables a las diversas esferas en particular de la producción, del tiempo social de trabajo, sólo constituye la expresión ulteriormente desarrollada de la ley del valor en general, pese a que el tiempo de trabajo necesario implica aquí un sentido diferente. Sólo una determinada cantidad del mismo resulta necesaria para la satisfacción de las necesidades sociales. La limitación se produce aquí en virtud del valor de uso. Bajo las condiciones de producción dadas, la sociedad sólo puede utilizar determinada cantidad de su tiempo global de trabajo para esta clase de producto en particular.” (Marx, 1984: 817-818)

6 ) Resumimos cómo se forman los precios de producción en El Capital: si cada tipo de mercancía se vendiera a un valor proporcional al tiempo de trabajo socialmente necesario que cuesta producirla, entonces las ramas con mayor proporción de trabajo vivo sobre trabajo muerto (capital variable sobre capital constante), al producir más valor, generarían mayor plusvalor que las otras ramas. Pero si los capitales tienen libre movilidad, es natural que de las ramas menos rentables éste fluya hacia las más rentables. Es decir, que de las ramas con mayor composición orgánica, tiende a fluir el capital hacia las ramas con menor composición orgánica… Este proceso se mueve en esa dirección, hasta que el aumento de inversiones en las ramas atrasadas, hace que aumente la oferta de ese tipo de mercancías. Esto continúa hasta que ocasiona una baja de los precios de este tipo de mercancía, hasta el punto de disminuir la rentabilidad de la rama, hasta el nivel en que su tasa de ganancia se equipara con la de las otras ramas de similar tamaño. Un precio en este nivel, es el llamado precio de producción. En tal momento el flujo de inversiones deja de tener razón de ser, y el resultado final, o la tendencia, es que todas las ramas de similar tamaño obtengan una misma tasa de ganancia, independientemente de la cantidad de valor que hayan generado internamente. Al mismo tiempo, al frenarse o huir la inversión de las ramas con mayor composición orgánica, el precio de sus mercancías tiende a subir por falta de oferta, lo que hace aumentar la tasa de ganancia. Como resultado de esto, hay ramas en las que el precio de producción es más bajo de lo que sería el precio proporcional al valor, porque son las de menor composición orgánica, mientras que lo opuesto ocurre con las ramas con mayor composición orgánica. Los precios de producción distintos a los precios proporcionales a los valores son la norma, no la excepción, ya que existen distintas composiciones orgánicas entre ramas. A su vez, es alrededor de los niveles de los precios de producción, como de “centros de gravedad”, que se mueven los precios de superficie, en respuesta a las variaciones circunstanciales de la oferta y la demanda.
Como curiosidad, podemos agregar que se debe a este mecanismo, el hecho de que los vinos añejos sean más caros que los nuevos: simplemente insumen más capital constante.

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Bibliografía

Astarita, Rolando (2009): “Respuesta al profesor Juan Iñigo Carrera” http://rolandoastarita.com/novRespuestaaInigocarrera.htm Última consulta 25/02/2016

Caligaris, Gastón (2014): “Dos debates en torno a la renta de la tierra y sus implicancias para el análisis de la acumulación de capital en la Argentina” http://revistaryr.org.ar/index.php/RyR/article/view/518 Última consulta 25/02/2016

Iñigo Carrera, Juan (2009): “Renta agraria, ganancia del capital y tipo de cambio: respuesta a Rolando Astarita” http://www.ips.org.ar/wp-content/uploads/2011/04/Juan_Inigo_Carrera_Respuesta_a_Astarita_sobre_renta.pdf Última consulta 25/02/2016

Maito, Esteban Ezequiel(2015): “Valor, capital industrial y renta del suelo” http://www.academia.edu/10173455/Maito_Esteban_Ezequiel_-_Valor_capital_industrial_y_renta_del_suelo Última consulta 25/02/2016

Marx, Karl (1984): “El Capital”, tomo 3, Siglo XXI, 3a edición.

Nieto Ferrández, M. (2011): “Valor y productividad en la teoría del valor-trabajo” https://marxismocritico.com/2011/10/23/valor-y-productividad-en-la-teoria-del-valor-trabajo/ Última consulta 25/02/2016

https://revistapropuestamarxista.files.wordpress.com/2016/07/rpm2a4.pdf

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