Arenas de Arabia

Wilfred Thessiger fue un viajero inglés que recorrió el cuerno de África y el desierto de Arabia desde los años 30. Recopiló sus experiencias entre los bedu en un libro hermoso llamado Arenas de Arabia, del que extraigo los fragmentos que siguen con la intención de mostrar (como aquí) la enorme variabilidad de la experiencia humana, de las costumbres y formas de relacionarse, de modo de no caer en la naturalización de nuestro modo de vida actual. Prefiero no añadir comentarios a cada extracto:

compañeros de viaje

Las sucesivas civilizaciones cuya prosperidad hizo que los romanos llamaran a esta parte de Arabia Arabia Felix se habían dado más hacia el oeste. Los mineos habían desarrollado una civilización ya en el año 1000 a.C., en la parte nororiental del Yemen. Eran comerciantes, con colonias que llegaban por el norte hasta Maan, cerca del golfo de Aqaba, y dependían para su prosperidad del incienso de Zufar que comercializaban en Egipto y Siria. Fueron sucedidos por los sabeos, a quienes a su vez sucedieron los himiaritas. Esta civilización de Arabia del Sur, que subsistió mil quinientos años, llegó a su final a mitad del siglo VI a.C., pero mientras duró esta tierra remota adquirió una reputación de riqueza fabulosa. Durante siglos Egipto, Asiria y los Seleucidas maquinaron y lucharon para controlar la ruta del desierto a lo largo de la cual se transportaba el incienso hacia el norte, y en el año 24 a.C. el emperador Augusto envió un ejército a las órdenes de Aello Gallo, prefecto de Egipto, para conquistar las tierras donde se originaba esta valiosa goma. El ejército marchó hacia el sur durante mil quinientos kilómetros, pero la falta de agua acabó por forzar la retirada. Ésta ha sido la única vez en que una potencia europea haya intentado jamás invadir Arabia.
Al entrar en Salalah pasé una pequeña caravana, dos hombres con cuatro camellos atados en fila, y cuando le pregunté al guarda que me acompañaba me dijo que los camellos llevaban mughur o incienso. Hoy, sin embargo, el comercio es pequeño y de escaso valor, de importancia pareja en el mercado de Salalah a la compra y venta de cabras y leña. (pp 59-60)

Mientras hablaba con Amair, uno de los esclavos del wali se acercó y me dijo con malos modos que me estaba prohibido hablar con desconocidos. Le contesté que Amair no lo era y que se ocupara de sus asuntos. Se alejó refunfuñando. Los esclavos que pertenecen a hombres de importancia son con frecuencia despóticos y maleducados, y se aprovechan de la posición de sus señores. Los árabes tienen pocos prejuicios, si es que tienen alguno, respecto al color de la piel: socialmente tratan a un esclavo, por negro que sea, como a uno de los suyos. En cierta ocasión, me hallaba yo en el Heyaz sentado en el salón de audiencias de un amir que era pariente de Ibn Saud, cuando un anciano negro ricamente ataviado que pertenecía al rey hizo su entrada en la habitación. Tras alzarse para darle la bienvenida, el amir sentó a este esclavo a su lado, y durante la cena le sirvió con sus propias manos. Los gobernantes árabes encumbran a los esclavos a posiciones de gran poder, y a menudo confían en ellos más que en sus propios parientes. (pp. 102-103)

Siempre hay problemas si la carne no se divide en lotes. No pasa mucho tiempo sin que alguien diga que se le ha dado más de lo que le toca y trata de pasarle un trozo a otra persona. A ello siguen grandes discusiones y grandes juramentos por Dios, en los que todo el mundo insiste en que se le ha dado demasiado, llegándose finalmente a un punto muerto que sólo puede arreglarse dividiendo la carne en lotes… como debía haberse hecho en primer lugar. Nunca he oído a un hombre protestar por haber recibido menos de lo que le tocaba. Tal comportamiento sería inconcebible en un bedu, porque tienen gran cuidado en no parecer nunca avariciosos, y son rápidos a la hora de notar que alguien lo es. Recuerdo la historia de un muchacho bedu pobrísimo quien contó a su madre que le gustaba cenar cuando no había luna porque así sus compañeros no podían ver cuánta comida cogía. Su madre le aconsejó:
-Siéntate con ellos en la oscuridad y corta un pedazo de cuerda con la hoja de tu cuchillo puesta del revés.
El muchacho así lo hizo aquella misma noche. No había luna y estaba muy oscuro, pero en cuanto cogió el cuchillo una docena de voces gritaron:
-¡Lo has cogido del revés! (pp. 113-114)

Fue una extraña coincidencia que en el momento en que, con la ayuda de armas modernas, se ponía bajo control a los bedu del desierto de Siria, en Arabia central reinara el rey más grande de toda su historia. Abd al Aziz Ibn Saud ya había roto y metido en cintura a las tribus más poderosas de la península antes de introducir un solo coche o aeroplano en su reino. La paz que había impuesto normalmente habría desaparecido con su muerte, y el desierto habría revertido al estado de anarquía necesario a la sociedad bedu; pero yo sabía que las innovaciones mecánicas que había introducido permitirían a sus sucesores mantener el control por él establecido. (…)
La sociedad en la que viven los bedu es tribal. Todo el mundo pertenece a una tribu y todos miembros de la misma tienen algún grado de parentesco puesto que descienden de un antepasado común. Cuanto más cercano es éste tanto mayor es la lealtad que un hombre siente por los integrantes de su grupo, y dicha lealtad está por encima de los sentimientos personales, salvo en casos extremos. En tiempos de necesidad un hombre apoya instintivamente a los miembros de su tribu, lo mismo que hacen ellos cuando él se encuentra en el mismo caso. No hay seguridad en el desierto para un individuo fuera de ese marco; ello hace posible que la ley tribal, basada en el acuerdo común, funcione entre la raza más individualista del mundo, ya que un hombre que se niegue a aceptar una decisión de la tribu puede, en última instancia, ser condenado al ostracismo. Es por tanto un hecho, por paradójico que parezca, que la ley tribal sólo puede funcionar en condiciones de anarquía, y se quiebra en cuanto se impone la paz en el desierto, ya que en condiciones de paz un hombre que no está conforme con una sentencia puede negarse a aceptarla, y si es necesario puede abandonar la tribu y vivir solo. No existe una autoridad central en el seno de la misma que pueda hacer cumplir la sentencia.
En el norte y centro de Arabia, la economía de la vida bedu se derrumbaba, al tiempo que se rompía la estructura de la vida tribal a consecuencia de la paz impuesta a las tribus y las interferencias administrativas desde el exterior. (…)
El descubrimiento de petróleo en el Golfo Pérsico había traído enormes riquezas a Arabia. Debido en parte a ello y en parte a la guerra, los precios en las ciudades se habían incrementado. En el desierto, los bedu necesitaban muy poco para mantenerse vivos. Sus rebaños les proveían de comida y bebida, pero tenían ciertas necesidades que no podían proporcionarse a sí mismos. Necesitaban ropas y cacharros de cocina, cuchillos, munición, cargamentos ocasionales de dátiles o grano, y lujos tan simples como un puñado de café o un poco de tabaco. Para conseguir todo esto iban a los mercados de los pueblos o ciudades y vendían un camello o una cabra, un poco de mantequilla, odres para agua, alfombrillas o alforjas. La vida en el desierto dejó de ser posible cuando los artículos, por más que escasos absolutamente esenciales, que los bedu habían podido comprar hasta entonces a cambio de los productos del desierto se volvieron demasiado caros para poder permitírselos, y cuando ya nadie necesitó las cosas que ellos producían.
Los bedu adoraban el dinero; hasta el mero hecho de manipularlo parecía emocionarles. Hablaban de él sin cesar. Discutían sobre el precio de un turbante o una cartuchera varias veces durante días.(…) A veces encontraba tediosa su preocupación por el dinero y les reprendía por su avaricia, y ellos contestaban:
-Es muy fácil para ti, que lo tienes en abundancia, pero para nosotros unos cuantos riyals pueden significar la diferencia entre morirse de hambre o no.
En los campos de petróleo los bedu encontraron el dinero con que soñaban. Podían ganar grandes sumas sentándose a la sombra a vigilar un depósito, o realizando trabajos que eran desde luego más fáciles que abrevar camellos sedientos en un pozo casi seco en mitad del verano. Había abundancia de buena comida, agua dulce en cantidad y muchas horas de sueño. Pocas veces habían tenido estas cosas con anterioridad, y ahora además les pagaban la ganga. Su amor a la libertad y la efervescencia que bullía en su sangre devolvió a la mayoría de ellos al desierto, pero la vida en él se volvía cada vez más difícil. Pronto se haría del todo imposible.
Aquí en el sur los bedu todavía no se habían visto afectados por los cambios económicos en el norte, pero yo sabía que no podrían escapar durante mucho tiempo a las consecuencias. Me parecía trágico que, por circunstancias que estaban más allá de su control, se convirtieran en parásitos proletariados acoclados alrededor de campos de petróleo entre la mugre y las moscas de ciudades-chabola en uno de los países más estériles del mundo. (pp. 123-127)

Por la tarde di a bin Kabina las ropas que le había traído y la daga de repuesto que llevaba en la alforja. Se la ciñó con orgullo. Un extraño habría supuesto que lo adecuado era mostrar agradecimiento, pero ésa no era la costumbre entre los árabes. Había aceptado mi regalo y no había necesidad de palabras. Habría otras formas de expresar su gratitud. (p. 141)

Acto seguido bin Mautlauq habló de la incursión en la que mataron al joven Salí. Él y otros catorce compañeros habían sorprendido a un pequeño rebaño de camellos saar. Los pastores habían lanzado dos disparos antes de escapar en los camellos más rápidos, y uno de tales tiros había alcanzado a Sahail en el pecho. Bakhit sostuvo a su hijo moribundo entre sus brazos mientras volvía cabalgando por la llanura con los siete camellos capturados. Sahail fue herido a media mañana, y vivió hasta la puesta de sol, implorando un agua que no tenían. Cabalgaron toda la noche para escapar a la inevitable persecución. Al amanecer vieron algunas cabras, y un pequeño campamento saar bajo un árbol en un valle poco profundo. Una mujer batía mantequilla en un cuenco, y un zagal y una zagala muñían las cabras. Había algunos niños pequeños sentados bajo el árbol. El muchacho fue el primero en verles e intentó escapar, pero ellos lo acorralaron contra un derrumbadero no muy alto. Debía de tener unos catorce años, un poco más joven que Sahail, e iba desarmado. Cuando se vio rodeado se metió los pulgares en la boca en señal de rendición, y pidió misericordia. Nadie contestó. Bakhit se deslizó del camello, sacó su daga y se la clavó al muchacho en las costillas. Éste cayó a sus pies, con el gemido “¡Oh padre mío! ¡Oh padre mío!”, y Bakhit no apartó la vista de él hasta que murió. Volvió a subir entonces a su silla, suavizado en parte su dolor por el asesinato que acababa de cometer. (…)
Vengativa como podía ser esta antiquísima ley de ojo por ojo y diente por diente, no por ello se me escapaba que ella y sólo ella impedía el asesinato a gran escala entre gentes que no estaban sometidas a una autoridad exterior, y que tenían pocos miramientos con la vida humana; porque ningún hombre implica por una fruslería a toda su familia o tribu en una deuda de sangre. Recordé que, en 1935, Glubb, describiendo a los bedu del norte, había escrito: “Resultaba curioso pensar que incluso en los anárquicos días en que imperaba el caos tribal en la Arabia desgobernada anterior a la ascensión de los Akhwan, o al actual establecimiento de la ley y el orden, había probablemente menos miedo y aprensión en el extranjero de lo que hay hoy en día en la pacífica Inglaterra”. Era fácil quedar impresionado por la falta de respeto de los bedu hacia la vida humana. Después de todo, mucha gente piensa hoy que es moralmente indefendible colgar a un hombre, incluso si ha violado y matado a un niño, pero yo no podía olvidar lo fácilmente que habíamos cobrado afición a matar durante la guerra. Algunas de las personas más civilizadas que yo conocía habían demostrado la mayor pericia. (pp. 142-143)

Por la mañana bin Kabina fue con uno de los bait imani a recoger nuestros camellos, y cuando volvió noté que ya no llevaba taparrabos debajo de la larga camisa. Le pregunté dónde estaba y dijo que lo había regalado. Protesté que no podía viajar sin llevar uno por los territorios habitados del otro lado de las Arenas ni en Omán, y que no tenía otro que darle. Añadí que debía recuperarlo, pasándole algo de dinero para que se lo diera al hombre a cambio. Arguyó que no podía hacer eso.
-¿De qué le va a servir el dinero en las Arenas? Quiere un taparrabos- refunfuñó, pero al final fue a hacer como le decía. (p. 181)

Sabía también que al Auf no había hablado en forma retórica cuando dijo que Dios era su compañero. Para estos bedu, Dios es una realidad, y la convicción de su presencia les infunde valor para soportarlo prácticamente todo. Dudar de su existencia sería para ellos tan inconcebible como blasfemar. La mayoría reza de forma regular, y muchos observan el ayuno del Ramadán (…)
Estos bedu no son fanáticos. Una vez viajaba con un grupo importante de rashid, uno de los cuales me sugirió:
-¿Porqué no te haces musulmán y entonces serías uno de nosotros de verdad?-. Ante lo que yo repuse:
-¡Que Dios me proteja del Diablo!
Se echaron a reír. Esta invocación es la que los árabes utilizan de forma invariable para rechazar algo vergonzoso o indecente. No me habría atrevido a usarla jamás de haber sido otros los árabes que me hubieran formulado esa pregunta, pero el hombre que había hablado no habría dudado en utilizarla si hubiera sugerido yo que se hiciera cristiano. (pp. 188-189)

Nos sentamos en un círculo de hambrientos a contemplar cómo preparaba bin Kabina la liebre, y a dar consejos. Crecía la expectación, porque hacía ya más de un mes que no comíamos carne, a excepción de la liebre que al Auf había matado cerca de Uruk al Shaiba. Probamos la sopa y decidimos dejarla cocer un poco más. Entonces bin Kabina alzó la vista y gimió:
-¡Dios! ¡Huéspedes!
Cruzando las arenas hacia nosotros venían tres árabes. (…)
Les saludamos y preguntamos qué noticias traían, preparamos café para ellos, y entonces Musallim y bin Kabina sirvieron la liebre y el pan y los pusieron ante ellos, añadiendo con toda la apariencia de sinceridad que eran nuestros invitados, que Dios les había traído, que hoy era un día bendito, y un buen número de comentarios similares. Nos pidieron que comiéramos con ellos pero nos negamos, repitiendo que eran nuestros invitados. Espero no haber tenido un aspecto tan homicida como los pensamientos que abrigaba mientras me unía a los otros asegurándoles que Dios los había traído a esta ocasión venturosa. Cuando hubieron acabado, bin Kabina puso un pegajoso montón de dátiles en un plato y nos llamó a comer.
Sintiéndome de muy mal humor me eché a dormir, pero me resultó imposible. (…) Reflexioné sobre esta hospitalidad del desierto y la comparé con la nuestra. Recordé otros campamentos en que había dormido, pequeñas tiendas en el desierto de Siria a las que había llegado por casualidad y en las que había pasado la noche. Hombres famélicos vestidos de harapos y niños de aspecto hambriento me habían acogido y dado la bienvenida con las sonoras frases del desierto. Más tarde habían puesto un gran plato ante mí, montones de arroz alrededor de un cordero sacrificado en mi honor, sobre el cual mi anfitrión derramaba dorada mantequilla líquida hasta que desbordaba en la arena; y cuando yo protestaba diciendo “¡Basta! ¡Basta!” contestaban que yo era cien veces bienvenido. Su pródiga hospitalidad siempre me había hecho sentir incómodo, porque sabía que por culpa de ella pasarían hambre durante días. Cuando me marchaba, sin embargo, conseguían que lo hiciera con el casi convencimiento de que les había hecho un gran favor quedándome con ellos. (pp. 222-223)

La noche anterior bin Kabina me había dicho que este hombre estaba enfermo, y me había acompañado al lugar donde yacía, detrás de una roca (…) Ahora estaba tendido donde había caído, y nadie le prestaba atención. No le encontré el pulso. Llamé a bin Kabina, y ambos lo levantamos y depositamos sobre una alfombra, donde lo cubrimos con mantas; los otros ni se fijaron (…). Tres días después se separó de nosotros, bastante recuperado.
Este incidente me dejó impresa la indiferencia de los bedu hacia la vida humana. El hombre estaba enfermo y si Dios lo ordenaba así, moriría. Era un extraño que procedía de una tribu sin ninguna relación con la suya. Que fuera un ser humano como ellos no hizo que nadie se interesara por él. Su muerte no les afectaba en forma alguna. Y sin embargo su código exigía que, por indeseado que fuera, lucharan en su defensa si alguien le atacaba mientras estuviera en su compañía. (p. 254)

La creencia general entre los ingleses de que los árabes mantienen encerradas a sus mujeres es cierta por lo que respecta a muchas de ellas en las ciudades, pero no entre las tribus. (…)
Sabía que en el resto del mundo árabe los familiares de una muchacha inmoral o, como ocurre en algunos lugares, de la que tan sólo se sospecha que lo es, la matan para proteger el honor familiar. Un inglés me contó un caso trágico (…).
Referí esta historia a mis compañeros y todos mostraron su desaprobación, y el viejo bin Kalut apostilló que era bárbaro matar a una muchacha incluso si había sido inmoral, y que entre ellos esas cosas no ocurrirían jamás. (p. 255-257)

Mientras escuchaba pensé de nuevo en lo precaria que era la existencia de los bedu. Su modo de vida les volvía fatalistas de forma natural: había tanto que escapaba a su control… Era imposible que previnieran un mañana cuando todo dependía de una lluvia fortuita, o cuando los bandidos, la enfermedad, cualesquiera de los mil y un sucesos impredecibles podían desposeerles de todo o acabar incluso con su vida en cualquier momento. Hacían lo que podían y no había otro pueblo más autosuficiente, pero si las cosas iban mal aceptaban su destino sin amargura, y con dignidad, como resultado de la voluntad de Dios. (p. 297)

La tarde siguiente, al ver negros nubarrones amontonándose al oeste, pregunté a Muhammad, sin pensar, si llovería, y él replicó de inmediato:
-Sólo Dios lo sabe.
Debía haber anticipado que aquélla sería la respuesta. Ningún bedu expresará jamás una opinión sobre el tiempo, ya que hacerlo sería reivindicar un conocimiento que pertenece a Dios. Le conté que en Inglaterra unos hombres sabios podían predecir el tiempo, pero ello bordeaba la blasfemia y él exclamó:
-Busco refugio del Diablo en Dios. (p. 322)

Algunos de ellos horrorizaron a mis compañeros al preguntarles por qué no me habían asesinado en el desierto para escapar con mis posesiones. Bin Kabina no cesaba de decir:
-Son perros e hijos de perros. Dicen que eres infiel, pero tú eres cien veces mejor que unos musulmanes como éstos.
Layla había sido uno de los baluartes de los akhwan, una hermandad religiosa militante dedicada a la purificación y unificación del Islam. (…)
En los primeros días del islam, cuando todavía nadie ponía en cuestión su fe, los árabes eran notablemente tolerantes en materia de religión. Pero para la gente de Layla yo era un intruso de una civilización ajena, que ellos identificaban con el cristianismo. Sabían que los cristianos habían sojuzgado la mayor parte del mundo musulmán, y que el contacto con su civilización había destruido o modificado de forma profunda en todas partes las creencias, las instituciones y la cultura que ellos amaban. (pp. 325-326)
Bin Kabina estaba sentado a mi lado remendando su camisa. Estaba desgastada y el día anterior se le había hecho un desgarro justo entre los hombros.
-¿Porqué no te pones tu camisa nueva? –le dije en tono irritado, pero no contestó y siguió cosiendo. Le pregunté otra vez, y contestó sin alzar la vista:
-No tengo otra.
-Vi la nueva con las puntadas rojas en tus alforjas hace unos días.
-La regalé.
-¿A quién?
-A Sultan.
-¡Por Dios!, ¿porqué lo hiciste teniendo sólo ese harapo que llevas?
-Me la pidió.
-¡Maldita sea! Le hice un magnífico regalo. De verdad, eres un loco.
-¿Qué querías, que me negase si me lo pedía?
-Desde luego. Podíamos haberle dado unos cuantos dólares más.
-Cuando te he pedido dinero siempre me lo has negado.
Eso era cierto. Varias veces me había pedido dinero prestado para dárselo a gente que lo solicitaba; recientemente me había negado a permitirle que tuviera más para detener esa incesante sangría de un dinero que más tarde necesitaría para sí mismo. Le había comunicado que le daría su parte en Muwaiqih. Probablemente necesitaría el que llevaba conmigo antes de que llegáramos allí. Observé que podía echarme la culpa y decirles que yo no le daba el dinero.
-Tendrás muy buen aspecto si nos encontramos con Yasir, vestido a medias con ese harapo -me quejé.
-¿Tengo que pedirte permiso antes de regalar mis propias cosas?-repuso enfadado. (pp. 414-415)
Me constaba que había realizado mi último viaje por el Territorio Vacío y que una fase de mi vida tocaba a su fin. Aquí en el desierto había encontrado todo lo que deseaba; sabía que nunca lo hallaría de nuevo. Pero no era sólo este dolor personal el que me afligía. Me daba cuenta de que los bedu con los que había vivido y viajado, y en cuya compañía tan bien me había sentido, estaban condenados. Algunas personas mantienen que serán más felices cuando hayan cambiado las penalidades y pobreza del desierto por la seguridad del mundo materialista. Lo dudo mucho. Siempre recordaré cuán a menudo me hicieron sentir consciente de mis propias limitaciones estos pastores iletrados que poseían, en mayor grado que yo, generosidad y valor, resistencia, paciencia y despreocupado heroísmo. Entre ningunas otras personas he experimentado jamás la misma sensación de inadecuación personal.
La última noche, mientras bin Kabina y bin Ghabaisha hacían un atillo con las pocas cosas que habían comprado, Codrai observó:
-Resulta bastante patético que eso sea todo lo que poseen.
Entendí lo que quería decir; había pensado lo mismo a menudo. Pero sabía que para ellos el peligro residía no en las dificultades de su vida, sino en el aburrimiento y la frustración que sentirían si renunciaban a ella. La tragedia era que la elección no sería suya; fuerzas económicas más allá de su control terminarían por arrastrarlos hacia las ciudades, donde holgazanearían por las esquinas como “mano de obra no cualificada”. (p. 435)

 

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Renta, discusión y sustancia

agro

Diferentes interpretaciones de lo que es la renta, dan lugar a análisis distintos sobre las características de economías con importante producción primaria. Sin una correcta definición, se puede sobreestimar su cuantía, y se puede malinterpretar su influencia general sobre la economía, atribuyéndole “capacidades” que no tiene . El objeto de este artículo será intentar acercar el núcleo teórico del debate, como punto de apoyo para quienes estén interesados en profundizar en él. Para esto, vamos a definir el origen y la sustancia de la renta, basándonos en los textos de Marx y la interpretación de Rolando Astarita .

Objeto y problema

En un sentido práctico, en su apariencia inmediata, la renta es la parte de la plusvalía que se apropia el terrateniente. El derecho jurídico del propietario de una tierra, le permite cobrar un canon por su uso…
Pero la mera propiedad territorial no genera renta, dado que no produce valor. Es la actividad productiva, realizada por asalariados y comandada por un empresario arrendatario, la que engendra el ingreso sobre el que se sustrae la parte de la renta.
De este modo, el origen de la renta debe buscarse en las condiciones generales de la producción, dentro de las normas que rigen la producción de valor.

Nada se resuelve con el poder jurídico de estas personas de hacer uso y abuso de porciones del planeta. El uso de estas porciones depende por entero de condiciones económicas, independientes de la voluntad de aquellas personas.(Marx, 1984: 794)

Para ser absolutamente claros en este respecto: cuando Marx se ocupa de señalar que no hay que confundir a la renta verdadera con cualquier canon cobrado por el terrateniente (por ejemplo, un interés sobre el capital fijo invertido en la tierra), al hacer esta distinción, Marx nos quiere explicar cómo la renta tiene un contenido diferente al mero poder jurídico monopólico del terrateniente. La sustancia de que está hecha la renta, es plusvalor, y la magnitud de esa renta, está determinada por la magnitud de la plusvalía generada en cada empresa.
Las condiciones para que ese plusvalor tome la forma de renta, son dos: primero, que la productividad de la empresa basada en una determinada tierra, sea tan alta, que permita producir más valor que la norma, y por lo tanto, que permita obtener una ganancia extraordinaria, tal que supere a la tasa de ganancia media. Asimismo, que el carácter no reproducible de cada tipo de tierra, otorgue un carácter permanente a tal ganancia extraordinaria.
Segundo, si dicha tierra pertenece a un terrateniente, éste exigirá el pago de la parte extraordinaria de esa ganancia, que así toma la forma de renta .
Sin embargo, si el capitalista y el terrateniente son la misma persona, la forma de la renta se vuelve indistinguible de su contenido: la ganancia extraordinaria. Pero el fenómeno no desaparece, sigue existiendo una ganancia extraordinaria que es fruto de que se produzca sistemáticamente más valor en unas tierras que en otras. Éste es el contenido de la renta, y como tal, es lo que debe ser explicado.

Discusión

Sin embargo, a la par de desarrollar la explicación de Marx, cabe hacer lugar a una objeción de autores como Juan Iñigo Carrera (en adelante JIC). La renta existe cuando tierras de igual extensión rinden distintos valores, y tierras con mayor fertilidad natural o artificial producen más valor con igual cantidad de trabajo y capital.
Pero JIC niega que estos diferentes valores constituyan verdadero valor. Afirma que toda cantidad de trabajo igual debe producir una misma cantidad de valor, y por lo tanto, es sólo el valor comercial el que varía:

“Astarita cree que la apropiación de una plusvalía extraordinaria por vender a un precio comercial que se encuentra por encima del valor individual, y por lo tanto, la capacidad para disponer de una mayor porción del producto del trabajo social del que efectivamente se ha aportado individualmente a éste, se alimenta del aire. (…) El valor de una mercancía es la cantidad de trabajo abstracto socialmente necesario que se gastó de manera privada e independiente para producirla” (Iñigo Carreras, 2009: 2 Negritas nuestras)

La causa de esta variación sería el hecho de que en el agro, el precio de producción no está determinado por los costos (más tg media) modales, sino por los costos de la tierra menos fértil, que son los más altos, y por lo tanto, las unidades basadas en tierra más fértil, con costos menores e igual cantidad de trabajo y capital, venden al mismo precio que la unidad menos eficiente y más cara. De hecho en el capítulo 39 del tomo 3, Marx muestra que la existencia de renta diferencial implica que la suma de los precios de producción individuales es inferior a la suma de los valores comerciales, y en seguida agrega que eso constituye un “falso valor social”…
De todo esto, JIC deduce que el valor comercial que realiza en el mercado el producto portador de renta, surge de un intercambio desigual, de menos valor por más valor, una sustracción al valor generado en otros sectores. El mecanismo sería el del encarecimiento de la fuerza de trabajo, hecho que al aumentar los costos de capital variable y reducir la tasa de ganancia, perjudica al capital industrial, que pagaría la mercancía fuerza de trabajo por encima de su valor. También los insumos primarios tendrían que apreciarse “artificialmente”, lo que debería aumentar los precios generales.

La ganancia extraordinaria que se convierte en renta diferencial de la tierra agraria (o minera, etc.) es una apropiación de plusvalía a la que se accede gracias a la productividad diferencial del trabajo aplicado sobre una determinada tierra con una cierta intensidad de capital, a consecuencia de los condicionamientos naturales diferenciales existentes en la misma. Pero la fuente de esta plusvalía no se encuentra en la producción agraria misma (…) Este mayor valor comercial se proyecta sobre el capital desembolsado y sobre el costo de los medios de vida que, de modo más o menos directo, se producen con ellas. De manera que dicho mayor valor entra en la determinación del precio de producción de estos medios de vida y, por lo tanto, en el costo que éstos tienen para sus compradores.(…) Por lo tanto, la renta diferencial portada en los precios de estos medios de vida entra en la determinación del valor de la fuerza de trabajo y, de ahí, en la del salario normal general (…) Desde el punto de vista del conjunto del capital de la sociedad, la renta diferencial constituye un «falso valor social» (…), ya que la misma no encierra contenido alguno de trabajo socialmente necesario gastado privadamente para producir las mercancías agrarias.(…) Esto es, el capital total de la sociedad paga el falso valor social constituido por la renta diferencial a expensas del valor real extraído gratuitamente a sus obreros, o sea, a expensas de su plusvalía. (Iñigo Carreras, 2009: 3-4)
Resolución
La revisión de esta posición debe comenzar por la noción de valor. JIC habla de “tiempo de trabajo socialmente necesario individual”, y de trabajo que “se gastó”, en tiempo pasado, como si fuera lo que constituye el valor. Pero el tiempo real que le haya llevado a una empresa producir su mercancía, no determina por sí mismo su valor, sino que éste está regido por el nivel de productividad de toda la rama. El “tiempo de trabajo socialmente necesario” (en adelante TTSN) es una norma de la que los trabajos individuales se diferencian, y con la cual se comparan, para validarse como tal TTSN y por lo tanto, como valor.
La causa de esto se encuentra en el carácter del valor como mecanismo que emerge de la particular división del trabajo en el capitalismo:

La cuestión del valor en la economía política clásica es la de determinar cómo se regula la distribución del trabajo social entre las distintas actividades en un sistema de productores independientes, es decir, en un marco donde no hay asignación directa, pues la producción social se halla fragmentada en unidades privadas rivales, y donde los productos del trabajo toman la forma de mercancías (son productos para el intercambio). En una producción de este tipo, sin determinación expresa o consciente de la producción social, y por tanto, donde el trabajo individual no es directamente social, el mecanismo regulador asume la forma, por primera vez en la historia, de una ley económica –que llamamos indistintamente ley del valor o modo de producción capitalista– cuyo significado es el de una determinación objetiva de los tiempos de trabajo requeridos socialmente para la producción de cada tipo de mercancía. El modo en que dicho mecanismo opera es sobradamente conocido: en ausencia de coordinación directa, los productores individuales toman libremente sus propias decisiones –acerca de qué, cuánto, cómo y dónde producir–, de tal modo que su supervivencia en la lucha competitiva dependerá en último término de que sean lo suficientemente eficientes en el ahorro de trabajo por valor de uso producido, o lo que es lo mismo, de que operen, en cada caso, de acuerdo a la productividad media vigente que marca la norma del TTSN en cada momento.
Ahora bien, el acierto o no de todas esas decisiones productivas privadas –esto es, la constatación de si los productores operan o no de acuerdo al TTSN– sólo se revela a posteriori con la comparecencia de los productos del trabajo en el mercado, pues es entonces cuando tales decisiones quedan confrontadas con la necesidad de la demanda solvente. Por tanto, es sólo a través del intercambio mercantil como se establece la comparación e igualación de los trabajos privados, homologándolos como auténtico trabajo social, proceso que se expresa como ajuste tendencial del valor de cambio al valor, a la norma del TTSN. Ocurre así que el único modo que tiene una sociedad basada en la producción de mercancías de comprobar cuál es el TTSN pertinente en cada caso no es otro que a través del mercado. No se trata de una segunda determinación (“la demanda”) de la noción de valor, junto a la de la productividad del trabajo (“la oferta”), como interpretan muchos autores, sino del mecanismo por el que se realiza una categoría que se define propiamente en el ámbito de la producción. Es así que la ley del valor constituye un mecanismo de distribución indirecta (a posteriori) del trabajo social total en proporciones que resulten adecuadas para la reproducción ampliada del sistema. Lo que se intercambia bajo la forma precio –o, alternativamente, bajo la forma de determinadas proporciones de mercancías– son cantidades de ese tiempo de trabajo social medio. El modelo completo –que obviamente no podemos desarrollar aquí– da cuenta de la necesidad de un equivalente general, el dinero, como verdadera encarnación del TTSN; todo ello a diferencia de los modelos ricardianos, donde el dinero es un simple numerario dentro de una especie de economía de trueque generalizado. (Nieto Ferrández, 2011: 2-3)
Como explica Marx en el tomo I de El Capital, las mercancías no llevan al mercado, en su corporeidad, un átomo de valor, ningún signo corpóreo del tiempo que ha llevado producirlas, por lo tanto, de nada le valdrá a una empresa tardar el doble en producir cada pieza, no por ello estará produciendo el doble de valor: el “valor” individual no es el valor social.
Por el contrario, como todas las mercancías del mismo tipo son iguales en el mercado, asimismo su valor es el mismo, y éste no se establece antes de su comparación con otras mercancías. El carácter indirecto de la validación social del trabajo, el hecho de no ser directamente reconocido como socialmente necesario, implica la posibilidad y el peligro de haberse realizado inútilmente, cosa que sólo se descubre en el “salto mortal de la mercancía”.
Pero suponiendo correspondencia entre oferta y demanda en el marco de la competencia, los precios se ajustan a los valores más generalizados, que son los “valores individuales” de las empresas modales. Será su productividad modal la que determine cuánto tiempo es socialmente necesario invertir en la producción de una mercancía. El tiempo que se exceda de la norma, será tiempo desperdiciado, no valor. Por lo mismo, una empresa que pueda producir cada unidad en menos tiempo, produce más valor que el correspondiente a sus costos (contables y en trabajo), y el trabajo, aunque más breve, es más eficiente, tiene una mayor potencia creadora de valor, comparado con la media. Éste es el famoso “trabajo potenciado”, del capítulo 10 del tomo 1 de El Capital, sobre el que luego volveremos. La cantidad de trabajo que “se gastó”, la suma de gasto de energía que se haya incorporado a una mercancía en el pasado, no determina el valor, sino que éste depende de la cantidad de TTSN que rige en el presente como norma, para reproducir esa mercancía.
En definitiva, para sostener la noción de valor de JIC, hay que suponer que es una sustancia física que portan las mercancías, y que por lo tanto es equivalente exactamente a la cantidad de trabajo físico que ha sido incorporado en ellas. Pero a esto es pertinente la misma crítica que sufrieron los fisiócratas y ricardianos: no puede dar cuenta de la creación de valor mediante la mera transformación de la materia, sin adición de unidades físicas al valor de uso, y se pierde la distinción entre valor de uso y valor, como dijimos antes al señalar la imposibilidad de que el valor de uso “denuncie” en su cuerpo, cuánto valor porta.
La razón de que esto sea así, es que el valor es una relación social que se objetiviza en la relación mercantil, y el trabajo, aunque sea gasto de energía, sólo vale para la sociedad, en tanto pueda cumplir los parámetros sociales que lo validan como socialmente necesario, mediante mecanismos indirectos: el trabajo individual no es directamente social, sino indirectamente social, a través de la objetivación mercantil. (Si olvidamos el uso de la idea de “TTSN individual”, y suponemos que JIC en realidad sólo quiso referirse al valor individual, es decir al tiempo de trabajo insumido en forma individual, la crítica es la misma).Aclarado lo anterior, es fácil abordar el siguiente paso del argumento de JIC.
Si creyéramos que los valores individuales fueran los verdaderos, independientemente de la media social, y las empresas menos eficientes generaran más valor que las más eficientes, y por lo tanto, aún en las condiciones en que la competencia y la libre movilidad de capitales permiten que el precio se ajuste al valor de las empresas modales, y así se forme el valor medio (el valor social real para nosotros, no para JIC) de la rama; si aún en estas condiciones “normales” existiese una apropiación de valor por parte de las empresas más eficientes, que venden a un valor social superior a su valor individual, a costa de las empresas menos eficientes, o en su defecto, a costa de otras ramas…
Pues bien, si ése fuera el caso normal en la interpretación de JIC, cuánto mayor sería la sustracción de valor, si sucediera, como pasa en el agro, que el precio de producción no puede ser regulado por las empresas modales, debido al hecho de que hay condiciones naturales de producción que no pueden ser reproducidas por la simple agregación de inversiones. Si el precio de producción está regulado, pues, por la productividad de la empresa basada en la peor tierra, entonces, todas las demás empresas, cuya productividad es superior en diversos grados, venderán a un valor comercial superior a sus respectivos valores individuales.
Esto último, la diferencia entre valor comercial y valor individual, es efectivamente así, resta interpretar si por algún motivo esto implica transferencias de valor, o si simplemente ocurre lo mismo que en otras ramas. Para esto, veremos cómo aplica Marx la noción de trabajo potenciado, al agro.En el capítulo 38 del tomo 3, Marx elige explicar el carácter de la renta a partir del ejemplo de un sector industrial, para demostrar así su carácter general. Postula una industria en la que las empresas utilizan máquinas de vapor como regla general, y que por representar el nivel de productividad predominante, determinan el valor social. Añade la existencia de algunas empresas basadas en tierras en las cuales pueden aprovechar la energía de saltos de agua, en lugar del vapor. Estas empresas disfrutan de una ventaja, la misma que normalmente usufructúan las que potencian su productividad por medio de mayores inversiones en capital fijo.
Éstas también, como toda actividad humana, utilizan fuerzas naturales que no pagan y que se combinan con el esfuerzo puramente humano… Entonces no reside en eso la diferencia. En este caso, sólo habrá una particularidad: mientras que los menores costos y la mayor productividad pueden ser emulados eventualmente por toda la rama si su causa es la inversión, en cambio, en la situación del ejemplo, la mayor eficiencia proviene de una productividad basada en una fuerza natural que no puede reproducirse, que está limitada a ciertos puntos del territorio.

Emana de la mayor fuerza productiva natural del trabajo, vinculada a la utilización de una fuerza natural, pero no de una fuerza natural que esté a disposición de cualquier capital en la misma esfera de producción, como por ejemplo la elasticidad del vapor.(Marx, 1984: 829)
Por lo tanto, la diferencia entre la ganancia extraordinaria típica y la renta, se reduce a que esta última tiene carácter permanente, al menos hasta que no sea superada su ventaja por innovaciones posteriores en el resto de la rama.
Esta ganancia extraordinaria, o renta si es el caso, no altera el precio, sino que lo presupone, y aprovecha su ventaja para maximizar la ganancia.
Como vimos, no consiste en una violación de la ley del valor, sino en una forma de su funcionamiento normal. Marx insiste en ello, al explicar en el mismo capítulo, que es el mecanismo de formación de precios a partir de los valores, el responsable de que sistemáticamente, y no sólo en el agro, sean distintos los valores individuales, de los valores sociales:

Si los diferentes valores no se compensasen para formar los precios de producción, y los diversos precios de producción individual no se compensasen para formar un precio de producción general, regulador del mercado, entonces el mero incremento de la fuerza productiva del trabajo en virtud del empleo de la caída de agua sólo reduciría el precio de las mercancías producidas con la caída de agua, sin elevar la parte de ganancia ínsita en esas mercancías, exactamente de la misma manera en que, por otra parte, este incremento en la fuerza productiva del trabajo no se convertiría de ningún modo en plusvalor si el capital no se apropiase de la fuerza productiva, natural y social, del trabajo que emplea, como si fuese suya propia.(Marx, 1984: 831)

Otra vez, el valor no es directamente proporcional al tiempo de trabajo. Esta cita de Marx le da sentido a aquello del “falso valor social” del capítulo 39, que ha causado tantos enredos, y que es lo último que nos toca explicar. Veamos:

“En general, al considerar la renta diferencial debe observarse que el valor de mercado se halla situado siempre por encima del precio global de producción de la masa de productos” (…)
“Es ésta la determinación mediante el valor de mercado, tal como el mismo se impone sobre la base del modo capitalista de producción, por medio de la competencia; ésta engendra un valor social falso. Eso surge de la ley del valor de mercado, a la cual se someten los productos del suelo. La determinación del valor de mercado de los productos, es decir también de los productos del suelo, es un acto social, aunque socialmente inconsciente y no intencional, que se basa de manera necesaria en el valor de cambio del producto y no en el suelo ni en las diferencias en su fertilidad. Si se imagina abolida la forma capitalista de la sociedad, y la sociedad organizada como una asociación consciente y planificada, los 10 quarters representarían una cantidad de tiempo de trabajo autónomo igual a la que se halla contenida en 240 chelines. Por consiguiente, la sociedad no compraría ese producto del suelo por una cantidad 2 veces y media mayor que el tiempo de trabajo real que se encierra en él; con ello desaparecería la base de una clase de terratenientes. Esto obraría exactamente igual que un abaratamiento del producto por igual monto en virtud de una importación extranjera.”(Marx, 1984: 848-849)
Recordemos que los precios de producción pueden ser inferiores o superiores a sus respectivos valores, dependiendo de la composición orgánica relativa . Si en el agro, una baja composición orgánica determina que los precios de producción sean inferiores a los valores propios de la rama (supuesto de Marx que habría que medir en la actualidad) entonces el hecho de que tales precios de producción sean asimismo inferiores a sus valores comerciales, no implica que éstos sean superiores también a los valores. En el caso de la renta absoluta, Marx trabaja con la idea de que los valores comerciales son, al mismo tiempo, superiores a los precios de producción, pero inferiores al valor.
De este modo, la referencia al “falso valor social” queda claramente ligada a la “determinación mediante el valor de mercado, tal como el mismo se impone sobre la base del modo capitalista de producción, por medio de la competencia” como algo opuesto a lo que sucedería en una economía socialista, no como opuesto a lo que sucede en otras ramas.Esperamos que a la luz de las explicaciones anteriores, estas últimas citas puedan ser interpretadas de una forma distinta a la del sobreprecio y las consecuentes sustracciones de valor.
También podemos hacer notar que, bajo el supuesto de un encarecimiento de los medios de vida de la fuerza de trabajo, éste se entiende dentro de los mecanismos de la ley del valor, por variaciones en los costos de producción, y el efecto es el de una caída de la tasa de ganancia de los capitalistas, no necesariamente una suba generalizada de precios.
Del mismo modo, la variación de los precios de los insumos, aunque cause subas de precios, tampoco es exclusividad de los avatares del agro, y aunque lo fuera, como hemos visto, no se explicaría de modo diferente a como se explica cualquier variación en las relaciones de precios.Este debate se bifurca mucho más allá de lo que puede exponerse aquí, en múltiples intercambios entre varios autores, entre los cuales, evidentemente, acordamos con la interpretación que hace Astarita de la obra de Marx. Solamente aspiramos a introducir el núcleo de la discusión.
Como palabras finales, vale hacer notar que la interpretación de la renta de JIC no se ocupa de refutar la teoría de Marx, ni su teoría general del valor, ni su explicación de la renta. Simplemente se construye un aparato teórico divergente del de Marx, bajo la bandera marxiana, sin reconocer las contradicciones. Esto es un inconveniente para la continuación del debate.

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1 ) Por ejemplo, hay quienes sostienen que las variaciones de la renta son las que determinan los ciclos de tipo de cambio alto o bajo en Argentina. A lo que responde Astarita en su “Respuesta al profesor Iñigo Carrera”(Astarita, 2009).
Sobre la cuantía de la renta, un trabajo de E. Maito (2015) critica por sobreestimadas, las mediciones de Iñigo Carrera.

2 ) Según un trabajo de Caligaris (2014), en el que ordena mucha bibliografía pertinente al debate, la interpretación de Astarita estaría en la línea que (desde Marx y pasando por Lenin, diríamos nosotros) fue tomada por la ortodoxia soviética, mientras que la línea que sigue Juan Iñigo Carrera, se habría iniciado en Laclau.

3 ) A largo plazo, la clase de los terratenientes tiende a apropiarse de toda la ganancia extraordinaria, en forma de renta. Sin embargo, en el corto plazo, los contratos de arriendo pueden durar lo suficiente como para que una inversión del arrendatario pueda redundar en un aumento de la productividad, que pueda ser usufructuado por él mismo. Mientras dure el período del contrato de arriendo, estará a salvo de la competencia de otros empresarios que quieran arrendar la tierra. El canon que debe pagar se mantendrá fijo, mientras que sus posibles aumentos de rentabilidad, le pertenecerán exclusivamente a él. Sin embargo, en cuanto finaliza el contrato de arriendo, la fertilidad aumentada se vuelve propiedad del terrateniente, y por lo tanto, las nuevas negociaciones de arrendamiento, se harán en base a estas nuevas condiciones, lo que equivale a decir que el nuevo monto de la renta será superior al anterior. En este proceso, la clase terrateniente tiende a apoderarse de toda la ganancia extraordinaria, pero asimismo algunos arrendatarios tienen la posibilidad de beneficiarse por encima de la tasa de ganancia media, en lapsos determinados.

4 ) Ver nota a pie de página nº 2.

5 ) Recordemos que el tiempo de trabajo socialmente necesario no es sólo el que cuesta, en promedio, producir una mercancía, sino también qué cantidad de tal mercancía puede digerir el “estómago” de la sociedad: “Pero si el valor de uso de una mercancía en particular depende de que la misma satisfaga, de por sí, una necesidad, en el caso de la masa social de los productos de esa mercancía depende de que la misma sea adecuada a la necesidad social cuantitativamente determinada de cada tipo de producto en particular, y por ello el trabajo se halla proporcionalmente distribuido entre las diversas esferas de la producción en la proporción de estas necesidades sociales, que se hallan cuantitativamente circunscritas. (Incorporar la consideración de este punto al tratar la distribución del capital entre las diversas esferas de la producción.) La necesidad social, es decir, el valor de uso elevado a la potencia social, aparece aquí como determinante de la cuota del tiempo global de trabajo social correspondiente a las diversas esferas de la producción en particular. Pero sólo se trata de la misma ley que se manifiesta ya en la mercancía individual, a saber, la de que su valor de uso es un supuesto de su valor de cambio, y por ende de su valor. Este punto sólo tiene que ver con la relación entre trabajo necesario y plustrabajo en la medida en que al afectar esta proporción no pueda realizarse el valor de la mercancía, y por ende tampoco el plusvalor que en ella se encierra. Por ejemplo, supongamos que se hayan producido, proporcionalmente, demasiadas telas de algodòn, aunque en este producto global de telas sólo se realiza el tiempo de trabajo necesario para ello bajo las condiciones dadas. Pero en general se ha desembolsado demasiado trabajo social en este ramo particular; es decir, que una parte del producto es inútil. Por eso, la totalidad sólo se vende como si hubiese sido producida en la proporción necesaria. Esta limitación cuantitativa de las cuotas, aplicables a las diversas esferas en particular de la producción, del tiempo social de trabajo, sólo constituye la expresión ulteriormente desarrollada de la ley del valor en general, pese a que el tiempo de trabajo necesario implica aquí un sentido diferente. Sólo una determinada cantidad del mismo resulta necesaria para la satisfacción de las necesidades sociales. La limitación se produce aquí en virtud del valor de uso. Bajo las condiciones de producción dadas, la sociedad sólo puede utilizar determinada cantidad de su tiempo global de trabajo para esta clase de producto en particular.” (Marx, 1984: 817-818)

6 ) Resumimos cómo se forman los precios de producción en El Capital: si cada tipo de mercancía se vendiera a un valor proporcional al tiempo de trabajo socialmente necesario que cuesta producirla, entonces las ramas con mayor proporción de trabajo vivo sobre trabajo muerto (capital variable sobre capital constante), al producir más valor, generarían mayor plusvalor que las otras ramas. Pero si los capitales tienen libre movilidad, es natural que de las ramas menos rentables éste fluya hacia las más rentables. Es decir, que de las ramas con mayor composición orgánica, tiende a fluir el capital hacia las ramas con menor composición orgánica… Este proceso se mueve en esa dirección, hasta que el aumento de inversiones en las ramas atrasadas, hace que aumente la oferta de ese tipo de mercancías. Esto continúa hasta que ocasiona una baja de los precios de este tipo de mercancía, hasta el punto de disminuir la rentabilidad de la rama, hasta el nivel en que su tasa de ganancia se equipara con la de las otras ramas de similar tamaño. Un precio en este nivel, es el llamado precio de producción. En tal momento el flujo de inversiones deja de tener razón de ser, y el resultado final, o la tendencia, es que todas las ramas de similar tamaño obtengan una misma tasa de ganancia, independientemente de la cantidad de valor que hayan generado internamente. Al mismo tiempo, al frenarse o huir la inversión de las ramas con mayor composición orgánica, el precio de sus mercancías tiende a subir por falta de oferta, lo que hace aumentar la tasa de ganancia. Como resultado de esto, hay ramas en las que el precio de producción es más bajo de lo que sería el precio proporcional al valor, porque son las de menor composición orgánica, mientras que lo opuesto ocurre con las ramas con mayor composición orgánica. Los precios de producción distintos a los precios proporcionales a los valores son la norma, no la excepción, ya que existen distintas composiciones orgánicas entre ramas. A su vez, es alrededor de los niveles de los precios de producción, como de “centros de gravedad”, que se mueven los precios de superficie, en respuesta a las variaciones circunstanciales de la oferta y la demanda.
Como curiosidad, podemos agregar que se debe a este mecanismo, el hecho de que los vinos añejos sean más caros que los nuevos: simplemente insumen más capital constante.

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Bibliografía

Astarita, Rolando (2009): “Respuesta al profesor Juan Iñigo Carrera” http://rolandoastarita.com/novRespuestaaInigocarrera.htm Última consulta 25/02/2016

Caligaris, Gastón (2014): “Dos debates en torno a la renta de la tierra y sus implicancias para el análisis de la acumulación de capital en la Argentina” http://revistaryr.org.ar/index.php/RyR/article/view/518 Última consulta 25/02/2016

Iñigo Carrera, Juan (2009): “Renta agraria, ganancia del capital y tipo de cambio: respuesta a Rolando Astarita” http://www.ips.org.ar/wp-content/uploads/2011/04/Juan_Inigo_Carrera_Respuesta_a_Astarita_sobre_renta.pdf Última consulta 25/02/2016

Maito, Esteban Ezequiel(2015): “Valor, capital industrial y renta del suelo” http://www.academia.edu/10173455/Maito_Esteban_Ezequiel_-_Valor_capital_industrial_y_renta_del_suelo Última consulta 25/02/2016

Marx, Karl (1984): “El Capital”, tomo 3, Siglo XXI, 3a edición.

Nieto Ferrández, M. (2011): “Valor y productividad en la teoría del valor-trabajo” https://marxismocritico.com/2011/10/23/valor-y-productividad-en-la-teoria-del-valor-trabajo/ Última consulta 25/02/2016

https://revistapropuestamarxista.files.wordpress.com/2016/07/rpm2a4.pdf

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La economía de pensar en nada: la rebelión de la curva de demanda

La economía de pensar en nada: la rebelión de la curva de demanda

La teoría neoclásica afirma que los precios y la cantidad de bienes son determinados simultáneamente por la intersección en un punto único de dos curvas independientes, la de oferta y la de demanda. Para sostener la independencia de las curvas y el carácter único del punto de intersección, deben recurrir a supuestos heroicos de los que depende toda la teología neoclásica, su teoría de los precios, y también su apología smithiana del capitalismo, basada en la idea de que el mayor bienestar social se deriva de la suma de los bienestares individuales de sujetos maximizadores de utilidad.

De hecho, los cimientos neoclásicos han sido refutados tempranamente, no sólo por críticos heterodoxos, sino también por economistas ortodoxos, aunque tales aportes en particular no aparecen en los manuales de economía. En este artículo seguimos la crítica de Steve Keen, economista heterodoxo.

Tótem de los economistas

La falla de la apología smithiana lleva al derrumbe de la curva de demanda

El intento por encontrar una demostración a la idea de que el máximo de bienestar social podía derivarse de la suma de utilidades individuales maximizadas en el intercambio (cosa que permitiría rechazar toda intervención sobre el mercado, ya fuera sindical o estatal), requería encontrar una medida común que habilitara la comparación y cuantificación de las utilidades subjetivas de todos los individuos, para luego sumarlas.

El obstáculo bastante evidente que iba a interponerse en el camino de los economistas, fue el hecho de que la satisfacción personal, por su carácter subjetivo, es única en cada persona, y aún si no fuera imposible medirla en cada uno de nosotros, no hay manera de sumar los sentimientos de una persona a los sentimientos de otra. Más aún, no podía afirmarse que la satisfacción de dos personas distintas con ingresos distintos, pudiera ser la misma ante el consumo de una mercancía determinada. Para solventar estos inconvenientes, se iba a requerir de una serie de esfuerzos cerebrales que parten de la teoría de los precios y desembocan en la propuesta final de Samuelson al problema de agregación de utilidades.

La falla de la trayectoria de la curva de demanda: el modelo neoclásico propone que en condiciones de competencia, la oferta y la demanda se igualan al nivel del precio de equilibrio, que debe ser un punto único, ideal, en el que se maximizan las utilidades del consumidor y del vendedor. Para que se cumpla la intersección perfecta del modelo, se necesita que la trayectoria de la curva de demanda sea siempre descendente ante precios constantes o crecientes (y ascendente ante precios en baja), y que la trayectoria de la curva de oferta sea siempre ascendente, subiendo el costo a medida que aumenta la producción. Si por el contrario, la curva de demanda fluctuara caprichosamente hacia arriba y abajo, entonces podría intersectarse en más de un lugar con la curva de oferta, y no habría modo de justificar un precio de equilibrio maximizador de utilidades. El problema es que es justamente este tipo de comportamiento rebelde el que de hecho se verifica en la realidad:

Si partimos del universo neoclásico, con un consumidor y una mercancía, entonces, ante la baja del precio de una mercancía, inmediatamente aumenta el ingreso del consumidor, porque no tiene que gastar tanto en ese consumo. Entonces se le presenta la opción de qué consumir, y los neoclásicos suponen que va a adquirir más unidades del bien que ha bajado de precio, siguiendo la “norma” de que a menor precio, mayor consumo. Si existe una sola mercancía, en efecto no hay muchas opciones, si el consumidor no puede hartarse (supuesto heroico), entonces consumirá más. Esta relación inversa entre precio y consumo para una mercancía individual es conocida como el “efecto sustitución”.

Pero si escapamos de esa constricción, y aceptamos que hay múltiples mercancías, el modelo se rompe, en la medida en que el comportamiento del consumidor se diversifica. Lo que ocurre es el llamado “efecto ingreso”, que consiste simplemente en que la caída del precio de una mercancía, y el aumento consiguiente del ingreso “liberado”, pueden ser aprovechados por el consumidor de modos diversos, con lo que puede elegir no comprar mas unidades del bien devaluado, e incluso comprar menos, si es que ese ahorro le sirve para comprar alguna otra mercancía que prefiera más.

Entonces este efecto ingreso arruina la trayectoria descendente de la curva de demanda, y por ende invalida el punto único de equilibrio. Por lo tanto, el neoclásico tiene que encontrar una manera de marginar el efecto ingreso, para quedarse sólo con el efecto sustitución, con el que podría seguir dibujando el tótem de las curvas.

Tal fue la tarea de Hicks, quien logró aislar imaginariamente el efecto deseado con su “curva compensada” (se trata de acrobacias con las curvas de indiferencia que no agregan nada al asunto). Esta maniobra busca que los cambios de precios no alteren directamente el ingreso (para no sufrir el molesto efecto ingreso). Lamentablemente, esto no evita que en el instante en que se pasa del modelo de un solo consumidor con dos mercancías, al modelo de dos consumidores con dos mercancías, esa condición aislante se rompa. Sucede que si cada uno de los dos consumidores es al mismo tiempo productor de una y solo una de las dos mercancías, entonces, al subir el precio de una mercancía, aumenta el ingreso del sujeto que la vende, y disminuye el del comprador, etc.

Conviene recordar que ninguno de estos efectos es observable por sí mismo, siempre estamos hablando de construcciones especulativas. Sólo puede observarse el comportamiento de consumidores cambiando sus opciones con los cambios de precios y de ingreso…

Por añadidura, si aceptáramos el supuesto heroico sobre la otra curva, la de oferta, que establece que el precio aumenta en relación directa con el aumento de la cantidad (por gracia de la productividad marginal decreciente), entonces el consumo de cada unidad extra de un bien, hará subir el precio progresivamente, lo que a su vez tiene efectos distributivos, si trabajamos con más de un consumidor…

Por todo lo anterior, aún en base a los propios supuestos neoclásicos, la teoría se dobla sobre sí misma y se autodestruye, desde el instante en que se intenta un desarrollo lógico mínimo y se intenta el primer paso de agregación. La curva de demanda puede tomar virtualmente cualquier forma (Gorman 1953), y en particular no guarda relación alguna con la “Ley de Demanda”. Esto es conocido como las “condiciones Sonnenschein-Mantel-Debreu [SMD]”.

Pero aún a pesar de todo lo visto hasta ahora, no puede suponerse que obstáculos tan banales pudieran detener la empresa neoclásica. Para resolver este problema de agregación, la respuesta que encontraron los economistas, fue el añadir dos supuestos: (a) primero, que todas las personas son iguales (tienen los mismos gustos), y (b) segundo, que los gustos no cambian a medida que cambia el ingreso, (en lenguaje neoclásico, se expresa como (a) las curvas Engel de todos los consumidores son paralelas –y pasan por el mismo punto, por lo que son la misma línea-, y (b) todas las curvas Engel son líneas rectas).

Entonces, lo único que se necesitó para pasar del caso individual a la agregación social, fue la suposición (a) de que no hay muchos individuos, sino uno solo… y (b) que no hay muchas mercancías, sino una sola (la única manera de que no varíen las elecciones con un cambio de ingresos)… Así, suponiendo que las utilidades subjetivas fueran algo cuantificable, no nos queda ningún problema para sumarlas entre individuos: las hemos convertido en entes inmutables que pueden sumarse y restarse como las cuentas del ábaco, y hemos rescatado la trayectoria descendente de la curva de demanda… lo que nos permite seguir afirmando que existe un punto de equilibrio que determina los precios y al mismo tiempo maximiza las utilidades de todos los individuos y por lo tanto de la sociedad. Eureka!

Como se ve, el método usado para lograr la agregación social de utilidades individuales, sólo puede construirse con supuestos que además de ser irrealistas, niegan por sí mismos que se haya realizado agregación social alguna. Esto de hecho niega (prueba por contradicción) que pueda sostenerse la apologética smithiana.

Otra consecuencia de esta fallida agregación, es que tampoco puede sostenerse que la curva de demanda deba tener la forma descendente que le adjudican los economistas. Recordemos brevemente sus ideas sobre lo que pasa en la cabeza del consumidor: como la satisfacción derivada de consumir una unidad más de un bien, disminuye progresivamente, entonces su demanda de dicho bien debe decaer, lo cual se grafica con una curva descendente, cuyo destino será encontrarse con la curva ascendente de oferta, en algún punto. De esa intersección se derivan tanto el precio como la cantidad de dicho bien. Enfatizamos que este es un modelo sobre el individuo.

Muy bien, el hecho es que si el caso individual no puede agregarse, ni puede representar el comportamiento general, entonces todos los postulados sobre sí, son irrelevantes, quedan reducidos al campo de la especulación y las ensoñaciones. Esto significa que la curva descendente individual de demanda, no puede justificarse como sustento para la curva general de demanda. En efecto, queda descartada la necesidad de una curva general de demanda descendente, y muy por el contrario, si nos atenemos a supuestos realistas, con muchos individuos distintos y muchas mercancías distintas, y variaciones en los ingresos, entonces la curva de demanda puede tener cualquier forma, con oscilaciones e incluso con subas de demanda al mismo tiempo que suben los precios.

Ergo, la curva de demanda no puede ser el co-determinante de los precios, y la teoría de los precios neoclásica queda reducida a nada.

Digresión sobre los economistas y la academia

Este problema de agregación, y la consecuente necesidad de incluir supuestos heroicos, fue descubierta en primera instancia por Gorman 1953, quien estaba tratando de probar la teoría neoclásica, no de refutarla. Por lo tanto, afirmó que tales supuestos eran “razonables intuitivamente”, no se preocupó en dar la alarma, y el estado de la academia continuó sin novedades… luego fue redescubierto el problema y en honor a tres economistas también neoclásicos, fue bautizado como las “condiciones SMD”:

The importance of the above results is clear: strong restrictions are needed in order to justify the hypothesis that a market demand function has the characteristics of a consumer demand function. Only in special cases can an economy be expected to act as an ‘idealized consumer.’ The utility hypothesis tells us nothing about market demand unless it is augmented by additional requirements. [La importancia de los resultados mencionados arriba, es clara: se necesitan fuertes restricciones para justificar la hipótesis de que una función de demanda de mercado tiene las mismas características que una función de demanda individual. Sólo en casos especiales puede esperarse que una economía se comporte como un “consumidor idealizado”. La hipótesis de la utilidad no nos dice nada sobre la demanda de mercado, a menos que se agreguen supuestos adicionales.] (Shafer and Sonnenschein 1993)

Tampoco pudo hacer mella en la academia, ya que los manuales se mantuvieron en la ortodoxia. De los manuales avanzados, Varian repitió básicamente la posición apologética de Gorman, mientras que Mas-Colell reconoció las dificultades, sólo para afirmar que podrían ser resueltas si agregamos otro supuesto, a saber: que el libre mercado garantiza el máximo de bienestar social, siempre y cuando una autoridad central benevolente se ocupe de redistribuir los ingresos antes del momento del intercambio, de modo de maximizar el bienestar social… ¡Por supuesto! Todo lo cual no le impide seguir fomentando la construcción de modelos macroeconómicos con la función de utilidad “a lo Gorman”.

El panorama se empobrece aún más en los manuales básicos, con los que se trabaja en las carreras de Economía y afines. Samuelson simplemente niega cualquier problema de agregación, a pesar de conocer el problema de Gorman. En 1956 había propuesto una solución, y es difícil saber en qué medida la creyó adecuada. Su propuesta fue suponer (¡oh sorpresa!) que la dificultad de agregar individuos puede resolverse si cada familia se considera como un individuo (abstrayendo las diferencias individuales en pos de una supuesta utilidad social única familiar), y agregando que el mismo paso lógico puede darse desde el individuo a la sociedad, considerada como una gran familia… El caso es que en su manual estos problemas no se exponen. En Mankiw y otros textos básicos también se ignora el problema.

Refutación empírica y consideraciones finales

Desde el inicio del Imaginarium del Doctor Menger, la teoría subjetiva no se apoyó en hecho alguno, lo que permitió que sobreviviera y prosperara en la forma de formulaciones puramente académicas, que no podían sufrir el desgaste de la contrastación. Las famosas utilidades no se dejaban agarrar por ningún lado, pero todos suponían que estaban ahí. Sin embargo, esta invisibilidad podía volverse incómoda. Finalmente Samuelson encontró una forma de prescindir de estos fundamentos (aunque los siguió enseñando como verdaderos en sus manuales), e intentó construir una teoría del comportamiento del consumidor, que bastara para construir las curvas y los tótems. Se trata de los axiomas de la preferencia revelada, que hemos comentado en otro lado, y que definen a un consumidor racional, ante la elección entre conjuntos de mercancías. Las reglas son:

Completitud: un consumidor siempre puede elegir cuál de dos conjuntos de mercancías prefiere, o si es indiferente.

Transitividad: si se prefiere un conjunto (a) a uno (b), y uno (b) al (c), entonces siempre deberá preferir (c) a (a).

No saciabilidad o monotonía: ante dos opciones iguales, siempre se prefiere aquella a la que se añada una unidad más de cualquier cosa.

Convexidad: ante dos conjuntos muy diferentes “extremas” de mercancías, el consumidor debería preferir una tercera combinación distinta, compuesta libremente a partir de ambas.

Aquí esto no nos interesa en sí mismo (de hecho puede extenderse el número de supuestos), sino hacer notar que en los años noventa, estos principios fueron puestos a prueba por un economista llamado Sippel, y el resultado fue devastador para los axiomas: o todos los consumidores son irracionales, o el comportamiento real de los consumidores sí es racional, pero de forma ni remotamente parecida a las ideas de Samuelson. Sippel repitió los experimentos de diversas maneras, pero finalmente llegó a las conclusiones que dictaban los hechos, y hay que señalarle el mérito de haberlo reconocido abiertamente:

We conclude that the evidence for the utility maximization hypothesis is at best mixed. While there are subjects who appear to be optimizing, the majority of them do not. The high power of our test might explain why our conclusions differ from those of other studies where optimizing behavior was found to be an almost universal principle applying to humans and non-humans as well. In contrast to this, we would like to stress the diversity of individual behavior and call the universality of the maximizing principle into question.

We find a considerable number of violations of the revealed preference axioms, which contradicts the neoclassical theory of the consumer maximizing utility subject to a given budget constraint. We should therefore pay closer attention to the limits of this theory as a description of how people actually behave, i.e. as a positive theory of consumer behavior. Recognizing these limits, we economists should perhaps be a little more modest in our ‘imperialist ambitions’ of explaining non-market behavior by economic principles. [Concluimos que la evidencia a favor de la hipótesis de la maximización de utilidades, es a lo sumo, dudosa. Mientras que algunos sujetos parecen estar optimizando, la mayoría de ellos no lo hace. Puede ser la elevada potencia de nuestra prueba, la que explique porqué nuestras conclusiones difieren de aquellas en las que el comportamiento optimizador fue encontrado de forma casi universal, tanto entre humanos como entre no humanos. A diferencia de tales resultados, querríamos enfatizar la diversidad del comportamiento individual, y cuestionar la universalidad del principio maximizador.

Encontramos un considerable número de violaciones a los axiomas de la preferencia revelada, que contradicen la teoría neoclásica del consumidor maximizador de utilidad, sujeto a un presupuesto dado. Por lo tanto, deberíamos prestar mayor atención a los límites de esta teoría como descripción del comportamiento real de las personas, v.g. como teoría positiva del comportamiento del consumidor. En el reconocimiento de estos límites, los economistas deberíamos acaso ser un poco más modestos en nuestras “ambiciones imperialistas” respecto a la explicación del comportamiento no mercantil mediante principios mercantiles.] (Sippel 1997: 1442–3)

La principal causa de esta nueva falla neoclásica, reside en que el axioma de completitud requiere que en la cabeza de cada consumidor se contengan y se ordenen de miles a millones de combinaciones, y que ese orden no sea violado en las elecciones reales. Si esto no puede cumplirse, los otros axiomas también pierden sentido. Uno se pregunta en cuántos manuales neoclásicos aparecen estas problemáticas.

Como queda ilustrado con la siguiente cita del libro de Keen (cap. 3), estos fracasos neoclásicos pueden haber servido, al menos, para hacer evidente, tras un estúpido rodeo, la necesidad de que el análisis económico se haga en términos de clase, al estilo de Smith, Ricardo y Marx:

If we are to progress further we may well be forced to theories in terms of groups who have collectively coherent behavior. Thus demand and expenditure functions if they are to be set against reality must be defined at some reasonably high level of aggregation. The idea that we should start at the level of the isolated individual is one which we may well have to abandon. [Si hemos de progresar, posiblemente nos veamos impelidos hacia teorías en términos de grupos con comportamientos colectivos coherentes. Por lo tanto, para que las funciones de demanda y de gasto puedan compararse con la realidad, deben ser definidas a un nivel razonablemente alto de agregación. Puede que tengamos que abandonar la idea de que debe empezarse al nivel del individuo aislado.] (Kirman 1989: 138)

Éste es el panorama de la educación académica en economía. Sin haber mostrado más que un solo problema teórico, vemos el nivel de autismo y de ausencia de pensamiento científico con el que opera una disciplina que sólo puede ser comparada con la teología. No es sorprendente entonces, que en las discusiones teóricas, las personas entrenadas en esta doctrina tengan tantas dificultades para ejercitar el pensamiento. Tampoco sorprende que los intentos de atacar otras teorías rivales, se reduzcan usualmente a la simple repetición de los principios neoclásicos de manual. Tal cosa es lo que se ha intentado, por caso, en el artículo al que hemos respondido en anteriores posts (éste y siguientes). Se ha intentado afirmar que la TLV no es válida porque nada relacionado con el trabajo puede ser la sustancia única determinante del valor, por el simple motivo de que “ya sabemos” que es la utilidad subjetiva lo que realmente determina los precios. Muy bien, ya vemos lo que valen esas certezas.

RESUMEN

La teoría neoclásica según la cual los precios están determinados por la intersección de las curvas de oferta y demanda, descansa en el supuesto de que las formas de tales curvas están predeterminadas. En el caso de la curva de demanda, su forma sería siempre descendente, en virtud de la utilidad decreciente en el consumo adicional, para el caso de un individuo con una mercancía. Se supone que tal caso puede agregarse sin problemas al conjunto social, y representar el comportamiento del mercado en su totalidad, sin problemas de agregación. Sin embargo, el intento de realizar tal agregación fracasó absolutamente desde el primer momento, y el origen de esto debe buscarse en el irrealismo de los supuestos iniciales, y en el problema del individualismo metodológico.

Bibliografía:

Steve Keen: Debunking Economics (las citas de este artículo pertenecen a su capítulo 3, Debunking Economics – Steve Keen)

También recomendado el capítulo 1 de “Valor mercado mundial y globalizacion R Astarita 2005_18-11-11” de R. Astarita, y la obra de D. Guerrero “Utilidad y trabajo“.

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Revista Propuesta Marxista No 2

Presentamos el segundo número de nuestra revista.


En este segundo número de Propuesta Marxista reafirmamos la intención de
mantener el espíritu crítico que guió al primer número: enfrentar al capital en todas sus formas ideológicas, económicas y políticas.
Sigue siendo cuesta arriba, como decíamos en otro sitio, generar “…lugares de encuentro a quienes pensamos que el marxismo es el mejor encuadre teórico para el desarrollo de una praxis política socialista. Generalmente esos espacios están ocupados por grupos dogmáticos, defensores de un empirismo refractario a la crítica, que se abroquelan en torno al prestigio de algún gurú y que practican la censura implacable que emana de la práctica  burocrática. El espíritu crítico, la iniciativa propia, brillan por su ausencia.”
Continuamos, con empecinamiento, en el mismo rumbo. Seguimos dudando para
espantar dogmas, seguimos buscando en los avances de las ciencias sociales para
no seguir con ideas oxidadas, seguimos pensando la realidad para sacarnos la
pretensión de entenderla con esquemas muertos.
Por aquí desfilan algunos trazos de discusiones que quisimos y pudimos presentar: la coyuntura, las causas de algunos desencuentros en la izquierda argentina, el desarrollo de las fuerzas productivas, la discusión sobre renta agraria, una reflexión sobre el anti-imperialismo y la divulgación de desarrollos marxistas de la segunda mitad del siglo XX en relación al Estado.
Pero la tarea no está, ni por asomo, concluida.
Para que esta iniciativa siga creciendo necesitamos de más compañeros inquietos
y comprometidos que den su impronta para reconstruir el marxismo crítico y
militante. Compañeros que, organizados o no en colectivos militantes, puedan
encontrarse y generar ideas, opiniones, debates y líneas de acción para aquello
que creemos impostergable: recuperar al marxismo que se encuentra sumergido
del dogma y el sectarismo.
Nosotros estaremos aquí, insistiendo en el propósito. El lector sabrá si estamos en
el camino correcto o no. Nosotros escucharemos atentos sus opiniones.

Comité Editorial


 

Leer y descargar en https://revistapropuestamarxista.wordpress.com/2016/07/25/revista-propuesta-marxista-n-2?

 

 

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Respuesta sobre TLV 5: TLV y más falsificaciones

En este espacio nos limitamos a seguir enumerando una mezcla de errores y mentiras que hasta ahora hemos dejado sin mencionar, del artículo eminente que venimos revisando:

(1)La fuente es Rolando Astarita, no os quejaréis, ¿eh, marxistas argentinos? (guiño, guiño).”

Lo de los guiños debe formar parte de un idioma secreto, debe significar que se está tomando la licencia de citar un texto de un autor (en este caso es el GPM), mientras se lo atribuye a otro autor. De hecho, a un autor que tiene diferencias fundamentales con el que está reproducido, como es el caso de Astarita respecto al GPM… y todo esto para enviar un saludo a los “marxistas argentinos”. Ciertamente, la rigurosidad científica toma vuelos insospechados por momentos, tanto que cuesta distinguirla de su contrario, el disparate arbitrario.

(2) “Marx no sistematizaba ni cuantificaba bien. Ni le interesaba”

Primero, ¿qué es lo que no cuantificó? ¿Qué es lo que no sistematizó?

Segundo, sobre lo que le interesaba a Marx, no voy a especular. Sabemos lo que hizo. El tomo 2 de El Capital es un desierto de sistematización pura, comparado con el desarrollo ágil del tomo 1. Léalo, Chemazdamundi. Lea algo seriamente.

En los tiempos de Marx no había muchas estadísticas. Nada comparado a lo que pueden usar los economistas marxistas de hoy, que pueden consultar los costos de producción contables y en términos de tiempo de trabajo s. n., y compararlos con los precios. Esta cuantificación sólo es posible gracias a la teoría de Marx, que definió un determinante material y mensurable de los precios. Ver Ochoa 1989, Petrovic 1987 y Shaikh 1995.

(3) “Marx añade, además, que no es el trabajo per se el que crea valor sino la fuerza de trabajo vendida por los trabajadores a los capitalistas”

¡Falso! ¡Y absurdo! Qué hastío produce tanta ignorancia… Sí que es el trabajo el que crea valor. La FT no es más que la capacidad de trabajar. La capacidad de hacer algo no produce nunca nada. Es la activación de esa potencialidad, lo que produce. Tal como la capacidad de digestión no sirve para nada, si no se tiene alimento con que ponerla en funcionamiento… La potencialidad de la FT puesta en acción, es el trabajo. ¿Por qué van a contratar FT los capitalistas, si no es para que se transforme en trabajo real? Imaginemos a un empresario pagándole a un tipo porque tiene capacidad de trabajar, sin que de hecho trabaje… su mera capacidad de trabajar produciría valor, según Ch.

(4) “Es decir, en una economía basada en la Teoría Laboral del Valor (como la de Corea del Norte), los precios tenderían a ser rígidos o fijos, porque lo que piensen comprador o vendedor importa una mierda: el precio lo decide el Estado (o la entidad dependiente de éste que sea). Es precisamente en una sociedad dictatorial como la que pretendía Marx en un primer estadio de su “desarrollo socialista” y no en una libre donde se produce, irónicamente, el efecto monopolio del valor-trabajo por parte de una minoría. (…)

Lo que me vengo a referir es que muchos marxistas o partidarios del marxismo se excusan del pobre historial económico que han tenido los países que han aplicado un modelo económico de inspiración marxista. (…)

Y todavía más, todo esto acerca de no poder reconocer (intuitivamente o como sea) el trabajo socialmente necesario en la creación de un bien o servicio tiene unas implicaciones tremendas, muchísimo mayores a la hora de criticar la aplicación de una teoría del valor marxista a una economía real. Porque ya desde la mismísima base del estudio económico se comprueba sin mucho esfuerzo que una sociedad que prefije sus precios (desde el Estado o desde donde sea) tan sólo teniendo en cuenta (o haciendo valer obligatoriamente) una variable fundamental, en este caso, el trabajo socialmente necesario (y que resulta que esa variable no es ni tan siquiera la correcta), está condenada irremisiblemente al fracaso o, siendo rigurosos, a un desarrollo económico muy por debajo de su potencial. (…)

¿Por qué os creéis que en países que han aplicado esta teoría como base económica sus economías han tenido un mal desarrollo o directamente se han ido al garete? ¿Por qué hay escasez en Corea del Norte? ¿Por qué hay tanta inflación en Venezuela? ¿Por qué no han funcionado los planes quinquenales de desarrollo de la Unión Soviética?

Pues no es sólo por motivos circunstanciales más o menos ciertos como una mala planificación, la corrupción, el sabotaje de fuerzas exteriores, plagas o malas cosechas, o la poca educación de la gente… sino ante todo y sobre todo porque una sociedad no puede tener como base de su economía la implementación de la idea de que los seres humanos percibimos el valor de las cosas (bienes y servicios) en función del trabajo socialmente necesario para producirlos.”

Primero, si hubiera leído algo de Rolando Astarita (pedirle que lea directamente a Marx parece demasiado) en lugar de citarlo erróneamente, o algo de cualquier marxista no stalinista del siglo XX en adelante, o algún libro de historia, podría haberse enterado de algunas cosas. En principio, que regímenes como los de la URSS, China, Corea del Norte, Cuba, etc, se especializaron en perseguir, encarcelar, torturar y asesinar comunistas. Los PC del mundo se encargaron de aliarse con regímenes burgueses para aplastar revueltas y revoluciones genuinamente comunistas, con el fin de mantener intacto el orden mundial, y el pacto de no agresión de la guerra fría. Uno de esos casos fue el sabotaje y destrucción de la revolución española, algo que un español debería conocer más de cerca. Y sacar las consecuencias: ninguno de esos regímenes fue algo parecido al comunismo, sino su enemigo más mortífero. Tanto en su política exterior, como en su configuración social, no hay nada que permita identificarlos con el comunismo.

No es posible poner un signo de igualdad entre una sociedad en la que los productores son los dueños y controladores efectivos de los medios de producción, y se federan para organizar la articulación de toda la economía, cosa que es el comunismo tal como ocurrió en la Comuna de Paris y como tal fue elevado a modelo por Marx y Engels; y una sociedad en la que los medios de producción son controlados por una minoría de burócratas que toman las decisiones de planificación y de distribución del excedente. Tan opuestos son que por mucho tiempo y hasta nuestros días, se ha considerado a la URSS como capitalismo de estado por variados economistas y políticos de izquierda. La caracterización de “estado obrero degenerado” es principalmente sostenida por el trotskismo. Finalmente, en base a sus relaciones de producción, la explicación más convincente de su dinámica interna, me parece la de R. Astarita, que puede encontrarse en su blog, y que la define como un modo de producción distinto tanto del capitalismo como del socialismo, y condenado al fracaso por sus contradicciones internas.

Segundo, la TLV no es una receta para construir sociedades nuevas, ni socialistas ni de otro tipo. Es una explicación de cómo funciona el capitalismo, y como tal, muy lejos de poder considerarse la base para regular una economía futura, es en cambio lo que debe destruirse para evitar los males del capitalismo. Para que quede claro para la gente con “sesgos mentales diferentes”: construir una sociedad en base a la TLV, sería construir el capitalismo. En los regímenes burocráticos de tipo stalinista la economía no se regulaba internamente de acuerdo a la TLV (salvo durante la época de la NEP), aunque en la medida en que formaban parte del mercado mundial, tampoco escapaban a la determinación del valor que lo regía.

La TLV tampoco es una caja de herramientas para “controlar” al capitalismo ni a los precios. Al contrario, semejante control del capitalismo desde políticas estatales es considerado una utopía, que no puede negar las leyes subyacentes de la economía, y por lo tanto, sólo puede agravar sus contradicciones. Justamente es por esta imposibilidad de saltearse las determinaciones objetivas del capitalismo, que el marxismo considera necesario superarlo, no reformarlo. Lo que se hace en Venezuela, por lo tanto, no tiene nada que ver con el marxismo, sino con el utopismo izquierdista tercer-mundista, y el oportunismo de una camarilla de militares arribistas.

Tercero, como ya hemos explicado, según la TLV, los precios no son rígidos ni fijos. Es de hecho su variación la que permite que el sistema funcione, distribuyendo los tiempos de trabajo entre las ramas…

Cuarto, la sociedad que pretendía Marx no era “dictatorial”, sino democrática en un sentido mucho más amplio, tanto política como económicamente, que lo que permite el capitalismo y su “democracia burguesa” en cuyas constituciones está escrito vanamente que todos somos “libres por igual”. El componente dictatorial sólo hace referencia a las medidas coercitivas de expropiación contra la burguesía y su aparato militar, por parte del pueblo en armas y confederado, no por parte de una camarilla dirigente. Otra vez, reflexionar sobre el ejemplo de la Comuna, o los anarquistas de la Revolución Española. El objetivo del socialismo es acabar con la alienación del hombre, es decir hacer realidad las promesas que el liberalismo no pudo cumplir. Sentar las bases materiales para que eso sea posible, ya que en las actuales condiciones, no lo es. Abolir el dominio de las abstracciones por sobre la vida de los hombres, tanto las leyes económicas que dominan nuestra vida con total indiferencia de nuestros derechos y nuestras inclinaciones, como los estados que se ubican por encima de la humanidad como entes tutelares y controladores.

Si Chemazdamundi está en contra del socialismo por el que abogaba Marx, que lo diga con honestidad, que no se esconda cobardemente tras la crítica a espantapájaros que nadie quiere defender, mucho menos un comunista. Y que no confunda tampoco el socialismo con la TLV, en el mismo texto en el que usa palabras para él vacías, como “método científico”.

Quinto, “el efecto monopolio del valor-trabajo por parte de una minoría” ¿Ve? Si hubiera consultado con alguien serio antes de lanzarse solito a enderezar entuertos, ahora no estaría caído de su caballo con todos los huesos rotos… no habría incurrido en la manufactura de frases estrambóticas como ésa, y podría disimular con más decoro el nivel de ignorancia que lo aqueja. No hay ninguna minoría que monopolice el valor, ni nadie ha dicho cosa semejante, creo, en la historia entera del pensamiento económico, hasta que llegó usted. Lo mismo vale para su siguiente frase: “sino ante todo y sobre todo porque una sociedad no puede tener como base de su economía la implementación de la idea de que los seres humanos percibimos el valor de las cosas (bienes y servicios) en función del trabajo socialmente necesario para producirlos” Felicitaciones, pionero.

(5) “Con modelos como el de Roemer, nos dimos cuenta (no sólo los economistas, sino también los estudiosos de la Teoría de la Comunicación) de que eso que una persona fuera capaz de percibir el trabajo socialmente necesario tras la creación de un bien o servicio podría darse como mucho en una sociedad excepcionalmente “primitiva” (simple, poco compleja) y con muy poca población”

Ya vimos que nadie afirma que el TTSN sea algo que la gente “percibe”: el valor no es intrínseco al valor de uso, como algo observable y palpable, sino que es intrínseco a la forma de mercancía, se objetiviza sólo en la relación con otras mercancías, mediante mecanismos sociales, no psicológicos. Sobre los modelos de Roemer, vale aclarar que son construcciones basadas en premisas no marxistas. Renuncia explícitamente a la TLV, y se dedica a hacer otras cosas, desde el individualismo metodológico de los neoclásicos… entonces cabe preguntarse, ¿qué relevancia tiene la modelización de Roemer, para el análisis de cómo funcionaría una economía según la TLV? Otro misterio.

(6) “La segunda es que habréis observado que emplean (los marxistas más académicos) una cantidad de verborrea acojonante”

¿Qué ejemplos tiene? ¿Alguno que pueda citar con corrección, o debemos tomar su palabra? ¿Diego Guerrero, vecino suyo, es un autor al que usted le cuesta leer? ¿Nieto Ferrández, José Tapia, también españoles, en qué idioma escriben? Busque entre las cientos de entradas en el blog de Astarita, y diga abiertamente qué es lo que no entiende. Shaikh, Rosdolsky, Rubin, Kliman, son economistas marxistas de lo más “académicos”. Ni en el marxismo ni en ningún espacio del conocimiento, es una virtud la oscuridad expresiva. Al contrario, es sospechosa. Aún así, el no entender algo, no equivale a refutarlo.

(7) “No emplean números y se resisten a cuantificar, al contrario que sucede con los economistas científicos (señal de que no las tienen todas consigo). (…)Dan o suelen dar explicaciones no empíricas sino de índole filosófica”

Es natural que para un positivista el ejercicio del pensamiento sea algo extraño. Pero en Marx desde la primera página hasta la última, el pensamiento opera sobre la realidad, no es una especulación vacía como la de los neoclásicos. Las primeras páginas de El Capital tratan sobre la mercancía, y de su carácter como emergente de una determinada división social del trabajo. Todo esto es contrastable. Cada desarrollo del pensamiento de Marx, se hace de la misma manera, apoyándose en la realidad. El uso de la capacidad de abstracción no es un defecto, sino una necesidad de la ciencia, como hija del pensamiento. La observación de la realidad y la contrastación son parte del proceso de desarrollo de una idea, no sus enemigos ni sus contrarios.

Dan o suelen dar” Qué rigor el suyo. Para atajarse ante la respuesta de que los economistas marxistas sí usan números y cuantificaciones, y que usted no tenía idea de qué es lo que hacen o no hacen dichos economistas, debilita de antemano su afirmación, para luego tener una coartada como: “bueno, no dije que todos se resisten a cuantificar” Muy bien: dígalo entonces con todas las letras, haciendo alarde de su conocimiento del campo de la economía marxista: ¿qué porcentaje de los economistas marxistas se resisten a cuantificar? ¿Se acercan más a ser casi todos o a ser ninguno?

(8) “Una nota, anecdótica a estas alturas de lo que ya llevamos visto, es que el hecho de que se haya demostrado como falsa la teoría objetiva del valor de Marx implica también que es errónea (al menos tal y como la explicó él) su idea de la tendencia decreciente de la ganancia, otra de sus ideas económicas. Según Karl Marx (volumen III del Capital), existe una tendencia generalizada a caer de los beneficios (de los capitalistas). Esta teoría se tuvo como cierta durante una parte del siglo XIX porque se veía como intuitiva pero conforme avanzaba el tiempo se vio que no se daba necesariamente. ¿Por qué? Porque al ser percibido el valor subjetivamente, no se desprende que sea obligatorio que exista por narices una tasa de retorno de beneficio que vaya a caer obligatoriamente”

Naturalmente, si la TLV es falsa, sus conclusiones deberían serlo también. Pero de hecho, no es verdad que la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia dependa exclusivamente de la explicación de Marx. De hecho, es un fenómeno que ya en el siglo XIX era observado y se intentaba explicar por los más variados economistas burgueses. Marx no descubrió el fenómeno, sino que lo explicó. Por más que le duela a Chemazdamundi, es un hecho de la realidad que en cada ciclo económico hay un momento ascendente y otro descendente de la tasa de ganancia, y los hechos de la realidad requieren explicaciones. Es sintomático que el señor no muestre ninguna estadística que niegue el fenómeno. Dumenil y Levi son de los autores más citados que trabajan en ese campo.

(9) “Observad el recorrido histórico de la Ciencia: no se han produjo avances científicos basados en el marxismo como teoría base económica… y eso es ooooootra cuestión que añade peso a la evidente conclusión de que el marxismo NO es científico.”

¿Y la evidencia? Alguien que postula la propia ignorancia como prueba de la inexistencia de lo que ignora. Extraordinario.

Más bien al contrario, es recurrente la propia admisión de referentes neoclásicos de que su teoría no sirve para entender la realidad, que se ha fosilizado en la mera publicación de papers con ecuaciones que no significan nada desde el punto de vista teórico (ver), y de hecho los únicos avances científicos que ha producido la corriente neoclásica, consisten nada menos que en descubrir inconsistencias lógicas en su propio seno, y en refutar experimentalmente sus presupuestos (ver y ver). Todo lo cual es dejado de lado cuidadosamente por los manuales y la currícula vigente en Economía, razón por la cual, los estudiantes que no profundizan por su cuenta en la materia, están condenados a desconocer que operan con ideas absurdas, tal como lo hace bovinamente nuestro bloguero Chemazdamundi.

Por el lado de la economía marxista, en cambio, el poder explicativo no sólo no disminuye, sino que se potencia, a medida que el sistema capitalista mundializa sus relaciones de producción y de este modo evoluciona hacia formas más parecidas al modelo explicado por Marx. Desde esta perspectiva se puede entender el crecimiento de la desigualdad como una característica interna al modo de producción, y que niega cada vez más la posibilidad de que un asalariado pueda acumular lo suficiente como para pasarse a la clase de los explotadores. Predicción de Marx confirmada por los sucesivos informes del PNUD y el reciente libro de Piketty. ¿Cómo lo explican los neoclásicos? Del mismo modo se confirma la predicción de que la humanidad cada vez se divide más nítidamente en dos clases antagónicas: la de los capitalistas, y la de los asalariados. La economía marxista puede explicar las crisis recurrentes, sin apelar a “shocks externos” ad hoc de carácter aleatorio; explica la tendencia al aumento de la composición orgánica y su consecuencia, la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia; puede demostrar empíricamente que la tasa de ganancia determina la tasa de inversión, en oposición a quienes postulan que la relación es la inversa (ver). Explica la importancia crucial de la expropiación campesina para generar un ejército de proletarios desposeídos, fenómeno que atravesó toda la historia del capitalismo y que hoy sigue operando en China, como precondición de los niveles de explotación que requiere el capitalismo (citar). A pesar de la confesión de Bohm-Bawerk (ver), la economía neoclásica niega que la no propiedad de medios de producción implique una desventaja sistemática, que permita la explotación de una clase de personas por otra clase. Total, como dice Ch., todos podemos hacer como Bill Gates (es decir, comprar un software público y convertirlo en un monopolio: sí, muy útil para la sociedad). El marxismo denuncia de forma recurrente, que de acuerdo a las leyes internas del capitalismo, los intentos de intervenciones políticas como los controles de precios y otros intentos de violar la ley del valor, no pueden conseguirlo, y al contrario, sólo agravan las contradicciones; que las crisis no pueden ser resueltas al modo reformista keynesiano, simplemente impulsando el gasto, sino que el único mecanismo de resolución de una crisis que funciona en este sistema es el de la depauperación de la clase trabajadora y el aumento de la rentabilidad… en suma, que los reformistas burgueses de tipo keynesiano, post keynesiano, etc, están equivocados, cosa harto probada por la historia de todas las crisis capitalistas.

(10) “Y nótese que si no lo supo él, Engels, su redactor y sistematizador que le sobrevivió sí que lo supo a ciencia cierta. De hecho, Engels trata en el prólogo del volumen III de El Capital de la utilidad de Jevons, afirmando, incluso, que es posible construir un socialismo más simple a través del empelo de la teoría marginal.

1) Vamos, que con aquella afirmación Engels estaba reconociendo que le vio las orejas al lobo. Él sí fue más honrado. ¿Engels sí se dio cuenta, sí leyó la obra de los marginalistas y Marx, no? Recordemos que Engels ayudó a redactar El Capital (y muchas otras obras de Marx).”

Aquí Chemazdamundi trata de insinuar que Marx y Engels conocían los trabajos de los austríacos, que los consideraban superiores a los propios, y que a pesar de esto, para continuar con la conspiración comunista, simularon otra cosa… hay que respirar hondo y sumar paciencia.

Primero, Marx refutó en los primeros capítulos de El Capital, que el valor pudiera basarse de cualquier manera, en la utilidad (ver). El aporte de Gossen, sobre el que construyeron sus especulaciones de inodoro los austríacos, no altera en una coma el motivo por el cual el valor no puede basarse en el valor de uso. Por lo tanto, que Marx o Engels hubieran leído a estos autores, es irrelevante para la validez de la TLV y para la idea que Marx y Engels pudieran tener sobre ella.

Segundo, es evidente que Engels sí llegó a conocer a Jevons y a Menger, al menos. No me extrañaría que Marx los haya conocido. Veamos cuál es la cita que menciona Chemazdamundi (pero que no muestra en su artículo):

“Ahora bien, no hace falta un gran esfuerzo mental para darse cuenta de que esta explicación de la ganancia capitalista dada por los “economistas vulgares”, conduce prácticamente a los mismos resultados que la teoría marxista de la plusvalía: de que los obreros se encuentran según la concepción de Lexis exactamente en la misma “situación desfavorable” que según Marx; de que en ambos casos salen igualmente estafados, puesto que cualquiera que no sea obrero puede vender sus mercancías más caras de lo que valen y el obrero no, y de que sobre la base de esta teoría puede construirse un socialismo vulgar tan plausible, por lo menos, como el que aquí en Inglaterra se ha construido sobre la base de la teoría del valor de uso y de la utilidad–límite de Jevons–Menger. Y hasta llego a sospechar que si el señor George Bernard Shaw conociese esta teoría de la ganancia tendería ambas manos hacía ella, se despediría de Jevons y Karl Menger y reconstruiría sobre esta roca la iglesia fabiana del porvenir.” (El Capital tomo 3, p 6-7, énfasis agregado)

Al leer esto me contagio del humor del texto, al igual que cualquiera que no sea un cabeza dura como Chemazdamundi, porque Engels se está riendo de Jevons, de Menger, de Lexis, de Bernard Shaw, de los fabianos… se llama ironía. Al seguir el texto, la burla incluye a otros personajes. Para Chema, no, Engels propone seriamente construir una iglesia fabiana basada en ideas utilitaristas…

(11)No soy ningún tonto ni me chupo el dedo”

Después de todo lo que hemos visto… ¿Está seguro?

(12) “Que no por introducir ese matiz de “trabajo abstracto socialmente necesario” va a cambiar mucho la crítica en sí: que no es el trabajo, ni ninguna de sus acepciones lo que está tras el valor de las cosas.

Este artículo que estáis leyendo ahora está, en parte, dedicado a abofetear académicamente a esos críticos cegatos, a regodearme en su ignorancia e inutilidad… y a recordarles que soy una persona a la que no conviene tocarle las palmas… o me echo a bailar.”

¿En serio? “académicamente”, cuando no sabe ni citar ni interpretar textos con propiedad… no conoce el método científico… desconoce la materia… no puede dar un paso sin contradecirse… su forma favorita de argumentación es la falacia… no tiene pudor en mentir una y otra vez… su intención es engañar a un lector que conozca tan poco como él mismo del tema… este nivel de mediocridad es una vergüenza por debajo del nivel de cualquier academia. Salvo las de marketing, se ve.

¿Es esto lo que muestra cuando se “echa a bailar”? Tuvo varios años para estudiar después de su promesa-amenaza, ¿y esto es todo lo que le salió? Una compilación de lugares comunes que abundan por toda la Internet, sin una pizca de originalidad, ni un gramo más de profundidad, más bien todo lo contrario. En este blog y sobre todo en el de Astarita se han recibido críticas mucho más serias, sin la pretensión de ser artículos “científicos”. El único requisito para ser más serio que Chemazdamundi, según él mismo demuestra, es no inventarse la materia de la que está tratando.

Hasta aquí hemos visto cómo Chemazdamundi ignora la TLV, y cómo trata de suplir este desconocimiento mediante el ejercicio de una desvergüenza que parece obligatoria entre los suyos. En lo que hace a la teoría marxista, los lectores de este blog no han encontrado muchas novedades en esta serie de respuestas. El próximo post se dedicará a demostrar cómo el campo de la ignorancia de Chemazdamundi se extiende también a la propia teoría neoclásica.

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Bibliografía

Ochoa, E. (1989): “Values, proces and wage-profit curves in the US economy”, Cambridge Journal of Economics, 13 (3), pp. 413-429.

Petrovic, P. (1987): “The deviation of production prices from labour values: some

methodology and empirical evidence”, Cambridge Journal of Economics, 11 (3), pp. 197-210.

Shaikh, A. (1995): “The empirical strength of the labor theory of value”, New School for Social Research, Nueva York, 23 pp.

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Respuesta sobre TLV 4: Anexo sobre TTSN y refutaciones ad usum

En el anterior post veíamos que el crítico de la TLV, después de haber dicho explícitamente que en dicha teoría el valor está determinado por las condiciones medias de producción (no por las individuales), al llegar al momento en que debe mostrar su refutación, olvida lo anterior, que le traería muchos problemas, e intenta contrabandear la vieja impostura de que criticar la idea de que el tiempo de trabajo a secas determina el valor, es igual a criticar la teoría de Marx. Es decir que primero gasta varios párrafos tratando de explicar qué es el TTSN como algo distinto al TT a secas, acaba diciendo que en realidad no importa si lo entendió, y finalmente retrocede al mismo punto de los críticos más vulgares y deshonestos: hacer pasar gato por liebre, tratar de engañar al lector con la crítica a un muñeco de paja, como si después de todo el rodeo en pésimo estilo que tuvimos que leer, TT y TTSN fueran lo mismo, sin explicación de por medio.
Aquí veremos los ejemplos que postula criticando al TT mientras dice refutar al TTSN:

“Los economistas se dieron cuenta de que la TLV era falsa porque se fijaron en que dados dos productos (bienes o servicios) en los que se hubiera empleado el mismo “trabajo socialmente necesario” para producirlos, no tenían por qué tener obligatoriamente ni el mismo valor para los individuos ni tienen el mismo precio si tienen alguna diferencia no debida al “trabajo socialmente necesario” entre ellos.
Vamos a ver unos cuantos ejemplos.
A) Imaginaos a un minero, picando bajo tierra en una mina de carbón. En un momento dado, le arrea un picotazo a una roca y se encuentra dentro de ella dos diamantes con la misma forma, el mismo tamaño, peso, kilates, etc. Son iguales salvo en un detalle: uno es transparente, y el otro es “sucio”, con impurezas, en cuanto a color.
El minero va a vender los diamantes que ha conseguido con el fruto de su trabajo. Los dos diamantes han costado el mismo “trabajo-tiempo socialmente necesario” para ser extraídos: los ha extraído la misma persona, con las mismas habilidades, el mismo tiempo le ha llevado, ha utilizado la misma herramienta, etc. En teoría, según la TLV marxista, deberían valer lo mismo, ¿verdad?”

NO. No deberían valer lo mismo. Cada valor de uso vale lo que cuesta producirlo en las empresas cuya productividad domina la producción. No importa cuánto tiempo de trabajo pasado se haya invertido en cada unidad, es un hecho de la realidad que todos los valores de uso del mismo tipo valen lo mismo: mientras sean iguales, son equivalentes en cantidad de valor. No se puede ignorar alegremente una obviedad como ésta. La pregunta es qué determina el valor de todos los valores de uso de cada tipo, no de cada mercancía individual.
Pues bien, un diamante sucio, es mucho más fácil de encontrar que uno puro, y por lo tanto, los costos de producirlo son mucho menores, en promedio, para la rama. Hay que repetir que en la TLV, el trabajo no es algo que se incorpora físicamente al objeto, sino que es una relación social de producción, que se objetiviza al equipararse con otras mercancías, en el mercado. Esto quiere decir que los respectivos valores cobran carácter social sólo en ese momento, y a condición de ser validados por la demanda solvente. En tal momento, todos los valores de uso de un mismo tipo sólo pueden validar un mismo nivel de valor para toda la rama, un nivel determinado por los costos de producción que la rigen. A tal mecanismo lo hemos explicado en otros posts.

“B) Dados dos libros en los que se haya empleado el mismo trabajo socialmente necesario para producirlos (un mismo autor produce dos libros en los que ha tardado exactamente lo mismo, la habilidad para redactarlos ha sido, por tanto, la misma, tienen el mismo número de páginas, etc.) no tienen por qué ser valorados igualmente ni se les tiene por qué pedir el mismo precio por ellos si, por ejemplo, la temática de la que tratan no es la misma (uno es un libro de poesía y el otro, un manual técnico)…”

¿Y dónde está la evaluación de los costos de producción de libros en la imprenta? Una imprenta saca a la venta un tipo de libro de edición lujosa, que le ha costado un nivel x de insumos y desgaste de maquinaria (trabajo muerto), más trabajo vivo… y a la par saca el mismo libro en edición de bolsillo, con la mitad de los costos. ¿Cuál será la relación de precios? ¿Será más caro el libro de bolsillo? ¿O será más caro el que costó más? Si no sucede lo segundo, la empresa se funde… ¿porqué será eso?

“C) Este ejemplo también lo puse en otro artículo, para señalar que los marxistas tienen la manía de ver a los consumidores como entes robóticos que van a comprar lo que ellos digan y como ellos digan. Es lo que se suele llamar informalmente, la “errónea visión marxista de la naturaleza humana” o “falso objetivismo marxista”.
La gente se comporta de modos muy diferentes, lo que incluye su “comportamiento económico”.
Veamos el caso del café… Mi suegra y mi madre, por ejemplo, compran el café por el regusto que les da el olor del café.
Dados dos kilogramos tipos de café que han “costado” el mismo tiempo socialmente necesario producirlos, el A y el B… resulta que el café A “huele mejor” para la mayoría de las personas. La gente tenderá a comprar el café A. ¿Por qué? ¡¡¡Porque les gusta más!!! Incluso aunque el café B tenga mejores propiedades o mejor calidad de grano que el A. El material o producto subjetivamente más valioso se agotará antes (especialmente si le pones el mismo precio por narices que a un posible sustitutivo).
El café A desaparecerá de las estanterías mientras que el B acumulará polvo y no se venderá o se venderá menos que el A.”

¿En qué parte de la TLV se dice que los compradores no toman decisiones ni tienen gustos particulares que orientan la demanda?… Misterio… ¡Muy por el contrario! el juego de la oferta y la demanda es el medio por el cual se hace efectiva la TLV, como medio de distribución del tiempo de trabajo de la sociedad, entre las ramas. Las variaciones en la demanda, si son sostenidas en el tiempo, impulsan la producción de cada mercancía, o la deprimen. Determinan qué cantidad de valores de uso de cada tipo se producirán. Lo que no determinan por sí mismas, es el nivel de su valor.
Tenemos que acostumbrarnos a que en esta discusión, el polemista nos habla de “la TLV, tal como yo me la imagino”. La ciencia, bien gracias.
¡Por supuesto que si un bien no tiene demanda, no tiene valor! Capítulo 1 de El Capital: la condición necesaria de la existencia del valor, es que el objeto tenga valor de uso, es decir, traducido, que tenga utilidad. “Los valores de uso constituyen el contenido material de la riqueza, sea cual fuere la forma social de ésta. (…) Por último, ninguna cosa puede ser valor si no es un objeto para el uso. Si es inútil, también será inútil el trabajo contenido en ella; no se contará como trabajo y no constituirá valor alguno.” (Marx 2012)
¿Por qué es así? Porque deben ser parte de la división social del trabajo. Si es inútil el trabajo (si nadie quiere comprar sus frutos), es innecesario para la sociedad, y por lo tanto, no es parte de su metabolismo, y entonces no es valor. Por otra parte, no es necesario el concepto neoclásico de utilidad para que exista la noción de demanda (ver).

 

“D) De todos los ejemplos expuestos ya pueden salir un montón de cuestiones más que los más listos de entre vosotros podréis haber intuido. Como ya se fijó el mismo David Ricardo en su día, existen productos que han costado un determinado trabajo el producirlos (por ejemplo, el vino) y que se han valorado en una cantidad x de dinero en su momento. Pero, transcurrido algún tiempo, esos objetos incrementan su valor y su precio de manera muy considerable, muy por encima de sus costes de mantenimiento durante ese tiempo. Como le sucede al vino… y a las obras de arte. ¿Cuántos de vosotros no habréis leído o visto en las noticias que se ha encontrado un cuadro de un gran maestro de la pintura abandonado en un trastero? Aquí, un caso con un cuadro de Paul Cézanne.”

Primero, si Chemazdamundi hubiera leído a Ricardo (2001), habría notado que en las primeras páginas de su obra más importante, explica que el valor de las mercancías es un fenómeno que se vuelve regular, y por lo tanto, determinado, sólo cuando se trata, como en la absoluta mayoría de la producción capitalista, de valores de uso reproducibles. Sólo en tales condiciones puede ajustarse el precio a los costos de producción, porque cualquier variación en la demanda puede ser equiparada por una reacción igual en la oferta. Si sube la demanda, la empresa amplía la producción (normalmente tiene capacidad instalada ociosa), y si baja la demanda, obviamente, baja la producción, no sigue produciendo la misma cantidad, como un “ente robótico”. Este simple hecho tiene la virtud de refutar la determinación del precio de las mercancías por la demanda, en el espacio de menos de un párrafo. También explica, como decía Ricardo, que bienes no reproducibles no entran en la determinación de su precio por el tiempo de trabajo. Aquí no hay ninguna necesidad de “inventarse” que un Picasso contiene más trabajo que un dibujo cualquiera (como supone Ch.). Su precio no puede ajustarse a sus costos de producción, está indeterminado, y no entra en los límites de lo que explica la TLV.
Segundo, el precio del vino añejo tiene una explicación que es tan vieja como El Capital. No tiene nada que ver, tampoco, con decir que en su producción hay involucrado más trabajo que en la del vino nuevo.
Es simplemente la consecuencia de que el vino añejo se produce con una mayor composición orgánica. Todas las ramas con una composición mayor de trabajo muerto sobre trabajo vivo, venden a un precio de producción que es superior al precio directamente proporcional a sus valores. Ya me he tomado el trabajo de explicar esto aquí, ya que es una de las críticas ad usum entre la resaca de internet.

Bibliografía

Marx, Karl (2012): “El Capital”, volumen 1, Siglo veintiuno editores.
Ricardo, David (2001): “Principios de Economía Política” http://socserv.mcmaster.ca/econ/ugcm/3ll3/ricardo/Principles.pdf

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Respuesta sobre TLV 3: Sobre TTSN, errores y falsificaciones

Este post continúa una serie de respuestas a un artículo de erudición dudosa. En este caso, el tema es el tiempo de trabajo socialmente necesario, su definición, y su contrastabilidad.

Discusión

La cuestión que se plantea es porqué Marx desarrolla la noción de trabajo socialmente necesario, en lugar de conformarse con la idea ricardiana de tiempo de trabajo, a secas.

Obviamente, la teoría de Ricardo era insuficiente para explicar la determinación del valor por el trabajo. De otro modo, no habría sido necesario superarla…

Esto al crítico le parece objetable. Según su idea, una teoría debería dejarse intacta en su primer desarrollo: cualquier intento de corregirla y mejorarla es de por sí sospechoso. No importan los méritos racionales, ni la contrastabilidad que surja de la superación de la teoría. Los criterios racionales deben dejarse de lado, y en cambio debe establecerse un límite arbitrario que prohíba la continuación del esfuerzo intelectual. Algo que permita aullar que desde cierta línea “no vale” avanzar más.

Esta posición es, por supuesto, de lo más respetable, si nos guiamos por las reacciones que tuvo la gente bien de la época, ante la teoría ricardiana, y luego, ante la teoría marxiana. Pusieron en práctica este principio del tabú, mediante el abandono absoluto de la perspectiva holística de la economía política, y coincidieron en inventar una “teoría” que no tuviera nada que ver con los problemas teóricos anteriores, pero a la que pudieran llamar sin sonrojarse demasiado, “economía”: así nació la escuela austríaca, que se pierde en especulaciones sobre la satisfacción de las personas en el intercambio comercial, y que así puede prescindir de la molestia de definir las particularidades de sociedades concretas. Puede postular que se ocupa de leyes naturales, insertas en la mente humana, que trascienden las épocas y los cambios de configuración social. Puede salirse de la historia (ver y ver). No es casualidad, entonces, que nuestro crítico lleve esa actitud hasta el paroxismo, elevando la utilidad a un principio que trasciende lo humano, y que se presenta en la naturaleza en general.

Claro que, si ante estos castillos de naipes oponemos la simple verdad de que en condiciones de reproducibilidad de las mercancías, la demanda, y por lo tanto, las utilidades mentales, no pueden alterar los precios… una persona seria no puede más que reírse, y hacer notar el carácter puramente ideológico de esta “economía”.

Otro punto que hay que destacar, es cómo el criterio de “no superación” de las teorías, parece no deber aplicarse cuando se trata del corpus neoclásico, que viene siendo emparchado coloridamente desde los primeros pasos de Menger y cía., pasando por los neoclásicos de la formalización matemática, la función de producción, la circularidad de las “preferencias reveladas” de Samuelson, la síntesis neoclásica-keynesiana… De hecho, no parece que ese “criterio epistemológico” sea aplicado a ninguna teoría… salvo que se trate de la tradición clásica de la economía política. Allí no es lícito avanzar. ¿Por qué?

Fijaos bien que Marx dijo, al contrario que muchos de otros estudioso de la Economía como Ricardo, no que fuera el trabajo (a secas) lo que le daba valor a las cosas sino “el trabajo abstracto socialmente necesario”. ¿Por qué dijo eso? Para no pillarse los dedos.”

Ah, la profundidad crítica… Ciertamente, la refutación de Chemazdamundi es muy poderosa, pero de todas maneras, hay algo en el mecanismo lógico que no termina de convencer. Por eso, vamos a explicar cuál es la razón de ser del concepto de tiempo de trabajo socialmente necesario, según el propio Marx, hecho lo cual, vamos a proponer que los intentos de invalidación del concepto se dirijan a la refutación de su causa lógica… por inaudito que suene un procedimiento tan arduo, sólo practicado por la absoluta totalidad de la ciencia moderna.

TTSN

Al empezar la lectura de El Capital, si no se presta mucha atención, uno puede recibir la impresión de estar ante un desarrollo puramente lógico, una serie de deducciones irreprochables, tal vez, pero que no generan suficiente convicción, por no quedar claro cuál es el anclaje real de los conceptos que se manejan.

Sin embargo, Marx lo explica en el capítulo primero:

“La riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como un “enorme cúmulo de mercancías”, y la mercancía individual como la forma elemental de esa riqueza. Nuestra investigación, por consiguiente, se inicia con el análisis de la mercancía.” (Marx 1984, t1: 43)

“A través del cúmulo de los diversos valores de uso o cuerpos de las mercancías se pone de manifiesto un conjunto de trabajos útiles igualmente disímiles, diferenciados por su tipo, género, familia, especie, variedad: una división social del trabajo. Ésta constituye una condición para la existencia misma de la producción de mercancías, si bien la producción de mercancías no es, a la inversa, condición para la existencia misma de la división social del trabajo. En la comunidad paleoíndica el trabajo está dividido socialmente, sin que por ello sus productos se transformen en mercancías. O bien, para poner un ejemplo más cercano: en todas las fábricas el trabajo está dividido sistemáticamente, pero esa división no se halla mediada por el hecho de que los obreros intercambien sus productos individuales. Sólo los productos de trabajos privados autónomos, recíprocamente independientes, se enfrentan entre sí como mercancías” (Marx 1984, t1: 52)

Las determinaciones y leyes del capitalismo no son sino emergentes de la particular forma que ha tomado la división del trabajo en esta sociedad (ver).

Para satisfacer las necesidades de consumo, toda sociedad necesita mecanismos de producción y distribución. Pero éstas pueden tomar distintas formas, de acuerdo a cómo estén configuradas las relaciones sociales.

En las formas precapitalistas, la reproducción material estaba mayormente garantizada dentro de los confines de unidades autosuficientes, vg. explotaciones campesinas, por lo que la necesidad de producir para el intercambio, era nula o mínima. Ergo, los productos se elaboraban por su utilidad concreta, su valor de uso, y no por su valor de cambio.

En algunas sociedades, el intercambio mercantil alcanzó un desarrollo apreciable, pero no fue hasta nuestros tiempos, que la gran masa de los productos fue sistemáticamente producida con un fin distinto al de aprovechar directamente su valor de uso.

La producción actual está atomizada en innumerables unidades autónomas, pero no autosuficientes. Cada una es apenas un eslabón de la cadena de producción social, se especializa en un producto, pero depende para ello, de su articulación con el resto del sistema. Es parte del metabolismo social, pero su producción no es directamente social. La contradicción, el hiato, entre el carácter privado y a la vez social del trabajo, sólo puede resolverse a través de una mediación: el lenguaje de los valores en el mercado.

Pero el mecanismo mercantil implica que todas las mercancías de un mismo tipo valen lo mismo. Cada una es un ejemplar medio de su tipo, y no revela en su corporeidad, cuánto tiempo de trabajo ha costado producirla. Simplemente vale lo que valgan sus pares. Este valor, entonces, no es regulado por cada productor individual, sino por el nivel de productividad más generalizado en la rama: el valor social se ajusta al valor “individual” de las empresas modales. Por lo tanto, la cantidad de tiempo de trabajo que la sociedad puede reconocer como necesario para producir esa mercancía, sólo puede ser el empleado por estas empresas.

El carácter social del valor sólo puede manifestarse indirectamente, pues, y es la forma en que debe operar el mecanismo mercantil, la que determina que no sea el tiempo de trabajo individual, sino el modal, el que se reconoce como socialmente necesario, y que por lo tanto, determina el valor. Tal es la causa lógica del concepto de tiempo de trabajo socialmente necesario, nada menos que la división del trabajo propia del capitalismo. Para refutarlo, entonces, hay que entender estas cosas… aunque Chema admita abiertamente que entender no tiene ninguna importancia:

Quiero que veáis clara una cuestión: da igual que se entienda o no lo que quiso decir Karl Marx con su concepto de “trabajo abstracto socialmente necesario”. De ahí lo que dije anteriormente sobre que no es necesario haber estudiado “duendeología” para saber que los duendes no existen. No es ni el “trabajo abstracto” ni el trabajo “socialmente necesario”, ni el “trabajo humano”, ni el “trabajo divino”, ni los trabajos de Hércules lo que está tras el valor de las cosas.”

Contrastabilidad

Hemos demostrado la necesariedad del carácter socialmente necesario del tiempo de trabajo. Desde esta explicación no debería ser difícil imaginarse cómo contrastar la determinación del valor por el TTSN. Simplemente se trata de comparar el nivel de los precios de largo plazo, con los tiempos de trabajo simple de las empresas modales. Si se comparan ramas con composiciones orgánicas desiguales, se toma en cuenta que una composición orgánica alta eleva los precios proporcionalmente, y viceversa. Desde Shaikh los economistas marxistas vienen produciendo este tipo de trabajos, con resultados de más del 90% de coincidencia entre TTSN y precios. Estoy hablando de la década del 70, por eso si Chema y sus amigos aún siguen esperando, les tengo una buena noticia: están medio siglo atrasados, tienen mucho material para satisfacer esa curiosidad que los aqueja:

Como todos podéis observar, es este concepto de “trabajo abstracto socialmente necesario”, que Marx deja relativamente vago y en el aire, sin desarrollarlo exhaustivamente, lo que más quebraderos de cabeza genera tanto a sus seguidores y a sus detractores: no lo sistematizó suficientemente. ¿Por qué? Una vez más, para no pillarse los dedos dejando claro qué es, según él, lo que hay detrás del valor de las cosas. Numerosos críticos del marxismo (especialmente los economistas más “matemáticos”) señalan y no sin acierto… que qué cojones es eso del trabajo socialmente necesario… en términos numéricos, de manera cuantitativa, para poder verlo más claro. Todavía estamos esperando”

Pueden empezar por consultar a Ferràndez Nieto 2010, marxista español. También véanse Ochoa 1989, Petrovic 1987 y Shaikh 1995.

Falsificaciones

La mayoría de los críticos del marxismo dicen entenderlo y basar sus refutaciones en el estudio riguroso. Aún en esos casos, incurren en equivocaciones y falsedades., así que, cómo sorprenderse cuando alguien que se enorgullece de no saber de lo que está hablando, falsifica una y otra vez la materia en discusión. Aquí mostraremos las falsificaciones sobre TTSN.

(1) “Marx definió el valor de un producto como “el trabajo abstracto socialmente necesario” incluido en la producción de ese producto.”

Falso. El trabajo incluido en un producto no determina el valor, como vimos arriba. Tampoco existe un concepto de TTSN “incluido” en el producto. Lo único que puede determinar el valor, dado el mecanismo mercantil, es el TTSN que rige para la reproducción de una mercancía, en tiempo presente. El esfuerzo pasado no cuenta para nada como generador de valor, sino que simplemente determina los costos de cada empresa.

(2) “Porque hasta un tonto se daría cuenta de que nadie valora algo sólo por el trabajo que haya costado hacerlo (como se dio cuenta Ricardo con el caso del vino)”

Dos falsedades. A un subjetivista le cuesta entender que la teoría del valor no es simplemente una versión alternativa de la teoría subjetiva: no propone que el precio esté determinado por la valoración subjetiva, no propone reemplazar la valoración subjetiva en utilidades, por otra valoración subjetiva en términos de trabajo. En ningún escrito de Marx puede encontrarse la idea de que el precio está determinado por la estimación de cuánto trabajo cuesta producir una mercancía. Por el contrario, el valor se establece mediante mecanismos objetivos, ajenos a la voluntad y a la conciencia de los hombres.

Del mismo modo, es un embuste el atribuirle a Ricardo una noción subjetivista del valor. Para Ricardo, el problema del vino añejo más caro que el vino nuevo, consistía en que no podía explicar porqué el precio del primero era mayor al del segundo, no que el consumidor “valoraba” más al primero que al segundo.

(3) “De hecho, Marx se vio incluso obligado a decir en la Crítica del programa de Gotha que:

El trabajo no es la fuente de toda riqueza. La naturaleza es la fuente de los valores de uso (¡que son los que verdaderamente integran la riqueza material!), ni más ni menos que el trabajo, que no es más que la manifestación de una fuerza natural, de la fuerza de trabajo del hombre.”

¿Marx se vió obligado por quién? ¿Ante qué ataque demoledor? ¿Qué quieren decir las palabras de Marx? El crítico no lo dice. Pero esas palabras expresan el mismo concepto de El Capital:

“El trabajo, por tanto, no es la fuente única de los valores de uso que produce, de la riqueza material. El trabajo es el padre de ésta, como dice William Petty, y la tierra, su madre.

De la mercancía en cuanto objeto pasemos ahora al valor de la mercancía.” (p 53)

Valor de uso, valor de cambio, distinciones elementales que conoce quien haya leído aunque sea la primera página del libro… En las dos citas, Marx dice que todo producto, en tanto objeto, requiere del uso de materiales naturales. No hay más misterio aquí. El valor de uso está hecho de materiales naturales y trabajo concreto, no comparable ni cuantificable. El valor de cambio se abstrae de las particularidades propias del valor de uso. En lo que hace al valor de cambio, las citas anteriores no dicen nada.

(4) ¿Y la refutación de esa hipótesis (la falsedad del TTSN) se ha demostrado científicamente?

Sí.

Lo que la Ciencia ha ido demostrando a lo largo de años de experimentación y recomprobación es que la base del valor de las cosas (los bienes y servicios) depende de lo que nosotros creamos: de la utilidad que para nosotros como individuos tengan esos bienes y servicios.”

Después de tanto jaleo, llegamos a lo que debía ser la culminación del argumento, la refutación definitiva del TTSN… ¿y con qué nos encontramos? A la previa confesión de que no interesaba entender el concepto, ¡ahora se añade la admisión de que no se lo va a refutar tampoco! No se van a demostrar las incoherencias internas, lógicas, ni las externas, empíricas. Después de los alardes de erudición, se cierra el punto, pasando a otro tema.

Y se quiere presentar esta maniobra como una refutación. A lo que se reduce esta gambeta, es a decir que el TTSN no puede determinar el valor, porque “ya sabíamos” que al valor lo determina otra cosa. Claro, las dos explicaciones no pueden ser verdaderas al mismo tiempo, por lo tanto, si se cree que la valoración subjetiva es la explicación correcta, se puede suponer que la alternativa no lo es, y entonces no hace falta ni entenderla, ni refutarla directamente.

Es maravilloso, estoy seguro de que esta forma de hacer ciencia sería aprobada y aplaudida por los mejores epistemólogos.

(5) “Otra “cosilla” más. Mientras que la Teoría Laboral del Valor se ha utilizado para condenar el beneficio como explotación, la teoría subjetiva refuta eso aduciendo que, dado que lo que hay tras el valor de las cosas es la utilidad que nosotros le damos a éstas y no el trabajo (“socialmente necesario” o del tipo que sea), el que alguien (los “capitalistas”, según Marx) controle el trabajo (o incluso a los trabajadores) no implica por narices que controle, a su vez, el valor en la sociedad… ni que controle sistemática y totalmente a la sociedad.

porque el beneficio no le viene sólo de la “explotación “de sus trabajadores: le viene principalmente de lo que pueda venderle al comprador-consumidor. Y tiene que negociar con éste y con lo que éste considere valioso”

Ah, el corazón del asunto… el capitalismo sería la única sociedad histórica sin explotación sistemática. Pero aquí nos concentramos sólo en los errores de concepto respecto a la TLV.

En ningún lado dice Marx que los capitalistas controlen “el valor” o a la sociedad. ¿Qué significaría que “controlen el valor”? Los únicos que tienen tales ideas son los que creen que la economía está dominada por monopolios, una idea que es contraria a la de El Capital, y que fue difundida sobre todo por Lenin y luego por el tercer-mundismo y la corriente de la dependencia.

Muy por el contrario, para Marx el capitalismo es un sistema de cuya división del trabajo emergen leyes que no pueden ser controladas por los hombres: ni por los trabajadores, ni por los capitalistas. Si alguien dijera que la evolución biológica está “controlada” por los animales predadores, estaría diciendo un disparate tan grande como el de Chemazdamundi.

En una economía de precios variables… el capitalista o el que posea los medios de producción, no controla necesariamente el valor, como aseguraba Marx.”

¿En dónde aseguró eso? ¿La desvergüenza de esta gente tiene algún límite?

(6) “Los economistas se dieron cuenta de que la TLV era falsa porque se fijaron en que dados dos productos (bienes o servicios) en los que se hubiera empleado el mismo “trabajo socialmente necesario” para producirlos, no tenían por qué tener obligatoriamente ni el mismo valor para los individuos ni tienen el mismo precio si tienen alguna diferencia no debida al “trabajo socialmente necesario” entre ellos”

Cae en la bajeza de criticar a la teoría ricardiana, y hacer pasar eso como una crítica a Marx, diciendo TTSN como si fuera tiempo de trabajo a secas (ver). Críticos austríacos hacían lo mismo, pero usando a un tal Rodbertus como muñeco de paja. Son de la misma calaña.

Como hemos explicado en este y otros posts, en Marx el valor no es directamente proporcional al tiempo de trabajo incorporado. Ni siquiera en el tomo 1 es éste el supuesto, sino que es el TTSN, es decir el tiempo de trabajo que rige en la rama, el que es determinante. En el tomo 2 se amplía el concepto, incorporando la influencia que tienen las distintas composiciones orgánicas sobre el precio final, explicando de paso que el vino añejo es más caro que el nuevo, por tener una mayor composición orgánica en capital constante.

———-

Aquí cierro este post. Llega un momento en la vida de muchos debates, en que el polemista no puede maniobrar dentro de los términos de la discusión. Ve caer los cimientos de sus opiniones, sin poder reconstruirlos legítimamente. Al no poder avanzar ni admitir la derrota, se mueve de costado. Pasa de afirmar disparates en los que sólo cree a medias, a inventarse embustes en los que no cree en absoluto. Todo vale para algunos. Así se defiende la ideología.

BIBLIOGRAFÍA

Marx, Karl (1984): El Capital, Siglo XXI editores.

Nieto Ferràndez, Maximilià (2010): “Valores, precios de producción y precios de mercado
a partir de los datos de la economía española” http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=60115471004

Ochoa, E. (1989): “Values, proces and wage-profit curves in the US economy”, Cambridge
Journal of Economics, 13 (3).

Petrovic, P. (1987): “The deviation of production prices from labour values: some
methodology and empirical evidence”, Cambridge Journal of Economics, 11 (3).

Shaikh, A. (1995): “The empirical strength of the labor theory of value”, New School for
Social Research, Nueva York.

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